agosto 18, 2026

Paredes de Coura, el lugar al que siempre volvíamos

Cuatro días (tres para nosotros), un eclipse, Benjamin Clementine, M.I.A., Amyl and the Sniffers y una pregunta que no queríamos hacernos: ¿puede un festival seguir siendo especial cuando empieza a parecerse demasiado a los demás?

Hay lugares a los que uno no sabe explicar por qué vuelve, no es el cartel, no es el precio de la entrada, ni siquiera es la música, aunque evidentemente la música tenga bastante que ver. Son lugares que, por alguna razón, consiguen instalarse en una parte concreta de la memoria y regresar cada verano, casi sin pedir permiso. Para nosotros, la Praia Fluvial do Taboão es uno de ellos.

Vodafone Paredes de Coura es esa cita que se marca en rojo en el calendario incluso antes de que sepamos quién va a tocar. Cada año decidimos volver independientemente del cartel, del tiempo o de cualquier otra circunstancia que pudiera servirnos de excusa para quedarnos en casa. Porque hay algo en ese pequeño rincón del Alto Minho que no termina de parecerse a ningún otro festival. Este año hemos vuelto. Y hemos salido con la sensación de que Paredes de Coura sigue siendo uno de los lugares más especiales a los que se puede ir a escuchar música, aunque por primera vez nos hemos marchado con una pequeña duda rondándonos la cabeza.

Pero vayamos por partes.

Nuestro Paredes de Coura comenzó el miércoles, coincidiendo con el eclipse solar y quizá no había mejor manera de empezar un festival que precisamente mirando al cielo. La reunión entre First Breath After Coma y Salvador Sobral llegaba precedida de ciertas dudas. Sobre el papel, aquel proyecto podía parecer una de esas colaboraciones interesantes que funcionan mejor en ambientes mucho más pequeños e íntimos que en un programa de festival. Seamos concisos: nos equivocamos.

Lo que estaba diseñado para salas de teatro voló literalmente por encima de las butacas y se instaló en el anfiteatro de Coura. First Breath After Coma y Salvador Sobral consiguieron convertir la música en algo que iba bastante más allá del concierto convencional. Era música, sí, pero también era encuentro, celebración y amistad. Y entonces llegó el eclipse. Durante unos minutos el festival dejó de mirar al escenario: el público levantó la cabeza y el recinto entero pareció contener la respiración. El concierto se transformó en una experiencia colectiva y aquella frontera invisible entre músicos y espectadores desapareció por completo. Por primera vez en el festival todos estábamos mirando exactamente hacia el mismo lugar, escuchando exactamente lo mismo y latiendo al unísono. Ahora, mientras escribo esta crónica sonrío y pienso cuando me vuelvan a preguntar eso de «¿Por qué te gusta tanto Paredes do Coura? ¿Qué tiene de especial?», la respuesta será sencilla: un eclipse, será mi respuesta.

Hay bandas que tocan en Paredes de Coura y después está First Breath After Coma. Los portugueses tienen una relación particular con este festival. Ya lo demostraron cuando abrieron el escenario principal en 2018 y han vuelto a hacerlo cada vez que han pisado Coura: convertir un concierto en un recuerdo. El miércoles, además, tuvieron la ayuda del cielo.

El primer día escondía otra sorpresa. CMAT, el nombre artístico de Ciara Mary-Alice Thompson, apareció en el escenario con esa mezcla de irreverencia, teatralidad y personalidad que distingue inmediatamente a quienes todavía tienen algo que contar antes incluso de convertirse en estrellas. La irlandesa no necesitó demasiados minutos para demostrar que su presencia en el cartel no era un simple añadido.

Su banda, su interacción con el público y una propuesta que mezcla pop, country, música irlandesa y una saludable falta de complejos hicieron que CMAT fuese una de esas actuaciones que uno termina apuntando mentalmente para seguirle la pista. Hay conciertos a los que vas porque conoces al artista y otros en los que sales queriendo conocerlo más: el de CMAT perteneció a la segunda categoría.

Después llegaron Wet Leg. Los británicos convirtieron el escenario en una enorme habitación llena de humo, guitarras y chispazos de adrenalina. Su rock funciona especialmente bien cuando tiene delante un festival entregado y Paredes de Coura respondió con una de esas mareas humanas que recuerdan que, pese a todas las transformaciones del festival, la gente sigue viniendo aquí para escuchar música.

Nos fuimos, muy a nuestro pesar, sin Kneecap. La vida del proletario tiene estas cosas: a la mañana siguiente hay que levantarse para trabajar, no todo puede ser rock and roll.

