La Velada VI no ha sido un fracaso. Quizá sea algo mucho más interesante: el momento en el que el mayor fenómeno del streaming dejó de sorprender para empezar a parecerse a una institución.
Toda revolución tiene una fecha de caducidad, no porque deje de funcionar sino porque deja de parecer una revolución.
La Velada de Ibai nació como un acto de rebeldía contra una industria que llevaba demasiado tiempo creyendo que el entretenimiento solo podía producirse desde los grandes estudios de televisión. Aquello era un puñado de creadores de contenido subiéndose a un ring para demostrar que Internet podía organizar un espectáculo capaz de competir con cualquier cadena tradicional. Y lo consiguió.
Durante cinco años, La Velada no solo fue un evento. Fue una declaración de intenciones, una demostración de fuerza. La prueba definitiva de que una nueva generación de comunicadores había encontrado otra forma de entender el entretenimiento en directo. Pero mientras veía la sexta edición me perseguía una sensación incómoda: no estaba asistiendo a una revolución, estaba viendo una tradición como quien sigue la Lotería de Navidad o discute del vestido de La Pedroche en Fin de Año; y esa diferencia lo cambia absolutamente todo.
Las primeras Veladas vivían de una pregunta muy sencilla: ¿De verdad va a funcionar esto? Nadie sabía la respuesta (ni siquiera Ibai), esa incertidumbre era parte del espectáculo. No sabíamos si los combates serían ridículos o memorables. No sabíamos si Twitch aguantaría semejante audiencia. No sabíamos si millones de personas aceptarían que un grupo de streamers sustituyera durante una noche a las grandes producciones televisivas.
Cada edición tenía algo de experimento, hoy ya no. Hoy sabemos exactamente qué vamos a encontrar: habrá una presentación espectacular, habrá combates más o menos igualados, habrá actuaciones musicales de primer nivel (aunque demasiado encorsetada e incluso fuera de lugar ¿verdad Juanes?), habrá memes, habrá récords de audiencia, habrá polémicas… Y cuando un evento consigue que incluso sus sorpresas sean previsibles, deja de sorprender. No porque sea peor sino porque ya conocemos las reglas.
Quizá esta sea la mayor transformación que ha sufrido La Velada ha sido el boxeo. En sus primeras ediciones el combate era el centro del universo: todo giraba alrededor de quién había entrenado más, quién llegaba mejor preparado o quién terminaría imponiéndose. Hoy el boxeo parece casi un elemento más dentro de una producción gigantesca.
Las conversaciones posteriores hablan tanto (o más) de los artistas invitados, de los récords de espectadores o de los momentos virales que de lo ocurrido sobre el ring ¡Ojo! No es necesariamente una mala noticia, simplemente demuestra que La Velada ha dejado de ser un evento deportivo disfrazado de espectáculo para convertirse en un espectáculo que utiliza el boxeo como hilo conductor y quizá ahí también haya perdido parte de la espontaneidad que la hizo irresistible.
Existe una ley no escrita en el entretenimiento contemporáneo: cada edición tiene que superar a la anterior, más artistas, más público, más presupuesto, más cifras, más, más y más. El problema es que esa escalada tiene un límite porque llega un momento en el que el crecimiento deja de ser percibido por el espectador. Cuando todo es gigantesco, nada parece realmente gigantesco. La Velada ha entrado precisamente en ese territorio.
Ya no puede impresionar únicamente siendo enorme. Ahora necesita volver a ser inesperada y eso resulta infinitamente más complicado.
Sería injusto analizar La Velada sin mirar el contexto: en 2021 Twitch vivía un momento de expansión salvaje, los grandes creadores concentraban audiencias enormes y la sensación era que Internet todavía podía inventar formatos capaces de poner en jaque a la televisión. Cinco años después el ecosistema es completamente distinto. Las audiencias se han fragmentado, los creadores diversifican sus contenidos, las plataformas compiten entre sí y el espectador ya no vive los grandes eventos con la misma sensación de descubrimiento. La Velada no ha cambiado sola.
También ha cambiado el lugar desde el que la observamos.
Quizá la paradoja más interesante sea esta. Ibai Llanos ganó, ganó tanto que convirtió un experimento en una institución y las instituciones funcionan de otra manera: tienen obligaciones, expectativas, rutinas. Una revolución puede permitirse improvisar, una institución no.
Cada Velada debe responder a una lista de requisitos que ya forman parte del imaginario colectivo: el gran combate, la actuación internacional, el récord de audiencia, el momento viral, Roro en algún momento, la sorpresa… Cuando una revolución empieza a cumplir un protocolo, inevitablemente deja de parecer una revolución.
Hay quien interpretará estas líneas como una crítica, no lo son, al contrario: muy pocos formatos consiguen sobrevivir seis ediciones manteniendo semejante capacidad de convocatoria. Eso ya convierte a La Velada en un caso de estudio, pero precisamente porque ha alcanzado esa dimensión merece una reflexión distinta a la del simple recuento de espectadores.
Quizá estamos asistiendo al final de una etapa pero no por ello al final del proyecto. No creo que La Velada haya muerto, creo que ha dejado de ser joven y eso importa (y mucho). Ahora el desafío ya no consiste en demostrar que Internet puede organizar el mayor espectáculo del año, eso ya lo sabemos, el reto consiste en encontrar una manera de volver a sorprender a un público que conoce perfectamente el mecanismo.
Es un desafío mucho más complejo que llenar un estadio o romper un récord de audiencia. Es el desafío al que se enfrentan todas las revoluciones cuando dejan de ser revoluciones y empiezan a convertirse en tradición y quizá esa sea la noticia más importante que deja La Velada VI: no que Ibai haya perdido la capacidad de organizar el mayor evento del streaming sino que, por primera vez, ya no basta con que exista para que sintamos que estamos viendo algo completamente nuevo.
Porque todas las revoluciones aspiran a cambiar las reglas del juego.
Pero pocas sobreviven al momento en el que ellas mismas se convierten en una de esas reglas.

