El fundador de Half Japanese dedicó cinco décadas a hacer música al margen de la industria, las modas y la obligación de sonar bien. Su influencia fue mucho mayor que su fama.
David Fair no se convirtió en una estrella. No llenó estadios, no tuvo una canción que todo el mundo pudiera reconocer y probablemente millones de personas que escuchan música habitualmente nunca hayan oído hablar de él. Y, sin embargo, resulta difícil explicar una parte de la música independiente estadounidense de las últimas cinco décadas sin pasar por Fair y por Half Japanese, la banda que fundó junto a su hermano Jad.
Quizá la mejor manera de entender su importancia sea precisamente esa: David Fair nunca pareció demasiado interesado en convertirse en alguien importante.
Half Japanese nació en los años setenta, cuando hacer música al margen de la industria todavía significaba, literalmente, hacerla al margen de la industria. Grabaciones caseras, instrumentos intercambiados, canciones que parecían desconocer deliberadamente las reglas del rock y una libertad que no necesitaba demasiadas explicaciones.
Fair no parecía preocupado por demostrar que sabía tocar, parecía mucho más interesado en comprobar qué podía ocurrir si nadie le decía que no podía hacerlo y ahí está buena parte de su legado.
David Fair no quería hacer música bien. Quería hacerla a su manera
Conviene aclararlo: Half Japanese no fue importante porque demostrase que no hacía falta saber tocar. Esa sería una lectura demasiado sencilla (y bastante injusta) de lo que hicieron. Fue importante porque ayudó a demostrar que no hacía falta esperar a que alguien te concediese permiso para empezar.
Antes de que DIY se convirtiese en una etiqueta, una estética o una estrategia de marketing, para Fair era sencillamente una forma de trabajar. Hacerlo tú mismo porque nadie iba a hacerlo por ti: grabar porque tenías algo que grabar, tocar porque querías tocar y aceptar que el resultado podía ser extraño, imperfecto o directamente incómodo.
No hace falta que nos guste Half Japanese para entender la importancia de esa actitud. De hecho, quizá sea mejor así. Su legado no consiste en haber creado una música universalmente accesible, sino en haber ampliado los límites de aquello que alguien podía considerar música.
Su influencia terminó llegando mucho más lejos que sus discos. Kurt Cobain fue uno de sus admiradores y Half Japanese llegó a abrir para Nirvana durante la gira de «In Utero«. Pero reducir a Fair a una nota al pie en la historia de Nirvana sería cometer exactamente el error que este artículo intenta evitar: medir una vida artística por la cercanía a una estrella.
Fair no necesitaba a Cobain para ser relevante. Cobain ayuda, eso sí, a entender hasta dónde llegó aquella pequeña revolución.
Hay algo particularmente extraño en contemplar hoy la trayectoria de David Fair.
Vivimos en el momento de la historia en el que resulta más sencillo grabar una canción, distribuirla por todo el mundo y encontrar potencialmente a alguien dispuesto a escucharla. Tenemos herramientas. Tenemos plataformas. Tenemos audiencias. Tenemos tutoriales para aprender prácticamente cualquier cosa. Y también tenemos una industria que ha conseguido convertir la independencia en un género reconocible, con sus códigos, su estética y hasta su estrategia comercial.
Fair pertenece a otra época, a una en la que ser independiente no significaba necesariamente parecer independiente. Significaba no necesitar permiso por eso su historia resulta incómodamente contemporánea, porque quizá el problema actual no sea que existan demasiadas barreras para hacer música. Quizá sea que hemos aprendido a preguntarnos demasiado pronto si aquello que queremos hacer merece la pena ¿Funcionará? ¿Quién lo escuchará? ¿Tiene público? ¿Encaja? ¿Es suficientemente bueno?
David Fair pasó décadas haciendo música sin que ninguna de esas preguntas pareciera especialmente urgente. No consiguió convertirse en una estrella pero tampoco parece que estuviese jugando a eso y quizá ahí esté precisamente la historia que merece la pena contar tras su muerte.
Hoy cualquiera puede grabar una canción en su habitación. Tenemos ordenadores, micrófonos baratos, plataformas de distribución y millones de personas al otro lado de una pantalla. Lo que resulta mucho más difícil es hacer algo sin preguntarse antes si alguien va a escucharlo.
David Fair pasó décadas haciéndolo.
A su manera.

