La música de Black Sea Dahu no se consume, se habita. El proyecto liderado por la suiza Janine Cathrein ha conseguido lo que parece un imposible en la era del algoritmo: detener el tiempo. Tras el éxito de «White Creatures» y la solidez de «I Am My Mother«, la banda regresa con «Everything«, su capítulo más íntimo y autoproducido, grabado entre los cables y el aroma a té de un salón en Flims, un pequeño pueblo en los Alpes suizos.
Con motivo de su inminente gira por España este mes de abril, en Hipsterian Circus hemos tenido la oportunidad de conversar con ellos sobre la fragilidad, el duelo y la resistencia emocional en una industria que suele premiar la velocidad sobre la verdad.
La génesis de «Everything» marca un punto de ruptura con las estructuras tradicionales del mercado musical. A diferencia de sus trabajos anteriores, marcados por presupuestos y calendarios de estudios profesionales, esta vez la banda decidió construir su propio refugio creativo. «Grabamos en el salón. Cables por todas partes, tazas de té en el suelo y amigos cocinando en la cocina», explica Cathrein. Esa ausencia de reloj permitió que las canciones respiraran y que lo frágil, si así se sentía, permaneciera frágil.
Esta apuesta por el «hazlo tú mismo» (DIY) no ha restado ambición al sonido de la banda. Al contrario, al asumir ellos mismos la producción, pudieron seguir ideas extrañas sin dar explicaciones a nadie. El resultado es un disco donde las pistas básicas se grabaron en directo, capturando la energía de un organismo que lleva años rodando por escenarios de medio mundo.
A menudo se etiqueta su música como «folk confesional», un término que Janine defiende desde la honestidad brutal. Para la artista, la diferencia entre la confesión y el exhibicionismo reside en la intención: «El exhibicionismo quiere ser visto; la confesión quiere ser comprendida». Al descender a los abismos de la pérdida o la identidad, la música de Black Sea Dahu deja de ser personal para volverse colectiva. El dolor y el anhelo no son posesiones privadas, sino territorios humanos compartidos.
Esa búsqueda de la «verdad serena» es lo que ofrecerán en su paso por España. La elección de nuestro país para estrenar estas canciones no es casual. «España siempre ha sido muy abierta con nosotros. Traer estas canciones aquí, en movimiento y hacia otra cultura, se siente correcto», confiesan. Los seguidores pueden esperar conciertos donde el silencio sea tan importante como el sonido, en espacios donde, idealmente, los teléfonos queden olvidados.
Mantener el núcleo emocional de un proyecto frente a las dinámicas de la industria tiene un coste que la banda asume con orgullo. Entre la gestión de redes sociales, la logística del merchandising y la administración, a veces el tiempo para la guitarra escasea. Sin embargo, esa autonomía es la que les permite crecer a su propio ritmo. «La lección más importante es proteger el tiempo de composición como un espacio sagrado. Todo lo demás (premios, números, reproducciones) es secundario», afirman.
A continuación, compartimos la conversación íntegra que mantuvimos con la banda, un recorrido por las luces y sombras de uno de los nombres más estimulantes del folk europeo actual.
La mirada de Janine Cathrein
Pregunta: «Everything«, vuestro tercer álbum, se describe como vuestro capítulo más íntimo. ¿Cómo ha cambiado el proceso de composición respecto a trabajos anteriores?
Respuesta: Con Everything, la mayor diferencia fue el cómo y el dónde lo grabamos. Los dos primeros álbumes todavía estaban más estructurados en torno al tiempo de estudio, presupuestos y horarios. Esta vez, decidimos construir nuestro propio pequeño estudio en una casa en Flims, un pueblo en las montañas suizas, y simplemente quedarnos allí. Grabamos en el salón, con cables por todas partes y amigos cocinando en la cocina.
No había un reloj que nos dijera que quedaban tres días. Eso cambió la atmósfera por completo y nos permitió seguir ideas extrañas sin explicárselas a nadie.
P: Defines tu música como “folk confesional”. ¿No te asusta que la confesión se convierta en exhibicionismo?
R: Creo que la diferencia reside en la intención. El exhibicionismo quiere ser visto; la confesión quiere ser comprendida. Cuando escribo, no pienso en cuánto estoy revelando, sino en si es verdad. Si una canción se siente verdadera en mi cuerpo, entonces pertenece a ese lugar. Además, cuando profundizas mucho en tu propia experiencia, deja de tratarse de ti. Se vuelve colectivo. El duelo, el anhelo, la identidad o el miedo no son posesiones personales, son territorios humanos. Si canto sobre ellos con honestidad, se crea conexión en lugar de exposición.
P: Vuestro disco en directo demostró que el escenario es vuestro hábitat natural. ¿Qué podemos esperar de esta gira española?
R: El escenario es donde las canciones cobran vida propia. En el estudio son íntimas, a veces caóticas, pero en directo respiran de forma distinta. Como hemos girado tanto estos últimos años, nos hemos convertido en un solo organismo sobre las tablas. Hay mucha confianza y, como banda, perseguimos el sentimiento y la profundidad, pero también la diversión. Con este nuevo disco, la gente puede esperar momentos muy frágiles, pero también intensidad y, sobre todo, espacio.
P: La gira llega justo después del lanzamiento de «Everything«. ¿No hubiera sido más cómodo estrenarlo en casa?
R: La comodidad no es necesariamente lo que buscamos. España siempre se ha sentido muy abierta de corazón con nosotros. Estrenar estas canciones allí es casi simbólico. El álbum habla mucho de ciclos, de muerte y renovación. Llevarlo inmediatamente al movimiento, al viaje y a otra cultura se siente correcto.
Tal vez estos primeros conciertos sean un poco «temblorosos», pero temblar es estar vivo.
P: En un mundo saturado de ruido digital, ofrecéis una “verdad serena”. ¿Cuál es el espacio ideal para compartirla?
R: Probablemente una sala donde se olviden los teléfonos. Una habitación donde la gente respire junta. No creo que la verdad necesite grandes escenarios, necesita atención. Durante la grabación en las montañas sentí que el duelo necesita quietud para poder emitir un sonido. Tal vez eso sea cierto para la música en general. El espacio ideal es aquel donde nos permitimos la lentitud. Donde no consumimos, sino que nos encontramos.
P: ¿Cuál ha sido la mayor lección para proteger el núcleo emocional del proyecto frente a la industria?
R: Que la independencia tiene un precio, pero vale la pena. Nosotros organizamos casi todo: redes sociales, merchandising, estrategias… A veces es abrumador y me doy cuenta de que no he tocado la guitarra en semanas por mantener la estructura viva. Pero la ventaja es que no tenemos que convertirnos en algo que no somos. Podemos crecer a nuestro ritmo. La mayor lección es proteger el tiempo de composición como algo sagrado, porque todo lo demás es secundario frente al momento en que aparece una canción.
P: Mirando al futuro, ¿qué nuevos territorios te gustaría explorar?
R: El duelo me ha marcado profundamente y siempre estará ahí, pero ha cambiado su temperatura. Ahora es menos crudo, está más integrado. Musicalmente, ya tengo un segundo álbum casi terminado que ha ido creciendo en paralelo. Espero tener tiempo este verano para sumergirme en él, pero soy cuidadosa con las expectativas. Cada vez que planeo demasiado, la vida lo reorganiza todo, así que trato de mantenerme abierta y dejar que las canciones me digan hacia dónde vamos.

