octubre 19, 2026

Andrea Santiago quería recordar quién era antes de empezar a preguntarse quién debía ser

«Muna» nace de un viaje a Islandia ocurrido hace once años, pero también de una necesidad mucho más cercana: recuperar la intuición con la que empezó a hacer música y desprenderse de todo aquello que fue acumulando alrededor de ella.

Hay recuerdos que no desaparecen, se vuelven invisibles.

Andrea Santiago lleva más de diez años con uno de ellos tatuado en la piel. Se llama «Muna«, significa “recordar” en islandés y nació de un viaje a Reikiavik que ocurrió cuando acababa de terminar sus estudios y todavía no sabía muy bien qué hacer con su vida. Escribió una carta a una artista a la que admiraba. La carta era casi más para ella que para quien la recibió. La respuesta acabó convirtiéndose en una invitación para viajar a Islandia.

Cuando regresó, se tatuó aquella palabra. Con el tiempo dejó de verla.

El tatuaje seguía ahí, pero se había convertido en una parte más del cuerpo, en algo tan familiar que había dejado de llamar la atención.

Hasta que Andrea tuvo que buscar un nombre para su nuevo disco. Estaba tumbada, pensando en ello, cuando volvió a mirar el tatuaje y entonces «Muna» volvió a significar algo.

No solo recordar aquel viaje, recordar algo anterior a todo lo que había venido después: la intuición, la ilusión, la sensación de estar haciendo canciones sin preguntarse demasiado qué debía ser, qué esperaba la industria, qué esperaba la gente que tenía alrededor o incluso qué esperaba ella misma de aquellas canciones.

El nuevo disco de Andrea Santiago nace ahí. En una paradoja bastante hermosa: para recordar quién era al principio ha tenido que aprender a soltar todo lo que acumuló después.

El recuerdo no siempre sirve para volver

«Muna» podría parecer, por su propio título, un disco sobre la memoria y, seamos directos: lo es. Pero no exactamente de la manera más evidente porque recordar no significa necesariamente regresar. A veces significa reconocer qué cosas todavía forman parte de nosotros y cuáles tenemos que dejar marchar para poder continuar.

“Para mí, «Muna» es un disco sobre recordar y sobre dejar ir, porque a veces una cosa es necesaria para poder hacer la otra”, explica Andrea. La frase contiene buena parte de la lógica del álbum: recordar el principio implica reconocer qué había allí que todavía merece ser conservado pero también implica mirar todo lo que se ha acumulado desde entonces: las expectativas, las heridas, las decisiones, las dudas, las personas que llegaron, las que se fueron, las ideas que uno empieza teniendo sobre sí mismo y que, poco a poco, terminan convirtiéndose también en una obligación.

Andrea quería volver a ese lugar inicial en el que las canciones existían antes de todas esas preguntas y decidió que una de las formas de hacerlo era regresar físicamente a casa.

«Muna» se grabó, produjo, mezcló y masterizó con sus propios medios, en su propio estudio. No como una declaración estética sobre la autosuficiencia, sino como una manera de recuperar una determinada forma de estar frente a una canción.

En casa había algo que un estudio profesional podía no ofrecerle: tiempo sin expectativas, la posibilidad de probar, de equivocarse, de esperar, de que una canción apareciese cuando tuviera que aparecer.

“Todas existen como son por haber hecho «Muna» en casa”, explica.

Y algunas de ellas existen precisamente porque estaban en casa.

Hay canciones que necesitan que nadie las esté esperando

Andrea pone dos ejemplos: ‘Una sombra‘ nació prácticamente desnuda, compuesta con un teclado y trabajada en casa, tranquila, sin expectativas y de ese proceso terminó apareciendo «Muna«. ‘Una garza‘, dice, probablemente no habría surgido de la misma manera en un estudio, tampoco la magia de ‘Dime que hay un lugar‘.

A priori la diferencia puede parecer técnica pero nen realidad es artística porque el lugar donde se hace una canción puede terminar determinando qué canción llega a existir.

