agosto 20, 2026

¿Está Paredes de Coura perdiendo aquello que lo hacía especial?

No es una pregunta cómoda, especialmente cuando llevas años defendiendo un festival que sigue funcionando extraordinariamente bien. Pero este año hemos vuelto a la Praia Fluvial do Taboão con una sensación que no podemos ignorar: Paredes de Coura sigue siendo especial, aunque cada vez cuesta más encontrar aquello que lo hacía diferente.

Hay preguntas que uno preferiría no hacerse. Esta es una de ellas porque llevamos años hablando de Paredes de Coura con una mezcla de devoción y superioridad ligeramente insoportable. Hemos defendido el festival frente a quienes solo conocen sus grandes nombres, hemos explicado que allí importan tanto las bandas como el lugar, hemos recomendado viajar hasta el Alto Minho aunque el cartel no parezca suficiente y hemos repetido, año tras año, que Paredes de Coura no necesita competir con nadie, quizás, por eso resulta especialmente incómodo escribir esto.

¿Está Paredes de Coura perdiendo aquello que lo hacía especial? No tenemos una respuesta definitiva pero después de esta edición, por primera vez, tenemos la pregunta, y probablemente eso ya sea significativo.

Empecemos por lo más importante: Paredes de Coura funciona y funciona muy bien. La organización sigue siendo una de las mejores que conocemos. Los baños están limpios, las esperas no son un ejercicio de supervivencia, el recinto está bien planteado y la programación continúa teniendo una personalidad que muchos festivales europeos llevan años intentando encontrar.

No estamos ante un festival que se haya convertido en un desastre. Todo lo contrario y precisamente ahí está el problema porque quizá Paredes de Coura no esté haciendo nada mal quizá simplemente esté teniendo demasiado éxito.

La organización habla de 115.000 asistentes en esta edición. Y una cifra así cambia inevitablemente cualquier festival. Cambia sus dimensiones, cambia sus públicos, cambia sus dinámicas y, sobre todo, cambia la experiencia de quienes llevan años acudiendo. La cuestión no es cuánta gente puede soportar Paredes de Coura. La cuestión es cuánta gente puede soportar sin dejar de ser Paredes de Coura, y esa diferencia es fundamental.

M.I.A. durante su actuación en Paredes de Coura 2026

Durante años, acudir a Paredes de Coura tenía algo de pequeña conspiración: sabías que allí ocurrían cosas, sabías que podías descubrir una banda que todavía no conocía demasiada gente, que un concierto podía terminar convirtiéndose en una experiencia colectiva imposible de repetir o que podías pasar una tarde entera sin tener demasiado claro qué hacer y acabar encontrándote con algo que no estabas buscando.

Era un festival que parecía tener una personalidad propia antes incluso de que la industria descubriera que la personalidad podía convertirse en una herramienta de marketing. Y eso es precisamente lo que lo hacía atractivo, no era necesariamente el festival más grande, ni el que tenía el cartel más espectacular, ni el que necesitaba colocar veinte nombres internacionales en letras gigantes para demostrar que existía. Paredes de Coura era Paredes de Coura, parece una obviedad pero no lo es.

Este año hemos sentido algo diferente, quizá sea una percepción personal. Probablemente lo sea en parte. Pero este año hemos encontrado un festival más masificado, especialmente durante algunas jornadas, como el miércoles y el sábado, la sensación de saturación era difícil de ignorar. Aquellos pequeños pasillos que durante años permitían escapar de la multitud parecían haberse estrechado o incluso desaparecido y cuando desaparecen esos espacios empiezas a perder algo más que comodidad. Pierdes la posibilidad de desaparecer. Esto puede parecer una estupidez para quien nunca haya vivido un festival así, no lo es, una de las grandes virtudes de Paredes de Coura siempre había sido precisamente esa posibilidad de perderse, salir de un concierto, caminar, encontrar un rincón, sentarse bajo un árbol, llegar tarde a una actuación porque estabas hablando con alguien, descubrir una banda porque no tenías nada mejor que hacer… Ahora todo parece un poco más dirigido, más lleno, más festival y quizá esa sea la palabra que más nos preocupa. Paredes de Coura se parece cada vez más a un festival y sí, somos consciente de la ironía enorme en esta frase.

Paredes de Coura sigue siendo uno de los festivales más diferentes de la península y, al mismo tiempo, empieza a tener algunos de los síntomas que afectan a prácticamente todos los festivales: más público (aunque la organización haya comunicado lo contrario), más internacionalización, más españoles, más estética festivalera, más gente con purpurina, más móviles levantados, más personas preocupadas por documentar dónde están que por preguntarse quién está tocando y no, no vamos a caer en el viejo discurso de «antes todo era mejor», no lo era, ni siquiera nosotros éramos mejores, simplemente había menos gente y cuando hay menos gente, la experiencia cambia.

El público también transforma un festival (aquí viene la parte todavía más incómoda). No creemos que el problema sea que haya españoles en Paredes de Coura, ni que haya gente joven, ni que aparezca público que acude por primera vez. Todo lo contrario. Un festival que no consigue renovar su público está muerto aunque todavía venda entradas. El problema aparece cuando la identidad del festival deja de ser capaz de imponerse sobre la identidad del festivalero y eso es algo que hemos empezado a percibir.

