Con «Un mundo para Glub», la banda madrileña construye un universo de canciones, cerámica y sonidos extraños para reivindicar el error, la imaginación y la creación humana sin renunciar a las posibilidades de la tecnología.
Glub tiene una cara extraña, sin duda, parece un personaje que ha aparecido en el lugar equivocado, una figura que reconocemos como algo familiar y que, sin embargo, nos produce cierta incomodidad pero extrañamente es demasiado cercana como para rechazarla. Está hecha de cerámica, tiene un cuerpo y ocupa un espacio. No es una ilustración que se desliza por una pantalla ni una imagen generada para acompañar una canción. Existe. Y, de alguna manera, también explica cómo entiende Baloncesto la música.
La banda llegó a Glub cuando buscaba una portada para su segundo trabajo, «Un mundo para Glub«. En ese proceso se cruzó con las figuras de cerámica de Ada Cadena, unos jarrones con rostros extraños que el grupo relaciona con el llamado «valle de lo inquietante». Le enviaron dos canciones y, a partir de ellas, la artista creó la figura. La música inspiró a la cerámica y la cerámica terminó devolviendo algo a la música: ninguna de las dos disciplinas quedó exactamente igual después del encuentro.
«Ha sido un proceso retroalimentativo en el que la suma de las distintas disciplinas artísticas dan lugar a un producto nuevo, distinto y mejor incluso, o por lo menos más creativo que si lo hubiéramos hecho de una forma más convencional», explica la banda.
Glub podría ser la protagonista de una fábula, una visitante que llega a nuestro mundo para tratar de entenderlo pero también sirve para acercarse a una idea que atraviesa el disco: crear no consiste necesariamente en conseguir que todo encaje a la primera. A veces consiste en dejar que una cosa extraña aparezca, encontrarle un lugar y descubrir qué puede hacer junto a las demás.
En un momento en el que las herramientas digitales permiten producir, corregir y multiplicar imágenes y sonidos con una facilidad creciente, Baloncesto ha decidido construir su pequeño universo a través de canciones, objetos y colaboraciones humanas. No porque quiera regresar a un pasado idealizado, sino porque todavía encuentra posibilidades en aquello que no se limita a existir dentro de una pantalla.
La imperfección también puede ser una forma de crear
A Baloncesto le gusta definirse como una banda «analógica», aunque la etiqueta necesita algunas explicaciones: les gustan los vinilos, los CD y los fanzines, les interesa que la música pueda asociarse a un objeto, a un recuerdo, a una experiencia que no termine cuando se cierra una aplicación pero no reniegan de las herramientas digitales ni consideran que la tecnología sea incompatible con su manera de entender las canciones.
La distinción está en el uso que hacen de ella. En «Un mundo para Glub» han experimentado con texturas de guitarra que se alejan del sonido convencional del instrumento, recurriendo a técnicas de grabación actuales para obtener resultados extraños, casi rotos. También han utilizado Auto-Tune como recurso expresivo. Y es que la banda nos deja muy claro que su relación con la tecnología no consiste en rechazarla, sino en evitar que sus posibilidades se conviertan en una obligación de perfección.
«En un mundo en el que todo está corregido, todo va a empezar a ser muy homogéneo», reflexionan al hablar del valor del error. Para Baloncesto, las imperfecciones pueden abrir caminos que no estaban previstos. Recuerdan la música de The Beatles, en la que pequeños accidentes y detalles inesperados forman parte de una experiencia que no siempre responde a un plan milimétrico.
El error, desde esa perspectiva, no es necesariamente un fallo que deba ocultarse. Puede ser una puerta. Un sonido que no termina de encajar, una guitarra que adquiere una textura inesperada o una canción que se deforma hasta encontrar otra personalidad. La cuestión no es dejar de trabajar las composiciones, sino aceptar que la creación no siempre mejora cuando se eliminan todas sus irregularidades.
La idea también alcanza al propio disco. Baloncesto reconoce que algunas de sus canciones buscan deliberadamente lo incómodo: guitarras estridentes, sonidos digitales que parecen interferencias o voces que terminan rompiendo la estructura de una canción. En ‘Una casa‘, por ejemplo, los gritos del final alteran la experiencia en lugar de resolverla de una manera amable.
