mayo 25, 2026

La noche que la lluvia se rindió a La Casa Azul

El pasado sábado, bajo un cielo inclemente en el Muelle de Batería en A Coruña, La Casa Azul transformó Noites do Porto en un testimonio luminoso y cargado de color de 25 años de artesanía pop. Anclada en el marco ecléctico de este festival costero, la actuación de dos horas marcó un hito para el festival. El proyecto de Guille Milkyway, fusionando nostalgia con una visión caleidoscópica que desafía el arquetipo del concierto convencional. A pesar de la lluvia incansable, el escenario bajo la carpa se convirtió en un refugio, donde la promesa de la banda de un espacio seguro para bailar, disfrutar y vivir sin prejuicios se mantuvo firme, incluso con el agua cayendo fuera.

La noche arrancó con un pulso titubeante, apoyándose en temas de una era en la que La Casa Azul aún tallaba su estatus de culto. El arranque con ‘Fiesta Universal‘ estableció un tono festivo, con Milkyway saludando a la multitud coruñesa sobre todo a “los que estaban cuando nadie más lo estaba” con la promesa de un “concierto largo, como debe ser”.

No os vamos a mentir, el concierto comenzó flojo. Demasiado espacio entre nuestro ‘Chicle Cosmos‘ y ‘No Más Myolastan‘, pero los aplausos y las ganas de fiesta desataron ese comienzo titubeante, con más prosa que música, para ganar tracción.

La propuesta de La Casa Azul va más allá del sonido, es un inmersión sensorial en un mundo de luz y fantasía. El escenario estalló con proyecciones (entre las que pudimos encontrar a nuestra querida Frieren), convirtiendo cada canción en un poema visual, pocas veces el pop enciende una alegría tan desinhibida. Milkyway, siempre el maestro de ceremonias, tejió lazos sociales en la trama, condenando la violencia que nos lleva a alejar del mundo con ‘La Gran Esfera‘ antes de desviarse hacia joyas menos transitadas como ‘Terry, Peter y Yo‘ y ‘C’est Fini‘. Este buceo en el archivo, aunque rozando los peligros de la nostalgia, se justifica en un aniversario de plata.

La Casa Azul es un grupo cargado de luz y color pero sus canciones abandonan ese camino para golpearnos por dentro, muestra de ello son temas como ‘Prometo No Olvidar‘ o ‘El Momento‘, temas a priori festivos que nos enfrentan a nuestras vivencias más oscuras y tristes para mostrarnos que siempre, a nuestro alrededor, hay luz. 

Uno de los puntos álgidos de la noche fue la intervención de Soleá Morente se unió para ‘Vamos a olvidar‘, un dúo que fusionó el alma flamenca con el brillo sintético del pop, aunque echamos de menos ‘No pensar en ti‘, una colaboración que sin duda se quedó corta (más aún tras el anuncio de la colaboración que hacía prever muchas más interacción entre dos artistas tan diferentes). Mientras un homenaje a Juan de Pablos (cuyo Flor de Pasión dio aire a su primera maqueta) precedió a ‘Tang de Naranja, Colajet de Limón‘ y ‘Galletas‘. Esta vuelta a aquellos primeros temas, lejos de ser mera sentimentalidad, subrayaron un legado construido sobre el riesgo.

El desenlace fue un crescendo comunal. ‘La Revolución Sexual‘, ‘No Hay Futuro‘ y ‘Nunca Nadie Pudo Volar‘ unieron voces bajo la carpa, con ‘Como un Fan‘ desafiando la lluvia en un cierre eufórico. Para una banda que vive de la catarsis colectiva, esto fue La Casa Azul en su máxima expresión: un espectáculo que entrelaza lo personal con lo universal, dejando el corazón latiendo incluso con la tormenta acechando.

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