La artista estadounidense convierte «Cabinet of Curiosities» en un viaje por el blues, el folk, el country, el rock, el soul y la música electrónica, pero también en una defensa de la canción frente a las etiquetas, las tendencias y la obsesión por hacer que todo funcione.
Hay discos que intentan demostrar que un artista sabe hacer muchas cosas. Y hay discos que nacen porque el artista no sabe (o no quiere) hacer solamente una.
«Cabinet of Curiosities«, el proyecto que Tori Sparks comenzó a publicar esta primavera y que terminará de completar en octubre, pertenece claramente a la segunda categoría. Veintiuna canciones divididas en cinco volúmenes que recorren territorios diferentes: blues, gospel, folk, country, rock, soul, trip-hop, nu-jazz. No es una colección de canciones que intenten parecerse entre sí. Es casi lo contrario: cinco pequeños mundos que conviven dentro de un mismo gabinete.
Y quizá ahí esté la primera paradoja del proyecto. Tori Sparks no parece interesada en demostrar que puede cambiar de piel. Lo que quiere es averiguar qué necesita cada canción.
«El concepto fue el opuesto. No mezclar estilos, fue separarlos a propósito, para profundizar más en cada uno de ellos», explica. El objetivo no era demostrar versatilidad, sino permitir que cada lenguaje musical tuviera su propio espacio. El Volumen III podía internarse en terrenos más experimentales; el IV, que llega ahora, vuelve al folk, al country y a las raíces norteamericanas que forman parte de su historia musical. Pero Sparks rechaza la idea de que haya regresado a unas raíces abandonadas.
«Estos estilos siempre estaban conmigo», dice.
La frase sirve para entender mejor «Cabinet of Curiosities«, el disco no parece construido como una sucesión de identidades nuevas, sino como un mapa de las que ya estaban allí.
La canción antes que la etiqueta
La industria musical necesita saber qué eres: rock, folk, country, americana, cantautor, blues, flamenco… También necesita saber a quién le gustarás, “Para fans de…”, Tori Sparks conoce perfectamente ese mecanismo. Ha vivido entre Estados Unidos y Europa, ha pasado por Nashville, Chicago y Barcelona y ha trabajado con lenguajes musicales que no siempre caben cómodamente en una misma casilla pero no parece demasiado preocupada por resolver el problema.
«Siempre necesitan ponerte en una caja, ponerte una etiqueta, llamarte “suena como” o “para fans de”», explica. «Mientras a la gente le gusta la música. Mientras sientan algo, mientras vengan al concierto, me da igual la etiqueta». Hay una cierta libertad en esa respuesta, pero también una realidad profesional que Sparks no esquiva: no encajar en una categoría puede hacer que un artista pierda oportunidades. Festivales, programadores, promotoras y medios trabajan con categorías porque las categorías facilitan vender, programar y explicar.
Pero una etiqueta puede describir una canción. No necesariamente puede explicar a la persona que la ha escrito. Por eso «Cabinet of Curiosities» funciona mejor entendido como colección que como género: un gabinete no necesita que todas sus piezas sean iguales.
Servir la canción
Quizá la parte más interesante de la conversación aparezca cuando Sparks recuerda a la adolescente que empezó a escribir canciones pensando que una estructura armónica complicada podía ser una manera de resultar original. Con el tiempo descubrió algo bastante más difícil: que no hace falta reinventar la música para conseguir una canción propia.
«Parte de la magia de la música es el sinfín de posibilidades que existen dentro de solo tres o cuatro acordes», explica.
La experiencia, dice, no consiste necesariamente en aprender a quitar. Consiste en saber qué herramienta necesita cada canción. Y entonces aparece una expresión que resume buena parte de su manera de entender la música: servir a la canción.
«Lo único importante es servir a la canción», afirma. «Solo así se puede crear algo que realmente dice algo, que llegue a los corazones de la gente», es una idea sencilla, pero bastante menos habitual de lo que parece. Porque en una época en la que el músico puede convertirse también en productor, director de vídeo, estratega de redes sociales, creador de contenido y gestor de su propia marca, existe una tentación permanente de que la canción termine siendo una pieza más de una maquinaria.
Tori plantea el camino inverso. Primero está la canción. Después, todo lo demás.
Contra la música que sabe demasiado bien qué tiene que funcionar
No es que Tori Sparks ignore cómo funciona la industria. Precisamente porque la conoce, parece haber decidido que hay determinadas reglas que no quiere seguir.
«Me niego crear temas porque crea que funcionarán en TikTok, o vídeos pensando en el algoritmo, o para intentar hacer un “hit”», explica. No lo plantea como una estrategia de resistencia cuidadosamente diseñada. De hecho, insiste en que cuando escribe una canción no piensa en lo que significa culturalmente hacerla de una determinada manera, simplemente intenta escribir la canción que necesita escribir.