«Ni nosotros somos los mejores letristas, ni los mejores músicos habilidosos con nuestros instrumentos, pero sí que creemos que tenemos muchas inquietudes por crear algo musicalmente distinto», admite el grupo; la frase contiene una declaración de intenciones y una saludable falta de solemnidad.
Baloncesto no necesita presentarse como una banda que ha descubierto la fórmula correcta para hacer música. Su propuesta parte, precisamente, de asumir sus limitaciones, mezclar sus influencias y probar cosas sin saber siempre de antemano dónde terminarán.
«Un mundo para Glub«, una fábula sobre el nuestro
La figura de cerámica terminó dando nombre a un universo que ya estaba contenido en las canciones. Una vez reunido el material, la banda descubrió que el álbum funcionaba como una especie de cuento o fábula. En lugar de publicar temas aislados, quiso ofrecer una experiencia que tuviera sentido al escucharla como un conjunto.
La decisión no implica que las canciones necesiten una historia que las justifique. El grupo insiste en que lo fundamental sigue siendo componer buenas canciones: el personaje, la cerámica y la dimensión visual forman parte de su libertad creativa, no de una obligación que todas las bandas deban asumir para completar su propuesta.
En ese mundo conviven la belleza y la inquietud: ‘Iridiscente‘ se aproxima a la capacidad de disfrutar de lo que nos rodea, mientras que ‘Y que suba el mar‘ mira hacia la destrucción del planeta provocada por los seres humanos. ‘La gira tardía‘ aterriza en una experiencia mucho más cotidiana: subir a un coche, recorrer carreteras y llevar las canciones a otras ciudades.
Cuando se les pregunta qué podría entender un extraterrestre de la humanidad después de escuchar el álbum, Baloncesto no ofrece una respuesta demasiado tranquilizadora. Quizá encontraría un planeta contradictorio, habitado por seres capaces de disfrutar de la vida mientras deterioran las condiciones que la hacen posible y muy posiblemente acabaría más confundido que antes: «vamos, que le confundiría más que ayudarle. No sé si se lo recomendaría a un extraterrestre; si quieren invadirnos, sí, porque lo tiene muy fácil», bromea la banda.
El chiste resume algo del espíritu de «Un mundo para Glub«, un trabajo que no pretende organizar la realidad en una explicación sencilla ni convertir a su protagonista en un guía que conoce todas las respuestas. El mundo que presenta es hermoso y absurdo, estimulante y preocupante, un lugar en el que todavía merece la pena detenerse a mirar, aunque no siempre sepamos muy bien qué estamos viendo.
La inteligencia artificial y el lugar de las personas
La relación entre creación y tecnología aparece de forma más explícita en las decisiones visuales del proyecto. Baloncesto explica que no ha querido utilizar imágenes generadas por inteligencia artificial para las portadas y los videoclips. Su argumento tiene que ver con el trabajo de los artistas y diseñadores, pero también con la coherencia entre las ideas del disco y la manera de producirlo.
La banda ha contado con Eva Robles, conocida como @graphictunnels en Instagram, para el trabajo de animación 3D del videoclip de ‘EVA-03‘. En lugar de delegar la creación visual en una herramienta generativa, ha querido que detrás del resultado hubiera una persona desarrollando su propio trabajo.
«Nos parece muy importante apoyar la labor de este gremio de artistas y no relegarlo a la máquina», explica el grupo, que también relaciona su decisión con el carácter naturalista y ecologista del álbum.
No se trata de una renuncia general a la tecnología, de hecho, «Un mundo para Glub» aprovecha recursos digitales para construir parte de su sonido. La frontera que establece Baloncesto no separa lo analógico de lo digital, sino las herramientas que amplían las posibilidades creativas de aquellas decisiones que, a su juicio, pueden desplazar innecesariamente el trabajo humano.
Esa posición no está exenta de contradicciones, y la banda tampoco pretende resolverlas todas. La tecnología forma parte de su proceso creativo y del mundo en el que circula su música. Su apuesta consiste en decidir dónde quiere utilizarla y dónde prefiere que el resultado nazca del trabajo de otra persona.