Hay algo especialmente interesante en esa idea ahora que buena parte de la música contemporánea está atravesada por la necesidad de producir, publicar, promocionar y explicar constantemente: una canción tiene que llegar, tiene que tener una imagen, un vídeo, una narrativa, un lanzamiento, una explicación, una razón para existir… Andrea Santiago parece estar buscando precisamente lo contrario: un espacio en el que una canción pueda existir antes de tener que justificar su existencia.

Quizá por eso «Muna» no sea solamente un disco sobre recordar el principio, sea, también, un intento de volver a crear como si todavía no hubiera nadie mirando.

“Nunca me ha gustado componer sobre las respuestas”

Hay otra palabra que aparece constantemente cuando Andrea habla de «Muna«: confusión. No porque no sepa qué quiere contar precisamente porque no le interesa escribir desde un lugar en el que todo esté resuelto.

Muchas de las canciones nacen después de una ruptura, pero no desde la comodidad de quien ya ha conseguido cerrar una historia y puede contemplarla desde lejos. Hay heridas. Recuerdos. Personas que ya no están. Noches sin dormir. Cosas que todavía no tienen una explicación definitiva y a Andrea le interesa precisamente ese momento: el instante en el que todavía no sabemos qué hacer con lo que nos ha ocurrido.

“Siempre me ha interesado contar y crear desde ahí, desde la confusión, cuando todo está desordenado”, explica.

Una vez terminada la canción, algo cambia. La experiencia deja de estar únicamente dentro de ella, puede observarla, entenderla, decidir qué hacer con ese dolor, escribir se convierte entonces en una forma de ordenar pero no de resolver, porque hay una diferencia importante entre ambas cosas.

Ordenar una emoción no significa encontrar una respuesta para ella y ahí aparece una de las frases más interesantes de toda la conversación: “Nunca me ha gustado componer sobre las respuestas.”

Andrea prefiere las preguntas.

Porque una canción que todavía está intentando entender algo puede acompañarnos mucho más tiempo que una canción que ya sabe exactamente qué significa.

La canción no expulsa el dolor

En «Muna» hay una tensión constante entre querer olvidar y tener miedo de olvidar.

En ‘Espero sacarte de mí con esta canción‘, la propia canción parece convertirse en una herramienta para expulsar a alguien pero hay una contradicción escondida en el propio gesto.

La canción dice que quiere sacar algo de dentro y al mismo tiempo decide guardarlo. Andrea lo explica de una manera mucho más interesante que cualquier teoría sobre la superación.

No cree que escribir sirva para expulsar el dolor pero sirve para nombrarlo, para ponerlo fuera, para poder mirarlo y después decidir qué hacer con él. Quizá por eso tampoco le preocupa demasiado la posibilidad de olvidar, lo que le da miedo es otra cosa.

“Lo primero me parece una cárcel”, dice cuando se le pregunta qué le asusta más: seguir recordando algo que hizo daño o dejar de recordarlo pero enseguida matiza algo esencial, olvidar no significa borrar quién fuimos. Lo vivido se integra, cambia con nosotros. forma parte del sistema, lo verdaderamente peligroso sería no tener recursos para decidir qué hacer con todo aquello.

Es una idea que atraviesa «Muna» de principio a fin: la memoria no aparece como un museo, aparece como algo vivo, algo que se transforma a medida que nosotros cambiamos por eso recordar no consiste necesariamente en conservar intacto el pasado.

A veces consiste en aceptar que el pasado ya no puede permanecer intacto.

De quemarlo todo a intentar recordar

Visto desde ahora, la trayectoria de Andrea Santiago parece dibujar un recorrido que probablemente no podía verse completo cuando empezó: «Prenderle fuego a todo«, «Éxodo«, «Muna«, destruir, marcharse, recordar.

El primer disco nació, según explica Andrea, desde la intuición y la ilusión. El segundo fue más ansioso, atravesado por la sed y el miedo. El tercero intenta regresar al origen sin renunciar a todo lo aprendido en el camino.

