agosto 9, 2026

Abraham Mateo tiene un problema: entre tantas chispas, todavía cuesta encontrar la música

El gaditano ofreció en Vigo un espectáculo técnicamente correcto, pero también excesivamente preocupado por demostrar todo lo que sabe hacer. Cuando el humo desapareció, quedaron las canciones y una pregunta incómoda: ¿dónde está Abraham Mateo?

Hay conciertos que empiezan cuando se apagan las luces, el de Abraham Mateo empezó bastante antes. Empezó en las pantallas, en la pirotecnia, en los bailarines, en el humo, en los cambios de vestuario, en las coreografías perfectamente ensayadas y en esa maquinaria escénica que parece diseñada para evitar que durante un solo segundo pueda ocurrir algo parecido al vacío. Quizá ese sea precisamente el problema: 1ue Abraham Mateo parece tenerle demasiado miedo al vacío.

El gaditano llegaba a Vigo para afrontar uno de los conciertos más importantes de su carrera, después de haber pasado por uno de los ejercicios de reconstrucción de imagen más interesantes del pop español. Aquel niño de ‘Señorita‘, convertido durante años en carne de meme, ha dejado atrás buena parte de los prejuicios que lo acompañaron durante su adolescencia. Ha producido, compuesto, colaborado con algunos de los nombres más importantes de la música latina y ha conseguido que buena parte de quienes se reían de él hayan terminado reconociendo algo bastante más sencillo: Abraham Mateo sabe trabajar (y mucho), el problema es que un concierto no es un currículum.

Kill the Lights‘ abre el espectáculo y la maquinaria funciona, doce bailarines, coreografías milimétricas, humo, luces, fuego y un Abraham Mateo que aparece dispuesto a demostrar que aquello no va a ser precisamente un concierto de cantautor. ‘Bailarina‘ permite comprobar además que la voz está ahí, no es necesario inventarse ninguna épica alrededor de ella. Mateo tiene recursos y sabe utilizarlos.

Después llegan ‘Loco Enamorado‘, ‘Quiéreme‘ y una sucesión de canciones que el público reconoce con facilidad. Todo está en su sitio, quizá demasiado, porque mientras uno observa el escenario empieza a aparecer una sensación incómoda: todo parece estar pensado para que no tengamos tiempo de preguntarnos si nos está gustando realmente lo que estamos viendo.

Sería absurdo negar lo evidente: Abraham Mateo baila muy bien, tiene una presencia física trabajada y un dominio del escenario que muchos artistas tardan décadas en conseguir. Puede cantar mientras ejecuta coreografías y mantener un espectáculo de gran formato sin que la maquinaria parezca descontrolarse. Sabe producir. Sabe escribir. Sabe fabricar canciones que funcionan. Ha demostrado durante años que detrás de aquel adolescente que muchos consideraban un producto prefabricado había un músico con una capacidad de trabajo extraordinaria precisamente por eso resulta extraño que su concierto necesite demostrarlo absolutamente todo. Es como si Abraham Mateo siguiera intentando ganar una discusión que terminó hace tiempo, aquella que comenzó cuando era un niño y buena parte de España decidió que podía reírse de él.

Maníaca‘ es probablemente uno de los momentos más celebrados de la noche, la versión de Maniac, aquel clásico de Michael Sembello de 1983, funciona porque la canción ya trae consigo algo que no necesita demasiada explicación. Tiene melodía, memoria, un punto kitsch y una capacidad inmediata para conectar con el público. Después llegarán otros momentos construidos alrededor de la misma lógica y quizá ahí esté la pista porque cuando Abraham Mateo vuelve a canciones que ya tienen una identidad muy definida es cuando el espectáculo respira mejor; lo paradójico es que uno acaba encontrando algunos de los momentos más estimulantes del concierto mirando hacia atrás: hacia Michael Sembello, hacia los Bee Gees… Hacia canciones que no necesitan una docena bailarines para justificar su existencia Y eso debería hacer pensar.

