El actor estadounidense, fallecido a los 93 años, atravesó más de seis décadas de cine y televisión dando credibilidad a capitanes, instructores, padres y hombres de autoridad. Fue el rostro reconocible de películas como Alien y Top Gun, aunque su mayor virtud quizá consistiera en hacer que otros mundos parecieran reales.
Hay actores a los que recordamos por una película y hay otros que parecen haber estado siempre en el cine, como si hubieran encontrado la manera de permanecer en nuestra memoria sin ocupar necesariamente el centro de ella, Tom Skerritt pertenecía a esta segunda categoría. Su rostro estaba en Alien, en Top Gun, en MASH* y en El río de la vida, lo reconocíamos antes de recordar su nombr, y su presencia bastaba para que el mundo de una película adquiriese consistencia.
Skerritt ha fallecido a los 93 años, después de una carrera que se prolongó durante más de seis décadas. No fue un actor condenado a vivir en los márgenes ni alguien a quien Hollywood negara el protagonismo, ganó un Emmy por su papel principal en la serie Picket Fences, pero su trayectoria permite recordar algo que a menudo queda fuera de los relatos sobre el cine: las películas no se sostienen únicamente sobre las estrellas. También necesitan intérpretes capaces de dar la impresión de que sus personajes existían antes de que comenzara la historia y seguirán existiendo cuando termine.
El capitán que no podía salvar a nadie

En Alien, de Ridley Scott, Skerritt interpretó a Arthur Dallas, el capitán de la nave comercial Nostromo. En principio, era el hombre al mando: alguien acostumbrado a tomar decisiones, resolver problemas y mantener a su tripulación bajo control. Pero Alien no estaba interesada en conceder a sus personajes la seguridad de los héroes tradicionales. El espacio se convertía en una trampa, la tecnología dejaba de ofrecer garantías y la autoridad no servía para controlar lo desconocido.
Dallas no era el protagonista destinado a vencer al monstruo, su importancia consistía en representar una normalidad que la película iba destruyendo poco a poco. Skerritt no necesitaba convertir cada escena en una demostración de carisma, le bastaba con parecer un hombre competente enfrentado a una situación que excedía sus capacidades.
La película ayudó a transformar la ciencia ficción en una experiencia física, sucia y claustrofóbica. Para que aquella pesadilla funcionara, la Nostromo tenía que parecer una nave de trabajo y sus tripulantes, personas que simplemente cumplían con su jornada. Skerritt contribuía a esa ilusión: antes de que apareciera el horror, Dallas ya parecía pertenecer a aquel lugar.
La autoridad sin necesidad de levantar la voz
Siete años después, Skerritt volvió a encarnar una figura de autoridad en Top Gun. Como Mike «Viper» Metcalf, instructor de la escuela de pilotos de élite, se situaba frente a la energía desafiante de Maverick, el personaje de Tom Cruise. La película necesitaba velocidad, rivalidad y juventud, Viper aportaba experiencia, disciplina y una historia que pesaba sobre el presente aunque no siempre se expresara en palabras.
Su personaje no tenía que competir con el magnetismo de Cruise. Cumplía otra función: hacer creíble el mundo al que el protagonista quería pertenecer. Sin figuras como Viper, la escuela de vuelo habría sido poco más que un escenario para exhibir aviones y egos. Con él, adquiría jerarquías, reglas y consecuencias.
Ese era uno de los territorios en los que Skerritt se movía con especial naturalidad: podía interpretar a un hombre severo sin convertirlo en una caricatura, y transmitir humanidad sin despojarlo de autoridad. No necesitaba robar una escena para dejar su huella en ella.
Un actor de carácter en el cuerpo de un galán
La carrera de Skerritt había comenzado mucho antes de aquellos dos títulos. Participó en MASH*, la sátira bélica de Robert Altman, y trabajó en películas tan diferentes como Harold y Maude, El mejor (The Turning Point fue su título original) y Magnolias de acero. En El río de la vida, dirigida por Robert Redford, interpretó al padre de una familia marcada por la naturaleza, la fe y las dificultades para expresar los sentimientos.
En televisión encontró también un espacio propio. Entre 1992 y 1996 protagonizó Picket Fences, donde encarnó al sheriff Jimmy Brock, un hombre que debía mantener el orden en una pequeña comunidad mientras trataba de comprender sus contradicciones. El papel le valió el Emmy al mejor actor protagonista de una serie dramática en 1993. Su carrera demuestra que podía ocupar el primer plano; simplemente, no necesitaba hacerlo siempre para resultar memorable.

En una entrevista recuperada por ABC, Skerritt recordó con humor una descripción que le habían dedicado: «un actor de carácter encerrado en el cuerpo de un galán». La frase resumía bien su lugar en Hollywood. Tenía presencia para encabezar un reparto, pero también la capacidad de desaparecer dentro de un personaje y servir a una historia sin reclamar que todo girase a su alrededor.
La importancia de estar ahí
Existe una manera de medir a los actores a través de los papeles que consiguen, los premios que reciben o las veces que sus nombres aparecen sobre un cartel pero también podemos medirlos por lo que aportan a las películas en las que participan: por la naturalidad con la que habitan un mundo imaginario, por la confianza que transmiten o por la sensación de que la historia no existiría del mismo modo sin ellos.
Tom Skerritt fue muchas veces el capitán, el instructor, el padre o el hombre al que los demás escuchaban. Personajes que podían parecer secundarios frente a la criatura de Alien, los aviones de Top Gun o los conflictos de sus protagonistas. Sin embargo, esas películas necesitaban que alguien sostuviera su realidad mientras todo lo demás se ponía en movimiento.
Quizá por eso su rostro permaneció tanto tiempo con nosotros. No porque siempre estuviera en el centro, sino porque hacía que el centro pareciera un lugar habitable. En un oficio que fabrica mundos para que otros crean en ellos, esa también es una forma de grandeza.

