Tenía las melodías de los Beatles, las guitarras de The Who, los estribillos de tres minutos y algunas de las mejores canciones de la historia del rock. Tuvo éxitos, músicos influyentes y generaciones enteras de seguidores. Y, sin embargo, el power pop nunca llegó a conquistar el mundo. Quizá esa sea precisamente su historia más interesante.
Hay algo extraño en el power pop. Escuchas una canción y la entiendes inmediatamente. Una guitarra. Un bajo. Una batería. Una melodía. Un estribillo que aparece cuando tiene que aparecer. Unos coros. Tres minutos, quizá cuatro. Nada parece especialmente complicado.
Y, sin embargo, alguien tuvo que inventarlo o al menos dedicar toda una vida a perfeccionarlo.
El power pop nació de una obsesión bastante sencilla: hacer canciones pop sin renunciar a la electricidad del rock. Su ADN mezcla la melodía de los Beatles y los Beach Boys con la contundencia de The Who y las guitarras de The Byrds. Pete Townshend utilizó la expresión “power pop” en 1967 para describir la música de The Who, aunque el término tardaría algunos años en convertirse en una etiqueta de género.
Lo curioso es que aquella música parecía diseñada para triunfar. (Spoiler) No lo hizo, o, al menos, no durante demasiado tiempo.
Una canción perfecta debería ser suficiente
Antes de que existiera el power pop como género, ya existía su problema.
A mediados de los sesenta, el pop había demostrado que una canción de tres minutos podía cambiar el mundo. Los Beatles, los Beach Boys, The Byrds, The Kinks o The Who habían convertido la melodía en una forma de ambición artística.
Después llegó el rock progresivo, el álbum conceptual, la psicodelia, las largas improvisaciones y una idea que empezó a instalarse en el rock: cuanto más grande, complejo y serio fuese un disco, más importante debía ser.
El power pop decidió hacer otra cosa: volver a la canción, no a la canción como producto menor, a la canción como unidad de medida.
Escucha ‘Go All the Way‘, de Raspberries.
En poco más de tres minutos está casi todo: guitarras enormes, armonías vocales, melodía pop, energía rock y un estribillo que parece haber sido diseñado para salir disparado de la radio.
Raspberries publicaron su debut en 1972 y se convirtieron en una de las primeras bandas que cristalizaron aquello que acabaría llamándose power pop. Su canción ‘Go All the Way‘ llegó al número 5 de las listas estadounidenses. Por una vez, parecía que el género iba a funcionar.
Pero entonces apareció Big Star.
La banda perfecta que casi nadie escuchó
Si hubiera que explicar el misterio del power pop con una sola banda, probablemente habría que empezar por Big Star.
Alex Chilton y Chris Bell entendieron algo que sigue resultando desconcertante: se pueden escribir canciones extraordinarias y que el mundo no se entere.
‘September Gurls’ debería haber sido un clásico universal pero (spoiler de nuevo) no lo fue.
Big Star se convirtió en una banda de culto, y precisamente ahí empieza una de las paradojas fundamentales del power pop. El género podía producir canciones perfectas, lo que no podía garantizar era que alguien las escuchara y eso importa porque el power pop nunca tuvo un problema de falta de talento. Tuvo un problema de contexto.
El mercado del rock estaba cambiando. La radio estaba cambiando. La industria estaba aprendiendo a vender otras cosas. Y una música obsesionada con canciones de tres minutos podía quedar atrapada entre dos mundos: demasiado pop para el rock más serio y demasiado guitarrera para el pop más convencional.
Entonces llegó el punk
Y durante unos minutos pareció que todo iba a solucionarse.
El punk devolvió al rock la velocidad, la urgencia y la idea de que no hacía falta tocar durante diez minutos para decir algo. Era un terreno perfecto para el power pop: The Records, Buzzcocks, The Undertones, The Nerves, The Plimsouls, Cheap Trick, The Romantics o The Knack podían convivir, con distintas intensidades y matices, en ese territorio donde una canción pegadiza podía sonar también como una patada.
El power pop encontró en el punk algo que necesitaba desesperadamente: permiso para no ser sofisticado. Y entonces ocurrió lo inesperado.
Una canción de power pop se convirtió en un fenómeno mundial.
‘My Sharona’ y el problema de tener demasiado éxito
En 1979, The Knack publicaron ‘My Sharona‘.
La canción llegó al número uno del Billboard Hot 100 y permaneció seis semanas en lo más alto. Fue el mayor éxito de una banda asociada directamente al power pop.
Durante un instante, parecía que el género había ganado pero ‘My Sharona‘ también terminó convirtiéndose en uno de los problemas del power pop.
Su éxito fue tan grande y su presencia radiofónica tan insistente que generó una reacción en contra. Cuando The Knack no consiguió mantener aquel nivel de éxito, las compañías discográficas perdieron interés en una escena que había parecido prometedora apenas unos meses antes. Muchas de aquellas bandas desaparecieron o quedaron relegadas a circuitos pequeños.
Es una de las ironías más extrañas de la historia del género.
