En Madrid llueve y hace frio. De ello son testigo las personas que hicieron fila fuera de La Riviera para el concierto de The Last Dinner Party. Poco tienen de relación el clima de fuera con el calor que se sintió en la sala durante las dos horas que duró la presentación. La emoción ya existía, la trajeron de casa los fans, pero los teloneros, Sunday 1994, la consolidaron: conectaron con el público adueñándose del escenario desde el segundo cero, trayendo una harmonía y, sobre todo, una estética, que se complementaban casi perfectamente con lo que transmitió luego The Last Dinner Party; de ellos sólo se puede añadir (aunque las comparaciones casi siempre sobran) que Sunday 1994 logró que, si entrecerrabas los los ojos, vieras al fantasma de Fleetwood Mac flotando en el escenario.
A The Last Dinner Party sí que no se les puede comparar con nada, porque poca cosa se le parece. Abrieron con ‘Agnus Dei‘, y, como dice la letra, parecía la llegada del apocalipsis. El público lo recibió tal y como se recibiría el fin del mundo: gritando. Era la primera vez de la banda en Madrid, y ha cumplido con las expectativas. La sala contribuyó. Un concierto así de potente sólo es posible si primero existe una atmósfera de intimidad y cercanía, como la que generalmente aporta La Riviera: todos de pie, amontonados, esperando en tensión a oscuras.
La banda está en la gira de su segundo album, «From The Pyre«. El album evoca un poco lo que se puede
esperar de su titulo: letras de ardor, de feminidad (bastante palpable ademas en su público), y de renacer,
todo cubierto por un misticismo que se podría confundir, a lo mejor no erróneamente, con brujería. Con esa palabra podría describirse perfectamente la banda: mística. Madrid fue la segunda ciudad de Europa en recibirla, y a cambio el grupo le regaló unos momentos inolvidables.



Uno de estos momentos fue la introducción de Aurora Nishevci, a cargo del piano y saxofón, antes de cantar ‘I Hold Your Anger‘, en el que habla sobre como en un principio creyó que la canción iba sobre su dificultad para hablar ingles (la artista es de ascendencia kosovar), pero que con el tiempo se dio cuenta de que en realidad es sobre ser foráneo. El discurso tuvo un ligero tinte político, y es que The Last Dinner Party siempre se ha caracterizado por posicionarse políticamente, por lo que es casi indispensable que esto se reflejara en las letras de su segundo álbum.
También es destacable la presentación de ‘On Your Side‘, de su primer album «Prelude to Ecstasy«. Se introdujo como una canción de amor, y no sólo conmovió al público, sino que también tocó la fibra sensible de la vocalista, Abigail Morrison, que tuvo que secarse alguna lagrima cuando acabó de cantar. No es posible identificar si la emocionalidad es resultado simplemente del poder de la canción en sí, o si tuvo que ver también, quizá, con la energía que construía la escenografía y el vestuario de la banda: una teatralidad barroca donde sólo se permitían trajes potentes, luces potentes, y emociones potentes.

Las integrantes parecían sorprendidas con el público, que no dejó nada que desear. Abigail lo dejó claro
también justo antes de tocar ‘The Scythe‘: dijo que, al terminar de grabar el album, la banda no lo sintió
completo, que solo se sintió terminado cuando lo cantaron con sus fans en el tour. La banda fue sincronía
pura. Las guitarras (Emily Roberts y Lizzie Maryland), y el bajo (Georgia Davies), formaban un triángulo de
sonido que no se puede describir más que como cohesivo. Una cohesion que, sin miedo a equivocación,
puede verse en las bandas que, además de compartir una pasión , comparten una amistad.
Cerraron con ‘Agnus Dei‘, en un encuadre casi poético que dice “así como empiezo, termino”, y el público le
siguió el ritmo: empezó gritando y acabó gritando. El concierto fue, en síntesis, un pequeño recordatorio del valor del directo, de la importancia que tiene la música cuando pasa de ser una confesión a ser una comunión. Esto queda por decir: ojalá su fama crezca, para que la gente tenga el placer de escucharles; ojalá su fama no crezca, para seguir teniendo el placer de escucharles así de cerca.