El jueves decidimos no acudir al festival, fue una decisión difícil, pero necesaria. Paredes de Coura exige físicamente y nosotros también tenemos una vida al otro lado del recinto. Después de varios días de festival conviene recordar que dormir no es una actividad completamente prescindible. Volvimos el viernes y lo hicimos con un nombre marcado a fuego: Benjamin Clementine. No había discusión. Ni Bloc Party, ni M.I.A., ni ningún otro nombre del cartel podía quitarle el primer puesto de nuestras prioridades.

Pero antes de que llegara el británico hubo tiempo para reencontrarnos con una figura fundamental de la cultura portuguesa: Sérgio Godinho. Su presencia en Paredes de Coura no puede medirse únicamente en términos de cartel. Godinho pertenece a esa categoría de artistas que han dejado de ser solamente músicos para convertirse en parte del imaginario cultural de un país. El público lo recibió como se recibe a alguien que lleva demasiado tiempo formando parte de la propia vida. Y él respondió.

Paredes de Coura demostró una vez más que su relación con Portugal va bastante más allá de importar nombres internacionales. Hay una conciencia cultural detrás de la programación que se agradece especialmente en una época en la que demasiados festivales parecen diseñados con la misma hoja de cálculo.

Y entonces llegó Benjamin Clementine.

Hay conciertos que uno analiza, en los que uno está atento al qué y cómo, y hay conciertos que simplemente ocurren.

Benjamin Clementine regresaba a Paredes de Coura convertido en uno de esos artistas cuya relación con Portugal ya forma parte de su propia historia. Era su vigésimo sexto concierto en el país y, visto lo ocurrido aquella noche, no parecía dispuesto a tratarlo como uno más. Clementine no necesita una producción gigantesca para imponerse, le basta su voz, le sobra su actitud.

Hay algo casi físico en su manera de cantar. No interpreta las canciones: parece atravesarlas. Cada frase puede convertirse en un grito, una plegaria o una amenaza. Su presencia escénica tiene esa extraña capacidad de hacer que un recinto abarrotado parezca, durante unos segundos, un lugar íntimo. Fue probablemente el mejor concierto que vimos este año en Paredes de Coura y quizá también uno de esos conciertos que explican por qué seguimos viajando hasta allí, año tras año. Porque un festival puede ofrecer muchas cosas: puede tener un cartel enorme, escenarios espectaculares, zonas gastronómicas, experiencias, marcas, luces y cientos de maneras distintas de conseguir que gastes dinero pero al final todo debería reducirse a esto: un artista sobre un escenario consiguiendo que miles de personas sientan exactamente lo mismo durante unos minutos. Benjamin Clementine lo consiguió.

Y cuando la última palabra cantada fue «esperanza», Paredes de Coura volvió a recordarnos por qué seguimos viniendo.

Después llegó Bloc Party, y aquí toca llevar la contraria: probablemente la mayoría del público salió mucho más satisfecho que nosotros, pero el concierto no consiguió atraparnos en ningún momento ¿Lo hicieron mal? Probablemente no ¿Estuvieron mal? Tampoco pero hay una diferencia entre ofrecer un concierto correcto y conseguir que ese concierto permanezca en la memoria.

El repertorio no terminó de conectar con nosotros y la propuesta nos pareció fría, demasiado distante después de la intensidad de Clementine. Bloc Party siguen teniendo canciones capaces de levantar un festival, pero aquella noche no encontraron la manera de convertirlas en algo más que un ejercicio de oficio y quizá ese sea el problema: un buen concierto puede estar perfectamente ejecutado y no significar absolutamente nada.

Entre Bloc Party y M.I.A. había una misión complicada, Vendredi Sur Mer tenía que mantener vivo un festival que acababa de pasar de la elegancia indie a la explosión que se avecinaba: lo consiguió.

La propuesta de la francesa se mueve entre el pop electrónico, la chanson contemporánea y una estética que sabe perfectamente dónde quiere situarse. No necesitó competir con lo que había ocurrido antes ni intentar anticipar lo que estaba por llegar. Simplemente construyó su propio espacio y lo hizo suficientemente bien como para que salgamos de Paredes de Coura con ganas de seguirle la pista.

M.I.A. tenía todas las papeletas para salir mal, programarla en Paredes de Coura era una apuesta y las apuestas, por definición, pueden salir mal. No salió mal. La británica llegó con una propuesta mucho más cercana al acontecimiento que al concierto convencional. Puede gustar más o menos (a nosotros su propuesta no nos termina de convencer del todo), pero resulta imposible discutir su capacidad para generar una reacción.

El festival se convirtió durante un rato en otra cosa: M.I.A. consiguió ponerlo patas arriba y justificar una de esas decisiones de programación que, sobre el papel, pueden generar dudas y que sobre el escenario terminan adquiriendo todo el sentido.

