121 canciones y casi siete horas de música explican algo más interesante que el cartel del festival de Lugo: quizá el problema no sea que sus artistas sean malos, sino que llegamos a septiembre después de haberlos escuchado demasiado.
Hemos sobrevivido al verano, a los festivales, a las pulseras que no sirven para nada hasta que necesitas que sirvan para algo, a los vasos reutilizables, a las colas, a los baños, a los escenarios con nombres de compañías telefónicas, de bebidas o de campañas políticas. A las zonas VIP, a las stories de gente sosteniendo vasos delante de escenarios que, sospechamos, apenas estaba mirando y también hemos sobrevivido a Carlos Ares. No es culpa de Carlos Ares, que quede claro desde el principio. El problema es que llevamos todo el verano encontrándonos con Carlos Ares en todas partes y, cuando empezábamos a pensar que septiembre iba a devolvernos una vida normal, el Caudal Fest aparece en Lugo los días 18 y 19 para recordarnos que todavía queda un último festival ¡La propia organización lo llama “A última gran festa do verán”! Y quizá ese sea precisamente el problema porque hemos escuchado la playlist oficial del Caudal Fest: 121 canciones. Casi siete horas.
El Caudal Fest suena exactamente a lo que esperas que suene un festival
La playlist oficial es una radiografía bastante honesta de lo que quiere ser Caudal Fest.
Empieza con Lori Meyers. Continúa con Lori Meyers. Aparece Siloé. Vuelve Lori Meyers. Después llegan Ultraligera, Leire Martínez, La La Love You, Pignoise, Sanguijuelas del Guadiana, Sexy Zebras, Xoel López… No hay ningún misterio, tampoco tiene por qué haberlo.
Caudal Fest quiere que sepamos las canciones que vamos a escuchar. Quiere que podamos cantarlas. Quiere que cuando Lori Meyers salga al escenario no tengamos que preguntarnos quién demonios es Lori Meyers. Y funciona.
El problema aparece cuando uno empieza a preguntarse cuántas veces ha escuchado ya esas mismas canciones durante los últimos tres meses.
Porque el cartel de Caudal no es malo. Hay músicos y bandas perfectamente capaces de ofrecer grandes conciertos. Xoel López no necesita que lo defendamos. Lori Meyers lleva décadas demostrando que sabe construir un directo. Anni B Sweet tiene una carrera que está muy por encima de cualquier etiqueta festivalera. Sanguijuelas del Guadiana son una de las propuestas que más han crecido dentro de ese circuito. Carlos Ares está viviendo un momento evidente de expansión.
No va por ahí, el problema es que todos parecen estar viviendo el mismo momento en el mismo cartel.
Carlos Ares no tiene la culpa: ‘La Boca del Lobo‘, ‘Peregrino‘, ‘Días de Perros‘, ‘Aquí Todavía‘… y después aparece también junto a Baiuca en ‘Noitada‘. Cinco canciones para cerrar una playlist de 121. Es una buena oportunidad para explicar algo que ocurre con demasiada frecuencia en el circuito festivalero español.
Cuando un artista funciona, lo ponemos en todas partes. Y cuando funciona mucho, empezamos a verlo tanto que dejamos de percibirlo como una propuesta y empezamos a percibirlo como parte del mobiliario del verano. Carlos Ares no es el problema, tampoco lo son Siloé, ni Lori Meyers, ni La La Love You, ni Sexy Zebras, ni cualquiera de los artistas que aparecen en decenas de carteles.
El problema es otro. Hemos construido un circuito en el que los mismos artistas viajan de festival en festival hasta que el público deja de descubrirlos y empieza simplemente a encontrárselos y septiembre es un mes particularmente cruel para eso.
Porque septiembre llega después de todo

En junio todavía tenemos ganas. En julio nos creemos inmortales. En agosto aceptamos que dormir cuatro horas es una forma perfectamente razonable de organizar una existencia. Y entonces llega septiembre: vuelta al trabajo, vuelta al colegio, vuelta a las facturas, vuelta a los horarios, vuelta a intentar recordar dónde dejamos la vida que teníamos antes de empezar a subir fotografías de festivales. Y en medio de todo eso aparece Caudal: Lugo, 18 y 19 de septiembre. La última gran fiesta del verano. La idea es estupenda. Pero hay una pequeña dificultad: para entonces el público festivalero ya puede estar hasta arriba de festivales.
