Río Verbena ha demostrado que tiene público de sobra para llenar dos jornadas, pero quizá ha llegado el momento de preguntarse si llenar el recinto debe seguir siendo el objetivo. Porque un festival no consiste únicamente en vender entradas: también consiste en que quienes las compran puedan disfrutarlo.
Hay una palabra que en los festivales produce una felicidad casi infantil: sold out. Aparece en las redes sociales, se publica en una nota de prensa, se comparte entre medios de comunicación y, durante unas horas, todo el mundo parece haber ganado. La organización porque ha vendido todas las entradas. Los artistas porque tocarán ante miles de personas. La ciudad porque acogerá a miles de visitantes. Los patrocinadores porque su marca estará delante de miles de ojos. Y el público porque, bueno, ha conseguido entrar.
El Río Verbena Fest ha colgado este año el cartel de sold out en sus dos jornadas. La quinta edición terminó con todas las entradas agotadas y una cobertura mayoritariamente entusiasta sobre el ambiente, los conciertos y la consolidación del festival en el calendario musical de las Rías Baixas. Enhorabuena. Pero ahora llega la pregunta incómoda: ¿Y si el sold out no fuese necesariamente una buena noticia?
No para la cuenta de resultados, evidentemente, para el público.
Porque quizá Río Verbena ha llegado a ese extraño momento en el que el festival tiene más éxito del que su recinto puede gestionar, y no, no estamos diciendo que haya que cancelar Río Verbena, ni que Pontevedra no tenga capacidad para acogerlo, ni que la organización no sepa contratar artistas. Precisamente lo contrario: el problema es que el festival funciona demasiado bien en aquello que mide con facilidad y bastante peor en aquello que solo descubre quien paga una entrada.
Vender entradas es fácil de medir, hay cifras que quedan muy bien: número de asistentes, entradas vendidas, impacto económico y, por supuesto, sold out. Todo eso aparece fácilmente en una memoria, una nota de prensa o una publicación de Instagram.
Es mucho más difícil medir cuántas personas pasaron media noche haciendo cola para utilizar un baño. O cuánto tiempo tardaron en conseguir algo de comer. O cuántas veces tuvieron que cambiar de posición para poder ver un escenario porque una estructura colocada en medio del recinto les tapaba la visión. O cuántas personas decidieron no moverse de donde estaban porque desplazarse significaba perder media hora. Eso no aparece en los balances pero también forma parte del festival y quizá sea precisamente lo que deberíamos empezar a medir.
El Recinto Feiral no es el enemigo, conviene aclararlo. El Recinto Feiral de Pontevedra tiene una ventaja extraordinaria: está en la ciudad, no obliga al público a desplazarse hasta un descampado perdido a veinte kilómetros de cualquier sitio. Se puede llegar caminando e incluso salir del recinto y estar prácticamente en el centro de Pontevedra, la propia organización ha defendido precisamente esa característica como uno de los grandes valores diferenciales del festival y tienen razón. El problema aparece cuando intentamos hacer crecer indefinidamente un festival sin que el espacio crezca con él porque el recinto es el mismo: la pendiente sigue ahí, los árboles siguen ahí, la distribución sigue ahí y la capacidad física de los servicios también tiene un límite. Puedes poner a más gente dentro, lo que no puedes hacer es conseguir que haya más espacio porque has vendido más entradas.
Un festival no es solo un escenario, parece una obviedad, pero conviene repetirla. Un festival empieza cuando llegas, continúa cuando haces cola para entrar, cuando buscas dónde comer, cuando quieres comprar una bebida, cuando necesitas ir al baño, cuando intentas desplazarte hasta el otro escenario, cuando buscas un lugar desde el que ver al grupo que has venido a ver y termina mucho después del último concierto. Todo eso es el festival.
Por eso resulta especialmente desconcertante que podamos aceptar como normal que los servicios básicos se conviertan en una prueba de resistencia simplemente porque el cartel ha funcionado demasiado bien (o porque el precio de la entrada era bastante accesible).
Durante todo el fin de semana, las colas para los baños fueron interminables. No una pequeña espera, no la habitual cola de cualquier festival, interminables. Hasta el punto de que los jardines próximos al recinto terminaron funcionando como baños improvisados. Hombres y mujeres, niños y mayores. buscando desesperadamente un lugar donde poder hacer algo tan extraordinariamente sofisticado como mear.
Hay imágenes que no necesitan estadísticas y esta es una de ellas.
Y no es una cuestión de comodidad, es una cuestión de planificación.
También queremos comer, aunque parezca una excentricidad. La zona gastronómica, y su ubicación en el acceso al recinto, tampoco ayudó.
El planteamiento de colocar mesas a lo largo de la pendiente es una gran idea. Incluso puede resultar agradable cuando el recinto no está completamente lleno.
El problema es cuando el público llega. La zona gastro se convierte en un embudo hacia el corazón del festival (que aunque a veces se nos olvide, debe ser a música) y la circulación se vuelve incómoda. Y entonces ocurre otra cosa curiosa: el público empieza a comportarse como si estuviera en una evacuación organizada en lugar de en un festival de música: cola para entrar, cola para beber, cola para comer, cola para mear y, entre cola y cola, algún concierto.