Y eso también es Paredes de Coura, un festival que todavía se permite correr riesgos.

El sábado llegamos con una sensación extraña. Era el último día y, sobre el papel, el cartel parecía bastante menos poderoso que el de las jornadas anteriores pero había una banda capaz de levantar un entierro.

MEUTE tiene ese don. La banda alemana convierte cualquier escenario en una fiesta. No importa demasiado el contexto: sus metales, sus ritmos electrónicos y esa capacidad casi obscena para hacer bailar a cualquiera funcionan como un mecanismo perfectamente engrasado.

Pero el último golpe lo dieron Amyl and the Sniffers. Uno, dos, tres, cuatro y a partir de ahí, que Dios reparta suerte. Los australianos mordieron desde el primer segundo. Punk, sudor, mosh y una energía que parecía incompatible con el cansancio acumulado después de varios días de festival. Amyl and the Sniffers hicieron exactamente lo que tenían que hacer: recordar que el rock no necesita demasiadas explicaciones cuando funciona.

Quizá Paredes de Coura está cambiando (aquí empieza la parte incómoda). Nos encanta Paredes de Coura, nos encanta el lugar, nos encanta el ambiente, nos encanta la gente, nos encanta que todavía sea capaz de programar artistas que se escapan de los circuitos más obvios pero este año hemos sentido algo diferente. Por primera vez hemos tenido la sensación de que nuestro Paredes de Coura empieza a parecerse un poco más a un festival, puede parecer una tontería pero está lejos de serlo.

Cada vez hay más gente, más público internacional, más españoles, más estética festivalera, más gente sin camiseta y con purpurina, más móviles levantados y más personas preocupadas por fotografiar el vaso del festival que por saber quién está tocando en el escenario. Y sí, sabemos que esto puede sonar tremendamente viejuno, probablemente lo sea, también sabemos que los festivales necesitan crecer, que necesitan vender entradas, que la cultura también tiene facturas, que Paredes de Coura ha conseguido construir una marca internacional y que sería absurdo pretender que aquello permanezca congelado en el tiempo. Pero también creemos que merece la pena hacerse una pregunta ¿Qué ocurre cuando el éxito empieza a poner en peligro aquello que hizo especial al festival?

Este año hemos percibido más masificación. Especialmente el miércoles y el sábado. Hemos echado de menos aquellos pequeños espacios por los que escapar de la multitud, esos caminos que permitían perderse durante unos minutos. Y quizá sea precisamente eso lo que nos preocupa. No que Paredes de Coura haya crecido sino que pueda crecer tanto que termine perdiendo aquello que no se podía comprar con una entrada. Porque la organización continúa funcionando como una máquina perfectamente engrasada: los baños están limpios, las esperas son razonables, el recinto funciona (aunque se nota el aumento de afluencia), el entorno continúa siendo maravilloso y, sobre todo, la música sigue importando.

Pero este año hemos salido ligeramente desconectados. No desilusionados, no enfadados, simplemente un poco menos felices. Volveremos (o puede que no, la lágrimas en el balcón el viernes no aguaran nada bueno) y aquí está la trampa porque sabemos perfectamente que queremos volver pero un «pero» se ha instaurado en nuestra cabeza. El próximo verano probablemente queramos volver pero sabemos que miraremos con recelo el cartel, los hostales y la agenda porque por una vez Paredes de Coura no será lo importante, no será nuestro festival… y eso duele (y mucho). Porque Paredes de Coura todavía tiene algo, algo difícil de explicar y todavía más difícil de fabricar: tiene memoria, tiene paisaje, tiene música, Tiene esa sensación de que, durante unos días, el mundo se reduce a un escenario, un río y miles de personas compartiendo canciones.

Este año hemos visto un eclipse con Salvador Sobral y First Breath After Coma. Hemos descubierto a CMAT. Hemos vuelto a enamorarnos de Benjamin Clementine. Hemos bailado con M.I.A., hemos discutido con Bloc Party, hemos sobrevivido a MEUTE y hemos terminado sudando con Amyl and the Sniffers. Pero también hemos descubierto que quizá Paredes de Coura está cambiando, tal vez nosotros también, y quizá ambas cosas sean ciertas. Pero mientras siga existiendo un lugar al que podamos regresar y encontrarnos con una canción que nos recuerde por qué estamos allí, habrá motivos para volver.

Así que sí. Queremos soñar que el próximo año volveremos a Paredes de Coura pero… y hay lugares a los que pertenece un poquito queremos pensar Paredes de Coura es, todavía, uno de ellos, pero eso lo veremos cuando se acerque el 18 de agosto de 2027.

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