No es lo mismo descubrir a Siloé en junio que volver a encontrártelo en septiembre. No es lo mismo escuchar ‘Emborracharme‘ de Lori Meyers al principio del verano que volver a hacerlo cuando llevas meses cantando las mismas canciones en recintos diferentes. Y aquí Caudal tiene una batalla que no aparece en el cartel: tiene que conseguir que nos apetezca volver a salir de casa.
121 canciones para un festival que quizá necesita menos canciones y más identidad
La playlist resulta interesante precisamente porque no parece buscar sorprender. Es un escaparate. Un catálogo. Una manera de decir: esto es lo que somos y estas son las canciones que vas a cantar. Y quizá ahí encontremos la verdadera identidad de Caudal Fest: no pretende ser WOS, no pretende (ni puede) ser Paredes de Coura, no pretende descubrirte el próximo grupo del que hablarás durante los próximos diez años. Pretende ser una gran fiesta (y no hay nada malo en eso), el problema es que cada vez más festivales españoles parecen querer ser exactamente la misma gran fiesta.
Cambian el recinto.
Cambian el nombre.
Cambian los patrocinadores.
Cambian el diseño del cartel.
Pero después aparecen los mismos artistas, las mismas canciones, los mismos horarios imposibles y la misma sensación de que podríamos trasladar el escenario doscientos kilómetros y nadie notaría demasiado la diferencia.
La industria tiene una explicación perfectamente lógica: los nombres conocidos venden entradas, los artistas consolidados reducen riesgos, un público que conoce las canciones es un público que compra entradas. Todo eso es verdad pero también es verdad otra cosa: que algo funcione comercialmente no significa que tenga una identidad cultural especialmente interesante.
Quizá el problema no sea el cartel, aquí está la parte en la que probablemente alguien nos acusará de decir que Caudal Fest tiene un cartel malo: no, de hecho, el cartel tiene suficientes nombres interesantes como para que esa crítica resulte demasiado fácil.
La cuestión es otra ¿Cuántas veces podemos ver a los mismos artistas antes de empezar a sentir que estamos asistiendo al mismo festival? Esa es una pregunta que Caudal Fest comparte con buena parte del circuito y probablemente sea una pregunta que también debería hacerse el público.
Porque hemos llegado a un punto en el que un festival puede anunciar quince nombres y que el verdadero acontecimiento sea descubrir que solo conocemos doce porque los otros tres no estaban en el festival de agosto.
Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a consumir festivales como consumimos playlists, una sucesión infinita de canciones reconocibles, nada que moleste demasiado, nada que exija demasiado, nada que nos obligue a preguntar qué demonios estamos escuchando y, sobre todo, nada que nos obligue a recordar un festival por algo que no aparecía ya en otros cinco carteles.
Entonces, ¿qué quiere ser Caudal?
La respuesta está probablemente en esas 121 canciones.
Caudal quiere ser el lugar donde terminamos el veran, donde nos encontramos con artistas que conocemos, donde cantamos, donde bailamos, donde hacemos una última fotografía antes de que septiembre termine de cobrarse su factura y eso es perfectamente legítimo pero quizá haya llegado el momento de pedir algo más.
No necesariamente artistas más grandes, ni siquiera artistas mejores. Simplemente artistas que hagan que Caudal sea Caudal porque si todos los festivales compiten por tener a Lori Meyers, Siloé, Xoel López, La La Love You o Carlos Ares, la pregunta deja de ser quién toca. La pregunta es: ¿por qué debería ir precisamente a este festival? Y esa es una pregunta bastante más difícil de responder, quizá el problema del Caudal Fest no sea que su cartel sea malo, quizá sea que llega a mitad de septiembre, cuando ya estamos exprimidos, para ofrecernos una última dosis de un verano que llevamos tres meses consumiendo.
Hemos escuchado las 121 canciones y quizá ese sea el problema: no necesitamos otro festival, necesitamos una razón para volver a tener ganas de uno.