El power pop consiguió el éxito que llevaba años buscando y, poco después, ese éxito contribuyó a convertirlo en sospechoso.
¿Y si el problema fuera que era demasiado fácil?
Hay géneros que necesitan ser descubiertos. El power pop, en cambio, suele necesitar ser escuchado, no tiene demasiadas barreras de entrada, no hace falta entender una teoría musical para disfrutar de una melodía. No necesitas conocer la historia del rock para cantar un estribillo. No hace falta haber escuchado diez discos anteriores para saber que ‘Starry Eyes’, de The Records, funciona.
Y quizá ahí aparece otro de sus problemas. Durante décadas, cierta cultura del rock ha confundido dificultad con importancia. El power pop hizo exactamente lo contrario: intentó conseguir que una canción pareciera fácil pero que algo parezca sencillo no significa que lo sea.
La propia tradición del género está llena de compositores obsesionados con melodías, armonías y estructuras aparentemente simples. La dificultad está escondida debajo.
El power pop perdió la batalla y ganó la influencia
Aquí es donde la historia se vuelve mucho más interesante.
Porque el power pop nunca desapareció del todo, simplemente dejó de necesitar llamarse así.
En los años ochenta, muchas de sus ideas pasaron al college rock, al jangle pop, al punk melódico y a la new wave. En los noventa reaparecieron en bandas como Teenage Fanclub, The Posies, Weezer, The Lemonheads o Material Issue.
Y entonces ocurre algo curioso quizá has escuchado muchísimo power pop sin haber escuchado nunca un disco llamado «Power Pop«.
Has escuchado sus melodías en Weezer, sus guitarras en otras bandas, sus armonías en grupos de indie, su estructura en el pop punk, su obsesión por el estribillo en generaciones enteras de músicos.
El género no conquistó el mercado conquistó a los músicos.
Y eso puede ser una forma bastante más lenta de éxito.
Radio Days y la música que sigue viviendo en la sombra
Más de medio siglo después de que The Who utilizasen aquella expresión, el power pop continúa existiendo. No como una moda. No como una escena dominante sino como una especie de corriente subterránea.
Radio Days llevan más de veinte años viviendo ahí. La banda italiana acaba de publicar «Off The Record«, su quinto álbum, diez canciones construidas alrededor de esa misma idea de melodía, guitarras, armonías y canciones directas.
Y cuando hablamos con Dario Persi, su definición del problema resulta casi brutal por su sencillez: «Es una música maravillosa que el 99% de la gente no conoce y que se mantiene un poco en la sombra».
Aquí sí merece la pena que el lector abandone momentáneamente este artículo y vaya a la entrevista porque Dario aporta algo que una historia del género no puede aportar por sí sola: la perspectiva de alguien que sigue haciendo esas canciones ahora.
Y su diagnóstico es interesante.
Radio Days no están intentando recuperar un pasado, están intentando escribir mejores canciones.
Persi explica que cuanto más crece un músico, más comprende que ‘menos es más’, y que la banda decidió aligerar los arreglos de «Off The Record» para concentrarse en canciones que funcionen también en directo.
No es nostalgia.
Es oficio. Y quizá por eso el power pop siga vivo.
El secreto está en la canción
Hay una última paradoja.
El power pop nació mirando hacia atrás. Los músicos que lo construyeron habían crecido escuchando a los Beatles, los Beach Boys, The Who, The Byrds y toda aquella explosión de singles perfectos de los sesenta. No querían copiarla exactamente. Querían recuperar algo que sentían que el rock estaba perdiendo: la capacidad de decir muchísimo en muy poco tiempo.
Después llegaron nuevas generaciones que hicieron lo mismo con ellos, y otras después hicieron lo mismo con esas generaciones.
Así funciona la música que importa. No siempre baja desde arriba. A veces circula de músico a músico, de colección de discos a colección de discos, de padre a hijo, de una banda desconocida a otra todavía más desconocida y un día alguien escucha una canción grabada cuarenta años antes y decide montar una banda.
Quizá por eso la pregunta inicial tenga una respuesta diferente de la que parecía.
¿Por qué el power pop nunca fue popular?
Porque quizá estamos utilizando una definición demasiado pequeña de popularidad.
No llenó estadios durante décadas. No dominó las listas. No tuvo su propio momento cultural. No consiguió convertirse en una marca reconocible para todo el mundo. Pero consiguió algo que quizá sea más difícil: sobrevivir.
Sobrevivió a sus propias modas, a la muerte de la radio musical, a los cambios de la industria, al grunge, al britpop, al indie, al pop punk, a Spotify, a TikTok y todavía hay cuatro personas en una sala intentando conseguir que una melodía sea un poco mejor que la anterior.
Radio Days lo siguen haciendo.
Y quizá esa sea la verdadera historia del power pop, no la de un género que nunca consiguió triunfar. La de una música que nunca necesitó hacerlo para seguir escribiendo canciones porque al final quizá todo se reduzca a eso.
Una guitarra.
Tres minutos.
Un estribillo.
Y la esperanza absurda de que esta vez alguien escuche.