La distinción es relevante porque evita una oposición demasiado cómoda entre lo natural y lo artificial. Baloncesto no plantea que la creación humana sea automáticamente mejor en cualquier circunstancia ni que las herramientas digitales deban desaparecer. Lo que reivindica es la posibilidad de tomar decisiones, asumir sus consecuencias y no confundir la facilidad de producir algo con la necesidad de hacerlo de esa manera.
Querer llegar lejos sin hacer música para el algoritmo
Hay una dificultad que acompaña a esa voluntad de trabajar a su manera: conseguir que las canciones lleguen a quienes podrían disfrutarlas. Baloncesto no vive al margen de las plataformas ni de los hábitos de escucha actuales, sabe que necesita adaptarse a un sistema en el que la visibilidad resulta especialmente difícil para los proyectos pequeños.
La banda reconoce incluso que ‘EVA-03‘ tiene un sonido urgente y una letra que juega con la velocidad de la era digital. El consumo inmediato no es únicamente una presión exterior, también puede convertirse en material para escribir canciones. La cuestión aparece cuando las reglas de ese entorno terminan condicionando qué música encuentra público y cuál queda fuera del radar.
«Nosotros queremos que nuestra música sí que llegue lo más lejos posible, pero nos gustaría que llegara de una forma orgánica», explica el grupo. «¿Nos gustaría cambiar la dinámica? Sí. ¿Sabemos cómo hacerlo? Ni idea».
La respuesta tiene más interés que cualquier declaración de guerra contra los algoritmos. Baloncesto no pretende regresar a un pasado en el que la música se distribuía de otra manera y que también tenía sus propias barreras, tampoco presume de haber encontrado una solución para la falta de visibilidad: reconoce que necesita convivir con las reglas actuales, aunque no todas le parezcan favorables.
Esa incertidumbre conecta con el resto del proyecto. La banda quiere que sus canciones se escuchen, pero no quiere que la necesidad de conseguir audiencia determine cada decisión creativa. Le interesa construir un universo alrededor de un álbum, aunque sabe que buena parte del consumo musical se organiza en torno a canciones sueltas. Quiere conservar una dimensión física de la música, pero utiliza herramientas digitales para crear sonidos que no habría obtenido de otra manera.
No hay una fórmula que resuelva todas esas tensiones, quizá tampoco sea necesario encontrarla para empezar a trabajar.
Que Glub siga aquí dentro de diez años
Cuando se les pregunta qué les gustaría que quedara de «Un mundo para Glub» dentro de una década, Baloncesto vuelve a una ambición que tiene algo de deseo y algo de incertidumbre: esperan que el grupo continúe, que el disco recuerde a quienes lo hicieron el momento creativo que están viviendo y que siga encontrando oyentes cuando hayan pasado años desde su publicación. «Nos gustaría que lo siguieran escuchando diez años después, o sea, que fuera un clásico, o a malas un disco de culto, jajaja. Estaría guay».
La respuesta devuelve el relato a su punto de partida: Glub es un objeto que puede tocarse, una figura nacida del encuentro entre disciplinas y una manera de dar cuerpo a unas canciones pero también es el centro de una pequeña apuesta por la duración. Frente a la velocidad con la que aparecen y desaparecen novedades, Baloncesto quiere hacer algo que pueda seguir significando algo cuando el presente haya cambiado.
No hay garantía de que ocurra. Ninguna banda puede decidir qué canciones sobrevivirán a su época, del mismo modo que ninguna obra puede controlar del todo cómo será recibida. Lo que sí puede decidir es cómo quiere crearla y qué clase de relación quiere establecer con quienes la escuchan.
Quizá esa sea la forma más honesta de entender «Un mundo para Glub«, no como una defensa nostálgica de lo analógico, ni como un manifiesto contra la inteligencia artificial, ni como una solución a los problemas de la música independiente. Es el intento de una banda de construir algo reconocible en medio de un entorno que cambia constantemente, sin renunciar a las herramientas del presente ni aceptar que todo deba ajustarse a una misma medida.
Glub no llega para corregir nuestro mundo, llega para mirarlo con extrañeza, señalar sus contradicciones y recordarnos que todavía pueden surgir cosas interesantes cuando dejamos espacio para lo inesperado.
A veces, una canción no necesita ser perfecta, tan solo, necesita encontrar su forma, su sonido y a alguien dispuesto a escucharla.

