Las recientes polémicas protagonizadas por Miguel Ríos y Boy George vuelven a plantear una vieja pregunta: ¿deberían los músicos opinar de política? Quizá la cuestión correcta sea otra. ¿En qué momento dejamos de escuchar las canciones para empezar a fiscalizar a quienes las escriben?
Cada cierto tiempo ocurre lo mismo: un músico dice algo, no importa demasiado el qué, puede ser una crítica a un gobierno, un apoyo a una causa social o simplemente una opinión incómoda y entonces las redes sociales se dividen en dos bandos casi instantáneamente: unos responden que los artistas tienen derecho a posicionarse, otros exigen que «se dediquen a cantar», y durante unos días parece que la música desaparece. Solo quedan las opiniones.
Esta semana les ha ocurrido a Miguel Ríos y a Boy George. La semana pasada fue otro, dentro de unos meses volverá a suceder con alguien diferente: la polémica cambia de protagonista, la conversación nunca cambia y quizá eso ocurra porque llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada. No deberíamos discutir si la música tiene que ser política: la música siempre ha sido política.
La verdadera pregunta es cuándo dejamos de reconocer dónde estaba esa política.
Existe una idea muy extendida: la de que antes los músicos hacían canciones y ahora hacen política, es una fantasía, Woody Guthrie escribió This Machine Kills Fascists en su guitarra. Nina Simone convirtió Mississippi Goddam en uno de los grandes himnos contra el racismo. Víctor Jara pagó con su vida su compromiso político. The Clash hablaron de desempleo, violencia policial y guerra. Public Enemy convirtió el hip hop en un altavoz político. Kortatu explicó el País Vasco mejor que muchos ensayos. Rage Against the Machine llevaba la palabra «machine» en el propio nombre del grupo. Y podríamos seguir durante horas. Nunca existió una edad dorada donde la música permaneciera al margen de la política.

Lo que existía era una forma distinta de hacer política, ese quizá sea el verdadero cambio.
Durante décadas los artistas expresaban sus ideas principalmente a través de su obra. La política estaba en las letras, en los conciertos, en los discos, hoy gran parte de la conversación política sucede fuera de la música. Sucede en Instagram, en X, en entrevistas convertidas en titulares, en una historia de treinta segundos y eso tiene consecuencias porque una canción admite matices, una publicación en redes sociales casi nunca.
Las canciones invitan a pensar, las redes sociales obligan a reaccionar.
Quizá por eso cada vez discutimos menos sobre lo que dicen las obras y más sobre lo que opinan quienes las firman.
¿Y Bad Bunny? Aquí aparece uno de los ejemplos más interesantes. Cada vez que Bad Bunny publica una canción relacionada con Puerto Rico o toma posición sobre la gentrificación, el turismo o la identidad de la isla, una parte del público actúa como si el artista hubiera descubierto la política de repente.
No es verdad. Bad Bunny siempre habló de Puerto Rico, siempre habló de identidad, siempre habló de clase, siempre habló de poder. Otra cosa es que durante años muchos prefirieran leer esas canciones únicamente como música para bailar. Eso también dice mucho sobre nosotros.
Tendemos a reconocer la política únicamente cuando adopta el formato de un discurso explícito. Nos cuesta mucho más verla cuando aparece disfrazada de cultura popular.
Existe además una contradicción fascinante. Celebramos el compromiso político… siempre que confirme nuestras propias ideas. Bruce Springsteen lleva décadas posicionándose políticamente, nadie se sorprende, Roger Waters hace exactamente lo mismo y provoca una tormenta permanente, Sinéad O’Connor fue ridiculizada durante años por denunciar abusos que después terminaron confirmándose, las Dixie Chicks fueron prácticamente expulsadas del country por criticar la guerra de Irak, Neil Young abandonó Spotify por una cuestión de principios, Eric Clapton generó una enorme controversia por sus posiciones durante la pandemia. No reaccionamos igual ante todos ellos y la diferencia rara vez depende únicamente del hecho de que hagan política.
Depende, sobre todo, de qué política hacen. Cuando un artista dice exactamente lo que pensamos solemos hablar de compromiso, cuando discrepa de nosotros hablamos de oportunismo.
Hay otra transformación que explica buena parte de este fenómeno. Durante mucho tiempo el centro de la conversación era la obra, hoy el centro es la persona: queremos saber qué vota, qué consume, qué causas apoya, qué banderas exhibe, qué palabras utiliza, qué silencio mantiene.
Hemos convertido a los músicos en personajes públicos de los que esperamos una coherencia absoluta. Una exigencia que, curiosamente, muy pocas veces aplicamos a nuestro vecino. La consecuencia es evidente: terminamos escuchando las canciones como si fueran pruebas judiciales, no como obras artísticas.
Resulta paradójico: vivimos un momento donde todo parece político y, sin embargo, pocas veces debatimos realmente sobre política. Debatimos sobre declaraciones, sobre gestos, sobre fotografías, sobre publicaciones, sobre si un artista debería o no haber dicho determinada frase pero rara vez discutimos el contenido de sus canciones. La política ha abandonado la obra para instalarse en el comentario sobre la obra y eso empobrece tanto la conversación pública como la propia música.
Hay quien sostiene que los artistas deberían mantenerse al margen de la política. Es una idea respetable. También profundamente imposible porque cualquier canción habla de un mundo y toda forma de mirar el mundo implica una posición. Aunque esa posición sea no querer hablar nunca de política, lo verdaderamente preocupante no es que los músicos opinen, lo preocupante sería que dejaran de hacerlo.
Porque una cultura sin artistas incómodos termina pareciéndose demasiado a una cultura que ha renunciado a hacerse preguntas.
Quizá Miguel Ríos, Boy George o Bad Bunny no sean el verdadero tema de esta conversación, quizá el tema seamos nosotros. Quizá llevamos demasiado tiempo juzgando las opiniones de quienes escriben canciones y demasiado poco escuchando lo que esas canciones intentan decir y sería una lástima porque la música nunca dejó de ser política. Los que dejamos de prestar atención fuimos nosotros.