No hay nada malo en hacer pop espectacular, puede gustar más o menos pero evidentemente tiene su público, de hecho, el pop nació para eso. El problema aparece cuando el espectáculo deja de ser una herramienta y se convierte en el contenido. Abraham Mateo parece atrapado entre varios modelos: por momentos quiere ser un artista latino que baila bachata, en otros parece buscar la iconografía de una gran estrella pop contemporánea a medio camino entre Londres y Miami, n otros quiere demostrar que puede bailar como los grandes performers. Todo está correctamente ejecutado pero falta algo que no se ensaya tan fácilmente: Carisma, no el carisma entendido como simpatía o capacidad para caer bien, el otro, el que hace que, cuando una persona se queda sola bajo un foco, las veinte mil personas que tiene delante dejen de mirar el escenario y empiecen a mirar a esa persona. Ese momento no terminó de aparecer en Vigo.

Hay algo especialmente revelador en ‘Sigo a lo mío‘, la canción habla directamente de todo aquello que Abraham Mateo ha vivido: el desprecio, las burlas, el bullying, los años en los que internet convirtió al adolescente en objeto de chiste. La idea es poderosa (y también comprensible) pero llega un momento en el que uno se pregunta si necesitamos asistir a la terapia de Abraham Mateo cada vez que compramos una entrada para verlo. La superación es admirable, la revancha puede ser emocionante, pero un concierto no debería convertirse permanentemente en una demostración de que quienes se rieron de ti estaban equivocados. Abraham: Ya lo sabemos, no hace falta seguir ganando aquella batalla. La batalla importante ahora es otra: conseguir que alguien salga de un concierto de Abraham Mateo pensando en una canción, no en todo aquello que tuvo que superar para llegar hasta allí.

Y entonces todo se termina pero antes llega ‘Señorita‘, la canción, la canción que lo convirtió en fenómeno adolescente, el tema del que parecía imposible escapar, el mismo que durante años fue también una especie de condena y ocurre algo curioso: cuando suenan los primeros acordes, desaparecen las explicaciones, no hay que justificar nada, no hay que contar quién se rió de Abraham Mateo, no hay que explicar cuánto ha trabajado, no hace falta demostrar que ahora es productor, compositor, cantante, bailarín o estrella internacional.

Está la canción y el público responde. Quizá porque, después de todo, eso es lo que debería hacer un concierto: eliminar durante unos minutos todo lo que sobra.

Una canción. Una persona. Un público. Y ver qué ocurre.

El concierto termina y Abraham Mateo abandona la maquinaria de la estrella internacional para ponerse una camiseta retro del Celta con el nombre de Mostovoi. Y, paradójicamente, ese gesto pequeño resulta mucho más interesante que buena parte de las toneladas de producción que hemos visto durante las horas anteriores porque ahí no parece estar intentando ser nadie ,no la estrella urbana que necesita demostrar que ha vencido a sus haters, simplemente Abraham Mateo, en Vigo, con una camiseta de Mostovoi y quizá haya algo que aprender de ese momento.

El próximo paso de Abraham Mateo no debería ser demostrar que puede hacer más. Ya sabemos que puede. Quizá debería empezar a preguntarse qué ocurre cuando hace menos. Cuando no hay humo, cuando no hay fuego, cuando no hay pantallas recordándonos quién fue, cuando no se nos recuerda quién es, cuando no hay necesidad de responder a nadie, cuando solamente queda una canción. Porque después de haber ganado la batalla más difícil (convertirse en adulto sin dejar que quienes se rieron de él decidieran quién debía ser) quizá haya llegado el momento de dejar de mirar atrás.

Abraham Mateo ya no necesita demostrar que aquel niño de ‘Señorita‘ sobrevivió. Ahora tiene que demostrar algo mucho más complicado: que detrás de todas esas chispas hay un artista capaz de apagarlas y conseguir que, cuando todo se quede a oscuras, sigamos queriendo escucharle.

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