septiembre 9, 2026

¿Por qué Santiago acoge un festival que se atreve a programar lo que casi nadie conoce?

Mientras buena parte de la industria musical continúa compitiendo por los mismos grandes nombres, WOS Festival lleva una década haciendo algo bastante menos rentable y mucho más arriesgado: pedirle al público que descubra. Del 11 al 13 de septiembre, Santiago volverá a convertirse en escenario de una de las propuestas culturales más singulares de Galicia.

Hay una pregunta que resulta inevitable cuando uno mira el cartel de WOS Festival ¿Quién demonios conoce a la mayoría de estos artistas? Y lejos de ser un problema, probablemente sea la mejor noticia.

Porque mientras los grandes festivales compiten por anunciar antes que nadie al artista que ya conocemos, mientras los carteles parecen construirse con piezas intercambiables y mientras una parte creciente de la industria musical ha convertido el headliner en una especie de unidad de medida cultural, WOS lleva años empeñado en algo bastante menos sencillo: programar lo que todavía no sabemos que queremos escuchar.

Del 11 al 13 de septiembre, Santiago de Compostela volverá a acoger una nueva edición de WOS Festival, un proyecto nacido en 2016 que ha construido su identidad alrededor de la música electrónica y de vanguardia, las artes visuales, el cine, las instalaciones, los talleres y las conferencias. No, no parece, a primera vista, el camino más rápido hacia el sold out y por ello precisamente resulta interesante.

Hay festivales que venden entradas con una fotografía, ni siquiera necesitan explicar demasiado: pones cuatro nombres grandes en un cartel, añades una fecha, un recinto y una promesa de felicidad colectiva y buena parte del trabajo está hecho, WOS juega en otra liga.

Su programación de 2026 incluye 26 proyectos y atraviesa territorios tan diferentes como el ambient, la composición electroacústica, la música de club, la improvisación o la creación audiovisual. Hay siete conciertos audiovisuales, cinco estrenos en España y un estreno mundial. No son precisamente nombres que funcionen como reclamo universal y eso obliga a cambiar la pregunta, no se trata de: «¿Quién viene?» sino de: «¿Qué vamos a descubrir?» Parece tan solo una diferencia semántica pero no lo es.

Hemos convertido los festivales en parques temáticos

Durante años hemos aceptado que un festival tiene que ser una especie de parque temático de nuestros propios gustos.

Vamos a escuchar aquello que ya conocemos, fotografiamos aquello que reconocemos, cantamos las canciones que llevamos años cantando y, si puede ser, publicamos una fotografía en Instagram que demuestre que estuvimos allí. No hay nada malo en ello, el problema aparece cuando esa lógica termina ocupándolo todo.

Cuando los festivales dejan de ser lugares para descubrir música y se convierten exclusivamente en lugares para consumir artistas, bebidas, comidas ¡incluso hemos encontrado compañías eléctricas! Cuando el cartel deja de ser una invitación a explorar y pasa a ser un catálogo, todos terminan pareciéndose.

WOS ha decidido hacer otra cosa, no necesariamente porque sea más puro, ni porque sus artistas sean mejores, simplemente porque ha entendido que la cultura también necesita espacios donde el fracaso sea una posibilidad.

Puede que un concierto no nos guste, puede que una propuesta nos resulte incomprensible, puede que pasemos cuarenta minutos esperando que algo ocurra y salgamos sin saber exactamente qué hemos visto. Perfecto. Eso también forma parte de la cultura.

Santiago tiene una ventaja que otras ciudades no están utilizando

Hay algo especialmente interesante en que WOS suceda en Santiago, no se limita a ocupar un recinto diseñado para recibir conciertos. El festival se despliega por diferentes espacios de alto valor patrimonial de la ciudad y convierte iglesias, teatros, centros culturales y edificios históricos en parte de la experiencia y no es simplemente una cuestión estética.

Cambiar el espacio cambia la manera de escuchar.

No es lo mismo ver una propuesta audiovisual experimental en un escenario gigantesco diseñado para 30.000 personas que encontrarse con ella en un espacio cuya historia precede incluso al propio concepto de festival. WOS entiende algo que parece obvio y que, sin embargo, no siempre se tiene en cuenta: la arquitectura también escucha. Y Santiago tiene una cantidad extraordinaria de arquitectura que puede hacerlo.

