agosto 26, 2026

Río Verbena, cuando la música consigue salvar una mala noche

La quinta edición del festival pontevedrés volvió a demostrar que tiene argumentos para crecer, pero también que el recinto empieza a pesar demasiado sobre una experiencia que, cuando se centra en la música, todavía puede ofrecer grandes momentos.

Hay festivales a los que uno llega para escuchar música y otros a los que llega para formar parte de algo. Río Verbena quiere ser ambas cosas. En su quinta edición ha vuelto a demostrar que tiene público y nombres capaces de llenar un escenario como para convertir el Recinto Feiral de Pontevedra en una parada del verano gallego, no de las más importantes, al menos por el momento. Pero también ha dejado una sensación difícil de ignorar: cada vez resulta más complicado separar el festival de las limitaciones y organización del lugar en el que se celebra.

Nosotros llegábamos el sábado después de haber seguido desde fuera lo ocurrido durante la primera jornada. Desde primera hora comenzaron a llegar comentarios sobre problemas en la entrada, la pulseración, la zona gastronómica y, sobre todo, los servicios. No era precisamente la mejor carta de presentación para regresar a un recinto que nunca nos ha parecido especialmente acogedor para celebrar un festival: el Recinto Feiral tiene sus particularidades. Una explanada irregular, una pendiente que condiciona los movimientos, árboles que interrumpen la visión y una distribución que obliga a pensar cada desplazamiento. No es el lugar más sencillo para convertir en festival y, cinco ediciones después, algunas de esas dificultades siguen ahí (y seguirán persistiendo por los siglos de los siglos).

La llegada del sábado, sin embargo, fue bastante más sencilla de lo que cabría esperar. También es cierto que entramos cuando comenzaba el concierto de Carlos Ares y que la afluencia era todavía menor que durante las horas centrales de la noche. Lo suficiente, al menos, para que durante unos minutos pudiéramos pensar que quizá las críticas del día anterior habían sido exageradas, aunque teniendo presente que era el segundo día y que muchos asistentes ya habían pasado por las taquillas.

Pero amigos, la críticas no eran exageradas. Bastó con que el recinto comenzara a llenarse.

La zona gastronómica se encuentra prácticamente desconectada del núcleo del festival, como si hubiera dos acontecimientos distintos compartiendo espacio pero no necesariamente pensados para funcionar juntos. La idea de distribuir mesas a lo largo de la pendiente nos pareció buena, aunque el conjunto termina resultando poco intuitivo cuando el público aumenta.

Pero el punto crítico se encontraba en el núcleo del festival: la barra central. Demasiado grande, demasiado presente y situada de tal manera que condiciona la visión del escenario desde determinados puntos del recinto. Una barra debería servir para que el público pueda beber. No debería convertirse en una pieza arquitectónica que te obligue a buscar dónde colocarte para poder ver un concierto. Las colas tampoco ayudaron, en si, no eran llamativas pero sucede que cuando pones una barra en el centro del recinto deja de convertirse en lugar de paso y se convierte en ancla para aquellos, que en las cervezas, buscan su propio festival.

Pero si hubo un problema difícil de disimular fueron los baños. Las esperas se hicieron interminables y, cuando la infraestructura no da respuesta a la cantidad de personas que hay dentro, ocurre lo que inevitablemente ocurre: los jardines de los alrededores terminan convirtiéndose en improvisados servicios públicos. Muchos pensaréis «será para tíos, que lo tienen más fácil» pero tan ha sido el colapso que hombres y mujeres buscaban y orinaban en cada rincón. Así los jardines cercanos al Lérez de convirtieron un inodoro al aire libre. Una imagen desagradable que dice bastante más sobre la experiencia de un festival que cualquier cifra de asistencia.

Y, sin embargo, había música. Y la música, en ocasiones, consiguió que todo lo demás importase bastante menos.

Carlos Ares salió al escenario todavía con luz y lo hizo con una seguridad que empieza a resultar difícil de ignorar. Hace no demasiado tiempo habría sido fácil hablar de él como una de las promesas de la nueva música gallega. Ya no. Su concierto funciona como el de alguien que sabe perfectamente qué quiere hacer sobre un escenario. Todo está medido, cada movimiento tiene un sentido y las canciones entran donde tienen que entrar. Lo vimos hace unas semanas en Atlantic Fest y volvió a ocurrir en Pontevedra: Carlos Ares ya puede jugar a ser cabeza de cartel aunque todavía actúe a plena luz del día, no necesita esperar a la noche para demostrarlo.

Incluso tuvo tiempo para compartir escenario con Siloé, que había actuado durante la jornada anterior, en uno de esos momentos que probablemente funcionaron mejor en Instagram que en nuestra memoria musical, pero que forman parte inevitable de la liturgia de un festival contemporáneo.

Tras e gallego llegaron Sanguijuelas del Guadiana, quizá nadie en el cartel tenía una misión más ingrata: Ser el puente entre Carlos Ares y Love of Lesbian es, hablando claro, un marrón de narices.