Pero después llega una conclusión bastante más contundente: «Yo creo mucho en la idea de hacer el mejor arte que puedas, e intentar ver si tiene mercado después», y aquí «Cabinet of Curiosities» adquiere otra dimensión.
Veintiuna canciones.
Cinco volúmenes.
Meses de publicación.
Estilos diferentes.
Un proyecto que, por su propia naturaleza, parece difícil de resumir en un fragmento de quince segundos.
Sparks no pretende que el disco sea una respuesta al algoritmo. Más bien parece comportarse como si el algoritmo no fuese una pregunta que tuviera que responder y eso puede ser una diferencia importante. «Si pierdes la parte artística y solo te quedas con lo que crees que “funcione”, para qué hacerlo? No estás aportando nada al mundo entonces, solo más “contenido”».
La palabra importa: contenido. No canción. No disco. No obra. Contenido.
Es probablemente una de las palabras que mejor explican la transformación de la música contemporánea. Una canción puede ser una obra artística y también puede ser contenido para una plataforma. El problema aparece cuando empezamos a tratarlas como si fueran exactamente lo mismo.
Volver no significa retroceder
El Volumen IV vuelve a Nashville sin volver realmente a Nashville. Es una diferencia importante. Las raíces musicales no son para Tori un lugar al que regresar, sino algo que continúa creciendo. Sus experiencias posteriores no borraron lo aprendido allí, lo enriquecieron. «Aprender cosas nuevas e incorporar estas influencias es dejar que tus raíces musicales crezcan en tierra cada vez más rica y fértil», explica.
Es también una forma de entender la tradición.
Sparks reconoce que cada música tiene una historia, una geografía y una comunidad. Habla del jazz de Nueva York y Nueva Orleans, del blues de Memphis y Chicago, del country de Appalachia, del flamenco andaluz o del reguetón puertorriqueño. Y señala algo que parece evidente hasta que uno piensa en ello: viajar por esos géneros no significa que desaparezcan sus contextos.
«Si vas a incorporar varias influencias en lo que haces, es importante saber y apreciar de dónde vienen, quién las han inventado y qué significa este tipo de música para la gente que la ha creado».
En una época de acceso prácticamente ilimitado a cualquier sonido del planeta, la facilidad para escuchar una música no debería confundirse con el derecho a ignorar de dónde procede.
La artista que no quiere convertirse en personaje
Hay otra contradicción interesante en Tori Sparks.
Sobre un escenario puede ser, según la definición de un amigo, «la versión de Tori en neón»: más grande, más intensa, más dibujada. Pero insiste en que esa identidad escénica sigue siendo real.
«Está bien ser la versión exagerada de ti misma en el escenario», dice. «¿Si no, dónde vas a serlo?»
La frase podría parecer una declaración sobre espectáculo, pero conecta con todo el proyecto. «Cabinet of Curiosities» es exagerado en su propia estructura: cinco volúmenes, veintiuna canciones, diferentes géneros, diferentes músicos, diferentes mundos… Y, sin embargo, la artista insiste en que no está intentando convertirse en otra persona. Está intentando aprender.
«Cada uno es un gran aprendizaje», explica. Y en este proyecto, reconoce, necesitó reunir «todo el conocimiento, todas las herramientas y experiencia» adquiridos durante sus anteriores discos y producciones.
Quizá por eso el gabinete no sea tanto una exposición sobre quién es Tori Sparks como sobre todo lo que ha ido acumulando.
Canciones.
Influencias.
Lugares.
Músicos.
Errores.
Aprendizajes.
Obsesiones.
Recuerdos.
Una canción todavía puede ser suficiente
Hay algo casi antiguo en la forma en que Sparks habla de hacer música, no porque quiera regresar al pasado. Más bien porque parece convencida de que algunas cosas no necesitan actualizarse: una canción puede tener tres acordes, puede tener muchos más. Puede necesitar una producción compleja o una guitarra y una voz, puede durar lo que tenga que durar. Puede pertenecer a un género reconocible o no caber en ninguno. Lo importante es que las decisiones estén al servicio de lo que la canción quiere decir.
Quizá por eso «Cabinet of Curiosities» sea más interesante cuanto menos intentamos convertirlo en una demostración de eclecticismo. No se trata de que Tori Sparks pueda hacer blues, folk, country, rock, soul o música electrónica, se trata de que todavía considera que la canción está por encima de la etiqueta que la acompaña.
Y quizá también por encima de la necesidad de funcionar.
Porque en un momento en que casi todo parece tener que demostrar inmediatamente para qué sirve, todavía queda una pregunta bastante sencilla: ¿Qué pasaría si una canción no necesitara funcionar? Quizá bastaría con que dijera algo y, después de todo, para Tori Sparks parece que ese sigue siendo el trabajo.