Paredes de Coura corre el riesgo de convertirse en un lugar al que algunas personas van porque es Paredes de Coura, independientemente de lo que ocurra sobre sus escenarios, puede parecer una diferencia pequeña pero es gigantesca porque entonces el festival deja de ser fundamentalmente musical y comienza a convertirse en una marca cultural. Y una marca cultural necesita ser reconocible. Un festival musical necesita ser interesante.

Lo curioso es que la programación sigue siendo uno de los grandes argumentos a favor de Paredes de Coura.

Este año hemos tenido a Salvador Sobral y First Breath After Coma protagonizando uno de los momentos más especiales que recordamos; hemos descubierto a CMAT; Benjamin Clementine ofreció probablemente uno de los conciertos del festival; M.I.A. demostró que las apuestas arriesgadas todavía tienen sentido y Amyl and the Sniffers cerraron el festival a dentelladas… Eso no es precisamente un cartel convencional y, sin embargo, el cartel nos pareció algo menos interesante que en otras ediciones.

Sergio Godinho durante su actuación en Paredes de Coura

Paredes de Coura no necesita ser más grande. Necesita seguir siendo más interesante. Son cosas muy diferentes.

Si para mantener el crecimiento hay que empezar a programar pensando exclusivamente en quién puede vender más entradas, el festival habrá ganado volumen y habrá perdido una parte de su razón de ser. Porque nadie viaja hasta Coura para descubrir que el festival sabe hacer lo mismo que todos los demás para eso hay cientos, basta con revisar la programación estival.

Hay algo casi inevitable en la evolución de cualquier festival: primero existe una idea, después llega un público, después llega el éxito y entonces el éxito exige más éxito, más entradas, más patrocinadores, más nombres, más ingresos, más alcance, más gente… y un día alguien mira alrededor y descubre que aquello que hizo especial al festival se ha convertido en una fotografía antigua.

No creemos que Paredes de Coura haya llegado a ese punto pero creemos que puede estar acercándose y precisamente por eso este puede ser un buen momento para parar. No para crecer menos, para pensar mejor.

No queremos que Paredes de Coura sea más pequeño. No queremos volver al Paredes de Coura de hace diez, quince o veinte años. No queremos un festival congelado en el tiempo. No queremos menos bandas. No queremos que cierre sus puertas al público internacional. No queremos que deje de crecer. Y tampoco queremos convertirnos en esos tipos que se pasan el festival mirando al resto con cara de «yo estuve aquí antes que vosotros», eso sería profundamente ridículo. Lo que queremos es algo bastante más sencillo: queremos que Paredes de Coura siga siendo capaz de distinguirse, que pueda crecer sin perder sus espacios, que pueda vender entradas sin convertirse en una máquina de vender entradas, que pueda traer grandes nombres sin dejar de arriesgar, que pueda atraer a miles de personas sin que todas ellas tengan que vivir exactamente la misma experiencia y, sobre todo, que siga colocando la música por encima de todo lo demás.

The Horrors fue uno de esas pequeñas joyas escondidas de Vodafone Paredes de Coura 2026

Lo más frustrante de escribir este artículo es que Paredes de Coura nos lo pone difícil porque basta con que aparezca Benjamin Clementine sobre un escenario, basta con que Salvador Sobral y First Breath After Coma compartan música mientras un eclipse convierte al público en una sola criatura. Basta con que Vendredi Sur Mer aparezca de repente y nos haga apuntar su nombre o que Sergio Godinho convierta un auditorio en una oda colectiva a la libertad y entonces recordamos por qué estamos allí. El festival todavía tiene magia (o ese queremos crees), ese es precisamente el motivo por el que nos preocupa perderla.

Si Paredes de Coura fuese simplemente otro festival, probablemente no estaríamos escribiendo esto. Nos daría igual. Pero no nos da igual. Porque hay lugares que uno visita y lugares que forman parte de su verano. Quizá este sea el momento de elegir, Paredes de Coura está ante una decisión que no tiene por qué ser dramática: puede seguir creciendo, puede seguir vendiendo, puede seguir llenándose pero quizá tenga que preguntarse qué quiere vender exactamente. Porque si vende entradas, tendrá que competir con todos. Si vende una experiencia, tendrá que protegerla. Y si vende música, tendrá que recordar que la música es precisamente aquello que no puede permitirse perder entre luces, purpurina, vasos, móviles y cifras.

Nosotros queremos seguir volviendo, de hecho queremos dejar de pensar que ha sido «nuestro último Paredes de Coura», pero hay una conversación que sí nos gustaría que Paredes de Coura tuviera consigo mismo: No «¿cuánta gente podemos meter?», sino: «¿Cuánta gente podemos recibir sin dejar de ser el lugar al que todos quieren volver?»

Porque Paredes de Coura sigue siendo especial.

El problema es que, por primera vez, hemos empezado a reconocer en él algunas de las cosas de las que precisamente llevamos años escapando.

Y quizá 2026 no sea el año en que Paredes de Coura haya perdido su esencia quizá sea simplemente el año en que alguien tiene que recordarle que la tiene y que debe protegerla.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *