Un técnico de sonido ausente, una espera interminable y unos teloneros que parecieron olvidarse de su papel pusieron contra las cuerdas la noche de Vuelo Fidji en Vigo. Los albaceteños terminaron enfundandose el mono de trabajo para rescatar un concierto que amenazaba con naufragar antes de empezar.
Hay noches en las que todo parece empeñado en salir mal. No hace falta que ocurra ninguna tragedia: basta con acumular pequeños despropósitos hasta que la ilusión de salir de casa para escuchar música en directo empieza a competir con las ganas de volver al sofá. Lo que sucedió el pasado sábado en la sala Supersonic de Vigo fue, en buena medida, una sucesión de esas catastróficas desdichas pero, por fortuna, Vuelo Fidji todavía tenía algunas canciones que tocar.
La primera llegó antes de que sonara una sola nota. El técnico de sonido desapareció minutos antes de la actuación y el concierto quedó suspendido en ese territorio incómodo en el que nadie sabe muy bien qué está pasando, cuánto va a durar la espera ni si merece la pena seguir mirando el escenario. Las puertas habían abierto a las 20.30, pero Amaramar no comenzó a tocar hasta las 22.40. Entre una hora y otra, el público tuvo tiempo de sobra para preguntarse qué hacía allí y cuánto faltaba para que empezara la música.
¿Insólito? Posiblemente. ¿Solucionable? También. Cuando una noche se tuerce de esa manera, siempre queda la posibilidad de convertir el accidente en una anécdota. Un acústico improvisado, una actuación desnuda, una explicación honesta o cualquier gesto que transforme el contratiempo en algo irrepetible para convertir el tropiezo en una de esas historias que las bandas recuerdan años después, cuando el desastre ya se ha convertido en leyenda.
Lo que cuesta más defender es una prueba de sonido interminable delante de un público que lleva demasiado tiempo esperando. Hay momentos en los que el concierto necesita menos perfección técnica (que tampoco fue tal) y más capacidad para reaccionar y, sobre todo, más ganas de tocar y dar. Y es que a veces nos olvidamos que la música en directo también consiste en eso: en dar y no en lucir o aparentar.
Amaramar y el difícil oficio de ser telonero
Cuando Amaramar salió finalmente terminaba su prueba de sonido, la noche ya arrastraba un cansancio que no correspondía a la actuación (aunque sí a la actitud). La banda compostelana construye su imaginario alrededor del mar y se mueve entre el indie rock, las guitarras distorsionadas y las atmósferas electrónicas, sin duda, una combinación con posibilidades en un circuito emergente que necesita propuestas capaces de encontrar una voz propia. Sin embargo, lo que escuchamos en Supersonic no terminó de dibujar una identidad reconocible.

Había ecos de Arde Bogotá (demasiados y demasiado reconocibles no solo en sus versiones), algunos pasajes que podían recordar a la vertiente más ruidosa de Viva Belgrado y una serie de referencias que, al menos durante la actuación, pesaron más que la personalidad de la banda. No se trata de que una banda no pueda tener influencias ¡Todo lo contrario! La cuestión es qué hace con ellas y en qué momento dejan de ser un punto de partida para convertirse en una voz propia: la sensación fue la de una propuesta todavía en busca de su centro.
No necesariamente estamos ante una mala idea, sino ante una idea que necesita madurar y encontrar un discurso musical más definido.
El problema fue que la actuación tampoco ayudó a despejar las dudas porque una cosa es interpretar una versión y otra muy distinta es que las versiones terminen ocupando un espacio difícil de justificar. Amaramar llegó a encadenar tres durante su actuación (o quizás más porque hubo un momento en el que el tedio pudo más que la atención), una decisión que nos hizo preguntarnos dónde quedaban las canciones propias y qué quería contar el grupo aquella noche. Y, en particular, como ya hemos comentado, cuando las referencias a Arde Bogotá ya eran suficientemente perceptibles en su sonido, insistir en ese territorio terminó por acentuar la comparación en lugar de alejarla.

Quizá el principal error de Amaramar no estuviera tanto en su propuesta como en su lugar dentro del cartel. Un telonero no tiene que ser necesariamente una banda menor, ni está obligado a limitarse a calentar el ambiente pero sí debe entender qué función cumple en una noche compartida. Su trabajo consiste en presentar su música, despertar curiosidad y preparar el terreno para quien encabeza el concierto, no en dar la impresión de que está disputándole el protagonismo.
Después de la espera, con el horario ya desplazado y la paciencia del público puesta a prueba, la actuación se hizo más larga de lo que necesitaba ser. Amaramar no salió de Supersonic con una identidad más clara, al menos a nuestros oídos, y la noche seguía sin encontrar su rumbo.
Vuelo Fidji, los obreros del indie
A Vuelo Fidji le tocaba recoger los pedazos tras más de 850 kilómetros en su contador. Los albaceteños llegaban como reclamo de la noche y, a esas alturas, el escenario necesitaba algo más que otra actuación: necesitaba que alguien justificara la espera.
La diferencia se notó en la solidez de la propuesta. Vuelo Fidji funcionó como una banda compacta, con un sonido consistente y un frontman que sabe ocupar el escenario. Su presencia no se limita a mantenerse en el centro y reclamar la atención del público, Toño también es capaz de romper la distancia que impone el escenario, acercarse a la gente y convertir un concierto en una experiencia algo más cercana (algo muy inteligente en un ambiente más que enrarecido).

No había una multitud que empujase desde atrás ni un público numeroso que disimulase los silencios. Cada gesto quedaba más expuesto y la conexión tenía que construirse casi persona a persona. Vuelo Fidji supo manejar esa circunstancia sin que el concierto pareciera depender de una asistencia que no estaba allí.
Uno de los momentos más cercanos llegó cuando Toño bajó con su guitarra acústica para interpretar un par de canciones entre el público. En ese formato más desnudo apareció también ‘No puedo vivir sin ti‘, de Los Ronaldos, una versión que permitió cambiar la escala de la actuación y acercar la música a quienes habían aguantado la espera pero que no habían sido llamados por los albaceteños. No hacía falta fingir que la sala estaba llena ni intentar convertir la noche en algo que no era. Bastaba con tocar, mirar al público y hacer que la distancia entre escenario y platea dejara de importar por unos minutos.
En una noche marcada por los problemas, esos pequeños gestos terminaron teniendo más peso que cualquier despliegue. Vuelo Fidji no podía arreglar lo ocurrido antes de salir, pero sí podía decidir qué hacer con el tiempo que le quedaba. Y ahí estuvo su mérito: en no dejar que los problemas técnicos, la demora y el desgaste previo acabaran dictando también el recuerdo de su concierto.
El cierre llegó con ‘Lucky Strike‘, un final que puso punto y final a una noche que había necesitado demasiado tiempo para arrancar. Para entonces, los albaceteños habían conseguido recuperar parte del terreno perdido. No borraron las desdichas, pero evitaron que fueran lo único que quedara de ellas.
Tres horas después, también queremos volver a casa
Hay una tentación habitual en las crónicas de conciertos: buscar un relato heroico, un momento decisivo o una actuación capaz de justificar retrospectivamente cualquier contratiempo. Pero no todas las noches necesitan convertirse en gestas. A veces, lo que sucede es más sencillo: un concierto empieza demasiado tarde, una banda no termina de convencer y otra consigue que la experiencia no se hunda del todo.

Vuelo Fidji fue, en ese sentido, el sexteto de obreros que llegó para apuntalar una estructura a punto de venirse abajo. Su actuación tuvo la consistencia suficiente para devolver algo de dignidad a una noche que había comenzado torcida y que nunca terminó de desprenderse del todo de ese lastre. Y, sin embargo, hay una última desdicha que ningún grupo puede resolver por completo: cuando llevas tres horas de pie, la paciencia también tiene su propio horario. Da igual que la banda suene bien, que el cantante baje a tocar entre el público o que el final llegue con una canción efectiva. En algún momento, incluso quienes disfrutan de la música en directo empiezan a pensar en la puerta de salida.
En casa espera el gato, la música, esta vez, mejor bajita y el recuerdo de Vuelo Fidji queda asociado a una pequeña victoria: haber conseguido que una noche que amenazaba con terminar en naufragio saliera de Supersonic con algo más que un puñado de reproches.