Y hasta las imágenes de los discos parecen participar de esa transformación.

En «Prenderle fuego a todo«, el agua aparece después del incendio. «Éxodo» supone salir de ese agua para entrar en un paisaje desértico, de abandono. «Muna» vuelve a la naturaleza, al agua, a la tierra.

No hace falta convertirlo en una trilogía perfectamente diseñada para que la secuencia resulte significativa, de hecho, quizá sea más interesante precisamente porque parte de decisiones tomadas en momentos diferentes y solo después empieza a revelar una lógica.

La artista que empezó quemándolo todo ahora necesita recordar qué había antes del fuego.

Lo que Andrea quiere recuperar no es su sonido

Esta es probablemente la cuestión más interesante de «Muna«.

Cuando un artista mira hacia atrás, existe siempre una tentación bastante peligrosa: pensar que recuperar el pasado significa recuperar un sonido. Andrea no parece interesada en eso, lo que quiere conservar de aquella primera etapa es otra cosa: “La ilusión del comienzo”, dice, y, sobre todo, “esa capacidad de no preguntarme desde la ansiedad qué se esperaba de mí”.

Ahí está el verdadero centro del disco, no recuperar a la Andrea de entonces, recuperar la libertad de aquella Andrea porque el tiempo inevitablemente cambia a quien hace canciones. También cambia las herramientas, las influencias, las ambiciones, la forma de escuchar, la forma de escribir, la manera de entender una canción… Volver atrás para intentar ser exactamente quien eras sería imposible y probablemente también sería una mala idea.

Lo interesante es descubrir qué parte de aquella persona todavía merece acompañarte.

Andrea cree que de «Prenderle fuego a todo» conserva precisamente eso: la ilusión y la certeza con la que empezó. Después llegaron las expectativas, la industria, la mirada de los demás, el aprendizaje. Todo aquello que hace que una carrera artística sea también una forma de educación sentimental «Muna» no intenta fingir que nada de eso ocurrió.

Hace algo bastante más difícil: Intenta incorporar lo aprendido sin permitir que lo aprendido decida por ella.

Hacerlo todo en casa también es una forma de volver al principio

Hay algo que podría pasar desapercibido si uno mira «Muna» solamente como un disco.

Es el primero que Andrea ha grabado, producido, mezclado y masterizado completamente con sus propios medios pero lo importante no es la etiqueta de “autoproducción”, lo importante es lo que esa decisión permitió.

Andrea descubrió que podía introducir una parte de sí misma en todas las fases de una canción, no solamente en la composición, también en la grabación, en la producción, en las mezclas, en las decisiones aparentemente pequeñas que terminan determinando qué clase de canción acaba llegando al otro lado.

La experiencia, dice, fue más bella y más completa y eso explica también por qué el sonido de «Muna» parece inseparable de la manera en que fue hecho. Hay discos que podrían haber sido grabados en cualquier lugar.

Este parece depender, al menos en parte, de haber tenido una casa en la que nadie estaba esperando que una canción apareciese.

‘Estrellas‘ es la Andrea que existe ahora

Si hubiera que escoger una canción para explicar quién es Andrea Santiago en este momento, ella señala ‘Estrellas‘.

No necesariamente porque sea la mejor canción del disco porque es la que mejor reúne las distintas versiones de la artista que han ido apareciendo por el camino.

Está la intuición del principio. Hay una letra que siente más redonda. Existe una dimensión analógica. Pero también aparece todo lo aprendido: la parte electrónica, una mayor libertad y algo especialmente importante: la ausencia de miedo a sonar más pop.

Es una pequeña declaración de intenciones porque si «Muna» consiste en regresar al origen, no lo hace para quedarse allí, Andrea no quiere volver a ser quien era. Quiere volver a tener algo que aquella persona tenía y que quizá se había ido perdiendo por el camino.