Pero los extremeños salieron a resolverlo con la herramienta más antigua que existe: tocar como si todavía tuvieran algo que demostrar. Y lo tienen.

Había algo especialmente revelador en la cantidad de camisetas de la banda que podían verse entre el público. Sanguijuelas del Guadiana están creciendo y se nota. Su directo todavía tiene más pasión que oficio, pero precisamente ahí reside buena parte de su atractivo. Hay bandas que llegan al escenario con todo perfectamente aprendido y otras que todavía parecen estar descubriendo hasta dónde pueden llevar sus canciones. Los extremeños pertenecen a las segundas y conviene seguirles la pista.

El plato principal de la noche era Love of Lesbian y la circunstancia hacía inevitable que el concierto tuviera una lectura especial: era la despedida temporal de la banda de los escenarios.

Santi Balmes se encargó pronto de aclarar que aquello no era una despedida definitiva sino un punto y seguido desde el que construir algo nuevo (y quizás diferente) que aún está por llegar pero para una parte del público, sin embargo, aquello parecía la última cena o simplemente la despedida (tardía) de una juventud que ya se ha ido: para la banda y para aquellos que recuerdan sus veranos con los temas de los catalanes como banda sonora.

Cantaron todo. Grabaron todo. Comentaron todo. Y algunos, directamente, decidieron que un festival era un buen lugar para mantener conversaciones a pleno pulmón mientras una banda tocaba delante de ellos y es que, incluso en las despedidas, hay desubicados. Esto no es responsabilidad de Love of Lesbian ni de la organización. Pero sí forma parte de la experiencia que se vivió en Pontevedra.

La banda, por su parte, cumplió, y quizá esa sea precisamente la cuestión. Love of Lesbian cumplió demasiado, no fue un mal concierto. Sería absurdo decirlo. Hay demasiado oficio acumulado encima de ese escenario como para que una banda como esta pueda ofrecer fácilmente un desastre pero tampoco fue un concierto especialmente apasionante. Fue un concierto trabajado, profesional, correcto, un concierto de una banda que parece saber perfectamente cómo hacer su trabajo incluso cuando la gasolina empieza a escasear.

Quizá nunca habíamos escuchado ‘Incendios de nieve‘ o ‘1999‘ sonar tan anodinas, exentas de pasión, pero claramente no es culpa de la canción. Quizá el problema sea que el tiempo pasa para todos.

Después de años sin detenerse, el anunciado parón parece más comprensible que nunca. Hay grupos que necesitan parar porque ya no tienen nada que decir. Y hay otros que necesitan hacerlo precisamente porque todavía tienen algo que decir y necesitan volver a encontrar la manera de decirlo ¿Y Love of Lesbian por qué para? No lo sabemos, pero nos gustaría pensar que pertenecen a los segundos.

Y entonces llegó León Benavente, cuando empezábamos a plantearnos abandonar el recinto, apareció Abraham Boba y entonces, por fin, llegó el concierto. No porque Carlos Ares no hubiera estado a la altura. Todo lo contrario. Pero nosotros seguimos teniendo una debilidad evidente por las bandas que no necesitan esconderse detrás de una producción gigantesca para zarandearte.

León Benavente son eso: impecables e implacables. No necesitan convencerte de que estás asistiendo a un acontecimiento. Simplemente empiezan a tocar y el cuerpo entiende lo que tiene que hacer.

Fue, sin ninguna duda, el directo que nos llevamos de Río Verbena y quizá también la mejor manera de terminar la noche.

Porque después de tantas luces, tantas barras, tantas colas, tanto tiktok, poses para instagram y tanta gente intentando encontrar el mejor lugar desde el que grabar para recordar que estuvo allí, León Benavente nos recordó algo bastante sencillo: un concierto no necesita demasiadas cosas cuando las canciones funcionan.

Río Verbena ha cumplido cinco años. Ha demostrado que existe público para el festival y que Pontevedra puede acoger una propuesta musical capaz de reunir nombres consolidados con artistas que todavía están creciendo. Eso no es poco. Pero también nos dejó una sensación que no podemos ignorar: quizá Río Verbena esté creciendo más deprisa que el lugar en el que se celebra. Quizá haya llegado el momento de preguntarse si el Recinto Feiral puede seguir soportando un festival que cada año aspira a reunir a más gente.

No tenemos una respuesta, y tampoco la necesidad de convertir una crónica en un informe de ingeniería.

Lo que sí sabemos es que cuando un festival empieza a obligarte a pensar más en cómo moverte por él que en qué está ocurriendo sobre el escenario, algo se ha desequilibrado. Y es una pena porque debajo de las barras, las colas, los árboles, las pendientes y los baños insuficientes hay algo que sí funciona: la música.

Y hay noches, como la del sábado, en las que León Benavente consigue recordarnos por qué seguimos pagando una entrada para estar delante de un escenario. Por ello quizá Río Verbena no necesite ser más grande, quizá necesite, simplemente, dejar que lo que ya tiene pueda respirarse un poco mejor.

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