septiembre 22, 2026

¿Y si un festival no necesitara parecer un festival?

Maré convierte Santiago de Compostela en su recinto durante cinco días y plantea una pregunta incómoda para una industria acostumbrada a levantar vallas, colocar escenarios y vender experiencias cerradas: ¿qué queda de un festival cuando desaparece el festival tal y como lo conocemos?

Hay una imagen que se ha convertido casi en la definición de festival de música: una entrada, una pulsera, una valla, varios escenarios, una barra, puestos de comida, baños portátiles y miles de personas entrando durante unas horas en un territorio que existe y desaparece al mismo tiempo.

También hay algo tranquilizador en ese modelo. El festival empieza cuando cruzas una puerta y termina cuando sales. Todo está dentro. El cartel, los horarios, los escenarios, la comida, la gente y hasta la sensación de pertenecer durante unos días a una pequeña sociedad provisional.

Maré propone otra cosa. Del 23 al 27 de septiembre, el festival ocupará distintos espacios de Santiago de Compostela con más de 30 espectáculos y artistas procedentes de más de 16 países y con presencia de 12 lenguas. Teatro Principal, Sala Capitol, Praza de Mazarelos, Casa das Crechas, Sala Riquela, centros socioculturales, la Igrexa da Universidade y otros espacios de la ciudad forman parte de una programación que no pretende levantar una ciudad paralela, sino introducir la música dentro de la que ya existe. Y ahí aparece una pregunta mucho más interesante que saber si el cartel es bueno: ¿Y si un festival no necesitara parecer un festival?

El festival que no empieza cuando entras en un recinto

Maré no tiene una única puerta de entrada porque tampoco tiene un único centro, eso cambia algo fundamental. En un festival convencional, buena parte de la experiencia está predeterminada. Llegas, miras el plano, eliges un escenario y te dejas llevar por una estructura diseñada para que todo ocurra dentro de ella. En Maré hay que hacer algo más incómodo: hay que decidir qué festival quieres vivir.

No porque las distancias sean un problema, Santiago permite desplazarse entre buena parte de esos espacios con relativa facilidad, el asunto es otro: nadie puede entregarte una experiencia completamente empaquetada. Puedes empezar escuchando música de raíz, terminar en una sala con electrónica, entrar en un teatro para escuchar jazz, cruzar una plaza, detenerte en una actividad gratuita o acabar la noche en Casa das Crechas.

El espectador tiene que construir su propio recorrido y eso puede ser una virtud aunque también puede ser un inconveniente. Porque la libertad de elección tiene una pequeña trampa: te obliga a elegir.

Un festival masivo puede decirte qué está sucediendo. Maré te obliga a averiguar qué quieres que suceda.

Una ciudad en lugar de una burbuja

Hay algo paradójico en la evolución de los festivales. Durante años han intentado convertirse en ciudades en miniatura. Han construido calles, zonas gastronómicas, mercados, espacios de descanso, instalaciones artísticas y toda clase de mundos paralelos para conseguir que el público no tenga que salir del recinto.

Maré hace casi lo contrario: utiliza una ciudad real, no intenta reproducir Santiago dentro de un recinto. Se sirve de Santiago tal y como es: sus plazas, sus teatros, sus salas, sus centros culturales y sus espacios históricos. La Igrexa da Universidade, por ejemplo, acogerá propuestas íntimas y de raíz como las de Judit Neddermann y Pau Figueres, Davide Salvado o Germán Díaz, Benxamín Otero y Vidya Shah. Casa das Crechas, por su parte, se convierte en otro de los puntos de encuentro del festival, con propuestas que van desde David Regueiro Gypsy Reunion hasta Dulzaro o Sumrrá.

No es simplemente cambiar un escenario de sitio, es aceptar que el lugar también forma parte de lo que se escucha. Y eso tiene consecuencias: un concierto no significa exactamente lo mismo en una plaza que en un teatro. Tampoco en una iglesia, una sala pequeña o un espacio sociocultural.

La ciudad deja de ser el lugar donde ocurre el festival y pasa a formar parte del festival.

Una playlist que no necesita explicarse

Aquí es donde tiene sentido escuchar Maré antes que explicarlo. No hemos querido convertir la playlist oficial en una lista de recomendaciones. Tampoco tendría demasiado sentido hacer una sucesión de «canciones que tienes que escuchar».

La playlist funciona mejor como una puerta.

Lo interesante aparece cuando empezamos a seguir los hilos que unen a artistas que, sobre el papel, no deberían necesitar estar juntos.

Aterciopelados llegan desde Colombia con una historia construida sobre la mezcla de rock alternativo y raíces latinoamericanas. Omar Souleyman lleva el dabke hacia territorios electrónicos. António Zambujo trabaja desde una tradición portuguesa que continúa buscando nuevas formas de expresión. ALA.NI se mueve en un territorio de jazz minimalista. Bia Ferreira incorpora soul y R&B desde Brasil. FAIA parte de la música de raíz gallega para reinterpretarla desde el presente. No hay una escena que los explique a todos y quizá esa sea precisamente la cuestión: Maré no parece preguntarse qué género falta en su cartel. Parece preguntarse qué conversaciones musicales todavía no hemos escuchado. Ese cambio de pregunta es importante porque obliga a abandonar una de las herramientas más utilizadas para vender festivales: la semejanza.