La capacidad de hacer una canción sin preguntarse antes qué debería ser y ahí «Muna» deja de ser un disco sobre la memoria para convertirse en algo bastante más interesante: un disco sobre la identidad.

Sobre esa pregunta que persigue a cualquier artista después de varios años de carrera: cuánto de lo que haces sigue naciendo de ti y cuánto empieza a nacer de la imagen que has construido alrededor de ti.

La trampa de convertirse en la persona que esperan de ti

Hay una fase extraña en cualquier carrera artística. Al principio, nadie espera demasiado, esa falta de expectativas puede ser liberadora. Después llegan los primeros resultados, la gente empieza a identificarte, a reconocer un sonido, a esperar determinadas canciones, a asociarte con determinadas ideas y lo que inicialmente era una identidad empieza a convertirse en una obligación.

No hace falta que nadie te diga qué debes hacer, puedes aprender a anticiparlo tú solo. Quizá esa sea una de las formas más silenciosas de perder la libertad, ya no necesitas que alguien te vigile, has aprendido a vigilarte.

Por eso resulta tan significativa la frase de Andrea sobre no preguntarse desde la ansiedad qué se esperaba de ella porque «Muna» parece querer recuperar precisamente ese punto anterior a la autocensura, no volver a la inocencia, volver a la curiosidad. No hacer como si no hubiera aprendido nada, hacer algo con todo lo aprendido sin permitir que se convierta en una jaula.

Una canción también puede ser una fotografía

Hay algo especialmente hermoso en la última respuesta de Andrea. Si la música sirve para recordar, ¿qué parte de ella quedará en «Muna» cuando ya no sea la misma persona que lo escribió?

La respuesta no habla de una canción concreta, ni de una frase, ni de un sonido, habla de un momento vital. «Muna» conservará eso, uno de los momentos más especiales de su vida y quizá esa sea la mejor definición posible de un disco.

No necesariamente una declaración. No necesariamente una obra definitiva. Una fotografía.

Un lugar en el que queda registrada una persona que, por definición, ya no existe exactamente igual. Escuchamos discos como si fueran objetos terminados pero para quien los hace son otra cosa.

Son lugares a los que ya no pueden regresar de la misma manera.

Dentro de diez años, Andrea escuchará «Muna» y probablemente encontrará cosas que hoy todavía no puede ver. Algunas canciones le recordarán exactamente quién era, otras le resultarán extrañas, quizá algunas le duelan, quizá otras le hagan sonreír y quizá descubra que aquello que hoy considera una certeza era simplemente otra pregunta esperando su momento.

Recordar para poder seguir

«Muna» empieza con un tatuaje que se había vuelto invisible, termina, al menos de momento, con una artista intentando volver a mirar aquello que había dejado de ver.

Entre una cosa y otra hay once años, un viaje, tres discos, una ruptura, personas que se fueron, personas que llegaron, aprendizajes, miedo, canciones, una casa convertida en estudio y una pregunta que atraviesa todo el álbum: qué merece la pena conservar cuando ya no somos la persona que empezó.

Andrea Santiago no parece haber encontrado una respuesta definitiva y, esa, precisamente es la razón por la que «Muna» puede resultar interesante, porque tampoco está intentando encontrarla, está intentando hacer algo más difícil: recordar sin quedarse atrás. Dejar ir sin borrar, aprender sin convertirse en aquello que los demás esperan y volver al principio sin fingir que el camino no ha ocurrido.

Hace once años, Andrea se tatuó «Muna» para no olvidar un viaje improbable a Islandia. Ahora ha utilizado aquella misma palabra para recordar otra cosa: la persona que era cuando todavía no sabía qué iba a hacer con su vida, la persona que hacía canciones porque quería hacer canciones, antes de la industria, antes de las expectativas.

Quizá por eso el título estaba ahí desde el principio, no había que inventarlo, solo había que volver a verlo, a veces crecer no consiste en dejar atrás a la persona que fuiste, consiste en volver a encontrar aquello que tenía y que tú, después de tantos años, habías dejado de mirar.

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