septiembre 4, 2026

¿Por qué Galicia se ha convertido en el escenario perfecto para el thriller?

De As Bestas a El eco de la niebla, la niebla, las rías, las aldeas y las leyendas han convertido Galicia en un territorio cada vez más asociado al crimen. La pregunta es si existe realmente un «galician noir» o simplemente hemos descubierto que Galicia queda estupendamente bien cuando alguien aparece muerto.

Tenemos una Galicia para comer pulpo, otra para vender casas rurales y otra para matar gente en las novelas.

La primera lleva décadas funcionando. La segunda ha convertido el turismo rural en una industria y ha conseguido que cualquier casa de piedra con tres habitaciones pueda anunciarse como una experiencia de desconexión. La tercera es bastante más reciente, aunque sus ingredientes llevan siglos esperando: niebla, lluvia, montes, aldeas aisladas, leyendas, supersticiones, caminos que parecen no llevar a ninguna parte y una relación bastante poco tranquilizadora entre los vivos y los muertos.

La ficción ha descubierto que todo eso funciona extraordinariamente bien cuando lo que queremos contar es un crimen.

La publicación de El eco de la niebla, debut de Paula Deiros que llega a las librerías el 3 de septiembre, vuelve a colocar sobre la mesa una expresión que cada vez aparece con más frecuencia: galician noir. La novela sitúa una investigación criminal en la ría de Arousa y utiliza el paisaje gallego, la tradición y la atmósfera como parte sustancial de la historia.

No hemos leído la novela y, por tanto, no vamos a fingir que esta es una reseña. Sería demasiado fácil. Y bastante menos interesante. 

Lo interesante es otra cosa: ¿por qué Galicia funciona tan bien como escenario del thriller contemporáneo? Galicia ya no es un paisaje: es una sospecha

Durante mucho tiempo, Galicia fue utilizada en la ficción como paisaje.

Un paisaje bonito, eso sí. Verde, húmedo, atlántico, melancólico. Un lugar donde llueve mucho y donde siempre parece que alguien conoce una historia que no quiere contar. Pero algo ha cambiado, en determinadas películas, series y novelas, Galicia ha dejado de ser el lugar donde sucede una historia para convertirse en una parte de la historia. El paisaje condiciona el comportamiento de los personajes, determina sus posibilidades de escapar, conserva secretos y, en ocasiones, parece saber más que ellos.

As Bestas es probablemente uno de los ejemplos recientes más evidentes.

La película de Rodrigo Sorogoyen no necesita convertir Galicia en un catálogo de tópicos para construir una atmósfera inquietante. Una aldea, unos caminos, unas casas, los montes y la distancia respecto al exterior bastan para crear una sensación de aislamiento que resulta esencial para comprender la violencia que se desarrolla en la historia.

Y ahí está la diferencia.

En As Bestas, Galicia no funciona porque sea misteriosa, funciona porque es concreta. La tierra importa. La comunidad importa. El aislamiento importa. Las relaciones entre vecinos importan. Incluso aquello que no vemos termina formando parte del conflicto.

No es necesario que aparezca una meiga para que exista una sensación de amenaza. La Galicia que llevamos siglos contando, quizá por eso el auge de este supuesto galician noir no sea tan extraño. Galicia lleva siglos acumulando material narrativo para el género: la Santa Compaña, las leyendas populares, los muertos que regresan, las apariciones, los bosques, las aldeas, las historias transmitidas de generación en generación y esa convivencia tan particular entre religión, superstición y tradición han creado un imaginario que el thriller contemporáneo puede utilizar sin necesidad de inventar demasiado.

La niebla, además, hace un trabajo narrativo magnífico, oculta, desdibuja, aísla y permite que un paisaje conocido deje de ser reconocible.

La lluvia tampoco está mal como recurso literario. En otros lugares, cuando llueve, los personajes se mojan. En Galicia, la lluvia puede convertirse en una condición permanente de la historia.

Y después están las rías.

Porque pocas cosas hay más eficaces para un thriller que un lugar que es al mismo tiempo abierto y cerrado. El mar parece ofrecer una salida, pero también puede convertirse en una frontera. Una ría separa, comunica, esconde y conecta.

Arousa no necesita que un escritor la convierta en un escenario oscuro, solo necesita que alguien sepa mirarla de otra manera.

¿Existe realmente el «galician noir»?

Aquí conviene frenar porque una cosa es detectar una tendencia y otra bastante diferente inventarse un género.

Que varias historias de crimen utilicen Galicia no significa automáticamente que exista una corriente literaria o cinematográfica perfectamente definida. El término galician noir resulta atractivo, fácil de recordar y estupendo para una faja editorial.

Eso no significa que sea mentira pero tampoco significa que sea verdad.

Puede que estemos ante un fenómeno cultural real. O puede que editoriales, productoras y medios hayan descubierto que existe una imagen de Galicia que funciona especialmente bien dentro del thriller y hayan empezado a empaquetarla. Y tampoco sería la primera vez.

La cultura popular lleva décadas convirtiendo lugares en géneros. El Chicago de los gánsteres, el Los Ángeles de los detectives, el Londres victoriano, el sur profundo estadounidense o la Sicilia de la mafia son mucho más que localizaciones.

Son expectativas.

Cuando el lector entra en esos territorios ya sabe, aproximadamente, qué clase de historia puede encontrar ¿Está ocurriendo lo mismo con Galicia? Tal vez y si es así, habrá que preguntarse qué Galicia estamos construyendo.

La Galicia que funciona mejor cuando está oscura. Hay algo ligeramente perverso en todo esto, durante años hemos intentado vender una imagen amable de Galicia: gastronomía, playas, naturaleza, patrimonio, tranquilidad, turismo rural… y mientras tanto, la ficción parece haber encontrado una Galicia bastante más interesante.

Una Galicia donde las relaciones sociales pueden ser asfixiantes, donde abandonar una aldea no siempre significa escapar, donde las tradiciones pueden convivir con conflictos contemporáneos, donde el paisaje no es una postal sino una fuerza que condiciona a quienes viven en él.

Quizá por eso As Bestas funcionó tan bien fuera de Galicia. No porque enseñase una Galicia exótica, sino porque consiguió convertir una realidad reconocible en algo universal: la violencia rural, el aislamiento, la pertenencia y el miedo pueden ocurrir en cualquier parte pero determinadas historias necesitan un lugar que las haga creíbles y  Galicia tiene uno de esos lugares.

Ahora llega la niebla

El eco de la niebla llega a este escenario con una premisa que parece hecha a medida: un cadáver junto a las aguas de la ría de Arousa, una investigación, una psicóloga forense, un inspector y un territorio donde las leyendas y la realidad conviven bajo la misma lluvia.

Por lo que conocemos de la propuesta de Paula Deiros, el paisaje y la atmósfera tienen un peso importante en la novela. Y eso plantea precisamente la cuestión que nos interesa. Porque la gran prueba para cualquier noir gallego será siempre la misma: ¿puede Galicia ser algo más que niebla?

La respuesta determinará si estamos ante una verdadera identidad narrativa o ante un decorado extraordinariamente eficaz.

El riesgo es evidente. Si todos los crímenes necesitan niebla, todos los investigadores tienen algún trauma, todas las aldeas esconden un secreto y todas las leyendas terminan teniendo una explicación contemporánea, Galicia puede acabar convertida en su propio cliché.

Y sería una pena.

Porque lo más interesante de Galicia para el thriller no es que sea misteriosa, es que es real. Tiene comunidades pequeñas, conflictos territoriales, despoblación, memoria, emigración, desigualdades, tradición, modernidad, mar, industria, turismo y una relación muy particular con el territorio. Todo eso resulta bastante más inquietante que cualquier fantasma.

Quizá el verdadero galician noir no consista en llenar Galicia de cadáveres, quizá consista en mirar Galicia con suficiente atención como para descubrir que no hace falta inventar demasiados monstruos.

La niebla ya estaba allí.

Solo faltaba alguien que decidiera escribir dentro de ella.

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