El riesgo de programar lo desconocido

Naturalmente, hay una trampa en todo esto. Programar artistas desconocidos no convierte automáticamente a un festival en bueno. La experimentación no es una garantía de calidad y llamar «vanguardia» a algo no consigue que deje de ser aburrido. Precisamente por eso WOS resulta más interesante cuando se analiza sin reverencias: su apuesta tiene sentido porque existe un criterio detrás. No se trata simplemente de llenar horarios con artistas difíciles de clasificar.

El festival ha construido una programación alrededor de la exploración y del diálogo entre música, imagen, tecnología, arquitectura y creación contemporánea.

En 2026, por ejemplo, presenta proyectos audiovisuales de Paul Jebanasam, Slikback, Space Afrika, Visible Cloaks y Yu Su, además del estreno mundial del nuevo concierto audiovisual de Blood of Aza. También aparecen nombres como Ana Roxanne, Juli Deák, Shackleton, Polygonia, Eerie Enterprise, Lee Gamble, Mor Elian, JASSS o gyrofield. Puede que algunos nos fascinen, puede que otros nos aburran pero hay algo que resulta difícil negar: alguien está intentando que los descubramos.

Y eso, hoy, es casi revolucionario, vivimos en una época de abundancia musical. Nunca hemos tenido tanta música disponible, nunca ha sido tan fácil escuchar cualquier disco grabado en cualquier lugar del mundo, nunca hemos tenido tantos algoritmos dispuestos a recomendarnos qué escuchar después y, paradójicamente, quizá nunca haya sido tan difícil descubrir algo realmente nuevo porque la mayoría de las veces los algoritmos no intentan sorprendernos. Intentan acertar. Si escuchas rock, te ofrecen más rock. Si escuchas pop, más pop. Si escuchas electrónica, más electrónica. Si escuchas a Taylor Swift, alguien ha calculado qué probabilidades existen de que también escuches a otra artista determinada. El algoritmo quiere que seas feliz.

WOS, en cambio, parece aceptar que a veces necesitamos equivocarnos.

El festival que no compite con los demás

Por eso quizá sea injusto comparar WOS con los grandes festivales gallegos (e incluso nacionales). No juega a lo mismo, no intenta reunir a decenas de miles de personas para que un artista internacional cierre una noche espectacular, no necesita competir por quién consigue el nombre más caro, no intenta convertir Santiago en una gigantesca pista de baile durante tres días. Su competición es otra.

Quiere conseguir que alguien salga de un concierto diciendo: «No conocía esto» y eso es mucho más difícil de medir, no aparece fácilmente en una nota de prensa, no cabe demasiado bien en una campaña de publicidad, no se puede resumir en una cifra de asistentes pero quizá tenga un valor cultural mayor del que estamos acostumbrados a reconocer.

Quizá necesitamos más festivales que nos incomoden, ojo que no estamos defendiendo que todos los festivales tengan que convertirse en WOS (sería absurdo), necesitamos grandes conciertos, necesitamos festivales populares, necesitamos bailar, necesitamos cantar hits que conocemos desde hace veinte años. También necesitamos esa felicidad sencilla de encontrarnos con miles de personas cantando exactamente la misma canción. Pero necesitamos otra cosa: espacios donde alguien pueda subir a un escenario sin tener que demostrar previamente que millones de personas quieren verlo.

Necesitamos programadores que puedan equivocarse, necesitamos público dispuesto a hacerlo también y necesitamos ciudades que entiendan que la cultura contemporánea no consiste únicamente en importar grandes espectáculos. A veces consiste en crear las condiciones para que algo que todavía no conocemos pueda suceder.

WOS volverá a Santiago del 11 al 13 de septiembre, y probablemente muchas de las personas que se acerquen no conocerán a buena parte de los artistas que aparecen en el cartel. Porque quizá esa sea precisamente la razón para ir, no para comprobar que nuestros gustos siguen intactos, no para hacernos una fotografía junto al escenario, no para cantar aquello que ya conocemos sino para descubrir algo. Quizá sea una canción, quizá una instalación, quizá un concierto que no entendamos, quizá una propuesta que nos obligue a replantearnos qué demonios consideramos música y quizá, dentro de unos años, aquel artista cuyo nombre hoy no nos dice absolutamente nada termine formando parte de nuestra propia historia musical.

Eso es lo que los grandes festivales suelen prometer.

WOS, al menos, intenta hacerlo realidad.

No sabemos si WOS es uno de los mejores festivales de Europa, eso tendrá que decidirlo cada espectador pero sí sabemos algo bastante más sencillo: en Santiago todavía hay alguien dispuesto a preguntarse qué deberíamos escuchar antes de que nosotros mismos sepamos que queremos escucharlo.

Y eso, hoy, ya es bastante.

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