Muchos pensaréis que quizá estamos exagerando pero no, esta es nuestra fotografía de un festival que ha llegado al circuito a última hora y que come mucho más de lo que le es posible digerir, por lo menos, ahora mismo.
Porque hay una pregunta bastante sencilla que el festival debería hacerse: ¿cuántas personas puede acoger cómodamente ese espacio antes de que cada servicio empiece a competir con los demás?
Y entonces llegamos a la gran barra. Aquí hay una decisión de diseño que nos cuesta especialmente entender: la barra central es enorme y está situada de tal manera que termina convirtiéndose en un obstáculo visual desde determinados (muchos) puntos del recinto. Es decir, pagas una entrada para ver a un grupo, colocas una estructura gigantesca en medio del espacio y después tienes que buscar un ángulo desde el que poder ver el escenario.
Puede parecer una tontería. No lo es. Porque resume bastante bien el problema de Río Verbena: se ha intentado introducir cada vez más cosas dentro del mismo espacio sin preguntarse si el espacio puede seguir funcionando como antes.
Y eso es exactamente lo que ocurre cuando un festival crece. Al principio añades una barra, al año siguiente la cambias, después los puestos de comida, y al año siguiente los mueves, después más puestos. Después más servicios (hola autobús de una entidad financiera). Después más gente, y al año siguiente: una poquita más… Y llega un momento en el que el público empieza a ser el elemento que sobra.
Quizá Río Verbena necesite menos público, esta es la parte que probablemente resulte menos popular, y precisamente por eso queremos escribirla. No necesariamente menos artistas, no necesariamente menos ambición. Menos gente o un recinto diferente.
Porque existe una tercera posibilidad que parece haberse convertido en anatema en la industria musical: no crecer (aunque recientemente algún festival bastante próximo a Río Verbena nos ha enseñado que no hacerlo es un acierto total).
La organización ya ha demostrado que puede llenar, perfecto. Ahora podría intentar algo mucho más difícil: saber dónde está el límite. Antes de la edición de este año se hablaba de una previsión de unas 9.000 personas y de un festival prácticamente agotado, el resultado fue el sold out en ambas jornadas. Un éxito comercial está fuera de discusión pero quizá el próximo paso no tenga que ser vender más quizá tenga que ser hacer que esas personas compran sus entradas estén mejor ¿Reducir el aforo? ¿Aumentar aseos? (Por supuesto) ¿Rediseñar la distribución? ¿Repensar la zona gastro? Buscar soluciones para la visibilidad o, si la ambición es seguir creciendo, asumir que habrá que buscar otro espacio.
No sabemos cuál de esas soluciones es técnicamente viable.
Lo que sí sabemos es que seguir haciendo exactamente lo mismo y meter cada vez a más gente no parece una solución.
Criticar es fácil, además de justo en situaciones como esta, pero nos gustaría dar una idea: convertirse en un festival boutique, lo cual, para nosotros, no sería un fracaso, de hecho, podría ser exactamente lo contrario.
Río Verbena tiene algo que muchos festivales han perdido: está en una ciudad. Tiene una identidad reconocible, tiene una programación razonablemente cuidada, tiene artistas que funcionan, tiene público (de hecho, le sobra), tiene Pontevedra ¿Por qué debería convertirse necesariamente en otro monstruo de miles y miles de personas? ¿Por qué no puede aspirar a ser un festival más pequeño, más cómodo y más cuidado? Un festival al que no vas pensando que tendrás que hacer cola para todo, un festival en el que puedes moverte, en el que puedes comer sin necesitar una estrategia militar, en el que ir al baño no requiere calcular el tiempo que queda para el próximo concierto.
En el que puedes ver a Love of Lesbian sin que una barra cubierta te recuerde que, paradójicamente, hay cosas más importantes que el escenario en un festival. Eso sería crecer de otra manera.
Porque nosotros queremos volver, y esta es quizá la parte más importante; nos gustó Carlos Ares, nos gustaron Sanguijuelas del Guadiana, León Benavente nos pareció extraordinario… y hasta Love of Lesbian, agotados y funcionando por inercia, consiguieron convertir su despedida gallega en uno de esos momentos que justifican una noche de festival.


Precisamente por eso cuesta aceptar que la experiencia alrededor de esos conciertos pueda terminar siendo más complicada de lo necesario.
Queremos otro Río Verbena pero no queremos necesariamente un Río Verbena más grande, queremos uno mejor y si para conseguirlo hay que vender menos entradas, quizá sea una de esas raras ocasiones en las que vender menos sea, en realidad, ganar algo.
Porque llegará un momento en el que tendremos que decidir qué queremos conservar: el sold out de Instagram o el recuerdo de una buena noche.
Nosotros tenemos bastante clara la respuesta.
Y si el año que viene Río Verbena vuelve a apostar por meter más gente en el mismo sitio, quizá tengamos que empezar a asumir que nuestro último Río Verbena no fue el sábado porque el festival terminara, sino porque nosotros decidimos que hay colas que ya no merece la pena volver a hacer.