Los festivales suelen agrupar. Maré intenta conectar.

¿Qué demonios une todo esto?

Aquí conviene no ponerse estupendos porque la diversidad también puede convertirse en una palabra comodín. Basta con reunir artistas de países, géneros y tradiciones diferentes para poder decir que un cartel es plural, internacional y abierto al mundo pero juntar cosas distintas no significa necesariamente crear una conversación entre ellas. Ese es uno de los riesgos de cualquier festival que decide ampliar radicalmente sus fronteras: si todo puede entrar, ¿qué mantiene unido el conjunto?

Maré parece encontrar una respuesta en la idea de las raíces que se transforman, las músicas que cruzan fronteras y las tradiciones que dejan de comportarse como piezas de museo.

La programación mezcla jazz, folk, rock, reggae, trova cubana, samba, fado, blues y músicas de raíz, pero también propuestas que directamente hacen difícil poner una etiqueta única. El propio festival habla de un diálogo con la lusofonía, las diásporas, América Latina, África y Asia. La cuestión es si esa diversidad consigue producir algo más que una colección de diferencias y ahí está precisamente el interés del experimento.

El espectador también tiene trabajo

Hay una tendencia bastante extendida a considerar que el público debe recibirlo todo perfectamente organizado: qué escuchar, cuándo escucharlo, dónde ir, qué no perderse… Tiene sentido, los festivales son caros, el tiempo es limitado y nadie quiere pasar media tarde mirando una aplicación mientras intenta averiguar dónde está el concierto que acaba de empezar. Pero también hemos llegado a un punto en el que quizá necesitamos recuperar una parte de la curiosidad que los algoritmos nos han quitado porque una playlist personalizada sabe cada vez mejor qué queremos escuchar.

Un cartel como el de Maré puede hacer algo mucho más interesante: poner delante de nosotros algo que todavía no sabíamos que queríamos escuchar. Ese salto es pequeño, pero culturalmente importante.

No se trata de descubrir que Aterciopelados se parecen a otra banda que ya conocemos. Se trata de aceptar que pueden convivir con Omar Souleyman, António Zambujo, Bia Ferreira, FAIA o cualquiera de las otras propuestas del programa sin necesidad de encontrar una etiqueta que los encierre a todos.

Pero diferente no significa perfecto

Porque sería demasiado fácil escribir que Maré representa una alternativa luminosa frente al festival masificado y dejarlo ahí. No. Que un festival sea diferente no significa automáticamente que sea mejor, que utilice la ciudad no garantiza que la experiencia sea más intensa, que haya muchas propuestas distintas no significa necesariamente que todas dialoguen entre sí, y obligar al público a construir su propio recorrido puede ser estimulante para quien disfruta buscando, pero también puede dejar fuera a quien simplemente quiere llegar, mirar el cartel y dejarse llevar.

Ese es el precio de cualquier modelo que renuncia a empaquetar la experiencia; Maré parece aceptar ese riesgo y, al menos desde fuera, resulta más interesante asumirlo que fingir que no existe.

Quizá un festival sea precisamente eso

Durante mucho tiempo hemos entendido el festival como un lugar, después empezó a convertirse en una marca. Más tarde, en una experiencia y ahora quizá pueda volver a ser algo más sencillo: una forma de poner a personas, músicas y lugares en contacto durante un tiempo limitado.

Maré propone esa posibilidad desde Santiago.

No sabemos cómo se sentirá caminar de un concierto a otro. No sabemos qué ocurrirá cuando el público tenga que elegir entre dos propuestas. No sabemos si la ausencia de un gran recinto reforzará la sensación de comunidad o hará que cada espectador viva una experiencia más individual. No vamos a fingir que lo sabemos porque no estaremos allí pero sí podemos mirar el programa y la música que lo sostiene y plantearnos qué está intentando hacer este festival. Y la respuesta parece bastante clara: no quiere construir otra burbuja, quiere abrirla, quizá por eso la mejor manera de entender Maré no sea preguntarse qué grandes nombres ha conseguido reunir. Ni siquiera qué género representa.

Sino algo bastante más sencillo: ¿Qué ocurre cuando un festival deja de decirnos cómo tenemos que vivirlo?

Quizá la respuesta sea que el espectador tiene que trabajar un poco más: elegir, caminar, escuchar, equivocarse, encontrar algo que no estaba buscando y construir, durante cinco días, su propio festival ¿Y si un festival no necesitara parecer un festival? Quizá Maré no tenga todavía la respuesta pero al menos está haciendo la pregunta correcta.

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