abril 15, 2026

El monocromo sonido de La Velada del Año V

El 26 de julio, el Estadio La Cartuja de Sevilla vibró con La Velada del Año V, el mastodóntico evento de Ibai Llanos que fusiona boxeo amateur, espectáculo digital y música en vivo, atrayendo a 80.000 asistentes y 9,3 millones de pantallas. Con un cartel de siete combates y ocho actuaciones musicales (Myke Towers, Grupo Frontera, Los del Río, Eladio Carrión, De La Rose, Melendi, Aitana y la sorpresa de Dei V), el evento prometía un crisol cultural. Sin embargo, lo que se desplegó fue un monocromo sonoro: un desfile de ritmos urbanos latinos que, salvo por algún destello, se diluyó en un mar de autotune, letras incomprensibles y una uniformidad que refleja la deriva anodina de la música mainstream en 2025. En un mundo donde el rock ha sido relegado a un gueto cultural, La Velada expuso la hegemonía de un género que, en su afán por globalizarse, ha perdido criterio y alma.

El urbano latino (reguetón, trap, cumbia rebajada) dominó el escenario con una insistencia casi dogmática. Myke Towers, Eladio Carrión y De La Rose, figuras clave del panorama urbano, ofrecieron sets cargados de bajos retumbantes y sintetizadores genéricos, con letras que, en su mezcla de español e inglés, apenas alcanzaban a articular ideas coherentes. Canciones como ‘Lala‘s de Towers o ‘Mbappe de Carrión, aunque coreadas como si de una oración se tratase, se apoyaron en un autotune tan omnipresente que las voces se fundieron en una sola textura plana, indistinguible. Grupo Frontera, con su cumbia norteña, aportó un matiz regional con los que el evento busca abrirse y arraigarse en nuevos mercados, pero musicalmente, su fusión con el pop moderno sonó más a fórmula de TikTok que a innovación genuina. Incluso la sorpresa de Dei V, un añadido de última hora, no escapó a esta homogeneidad. Artistas cargados de acrónimos e iniciales que los mayores hemos tenido que buscar en redes y que, para que negarlo, nos sacaron del ritmo del evento en todo momento.

Esta uniformidad no es solo un problema de La Velada. En 2025, el urbano latino se ha consolidado como la banda sonora de una generación, impulsada por plataformas como TikTok y Twitch, donde la viralidad prima sobre la sustancia. Las letras, a menudo reducidas a clichés sobre sexo, dinero y fiestas, carecen de la profundidad de los cronistas urbanos de antaño, como Residente o , incluso (nunca pensé nombrarlo como modelo) Tego Calderón. El abuso del autotune, lejos de ser una herramienta creativa, se ha convertido en un dogma que borra las imperfecciones humanas, dejando un sonido prefabricado y sin vida que al ser comparado con la propuesta de Aitana, quien cantó en directo sin filtros (y que no es referencia en esta web), queda reducido a un miserere que rellena espacios vacíos. La mezcla de idiomas, aunque global, diluye la identidad cultural, creando un producto anodino que podría sonar en cualquier club de Miami a Madrid sin dejar huella.

En este paisaje monocorde, Melendi y Aitana emergieron (contra todo pronóstico) como anomalías luminosas. Melendi, a sus 46 años, abrió el evento con un set que homenajeó sus raíces asturianas y el flamenco andaluz, acompañado por India Martínez y Saiko. Canciones como ‘Caminando por la vida‘ o ‘El Nano’ sonaron con una autenticidad que contrastó con la artificialidad del resto. Su guiño al Real Oviedo y a Fernando Alonso conectó con un público, demostrando que la nostalgia que no necesitaba autotune para emocionar. Aitana, por su parte, cerró el cartel con un set que incluyó ‘6 de febrero‘ y ‘Vas a quedarte‘. A pesar de fallos técnicos, su voz en directo, sin autotune, y su carisma escénico fueron, sin duda, de lo más digno de la velada.

La relegación del rock en La Velada es sintomática de un 2025 donde el género ha sido arrinconado a nichos underground, como vimos con el punk de Project Pabst o la psicodelia de Tame Impala. En Sevilla, el único eco de guitarra vino de Melendi, pero su fusión con rumba y pop no basta para contrarrestar la marea urbana. Artistas como Myke Towers o Eladio Carrión, aunque competentes, parecen cortados por el mismo patrón: beats predecibles, estribillos reciclados y una estética que prioriza la imagen sobre la sustancia. Los del Río, con su icónica ‘Macarena’, ofrecieron un (largo) momento nostálgico, pero su inclusión fue más un guiño viral que una propuesta artística seria. En un evento que llegó a millones de personas, la falta de diversidad de géneros (donde la electrónica, el rock o incluso el indie brillaron por su ausencia) refleja un panorama musical que sacrifica la experimentación por la comodidad comercial.

La Velada del Año V no es solo un evento; es un espejo del zeitgeist musical de 2025, donde el urbano latino reina con una uniformidad que ahoga otras voces. La Velada del Año V presentó un cartel que, aunque masivo, sonó repetitivo, aburrido e intranscendente. En un estadio donde 80.000 almas corearon bajo el calor sevillano, la música pudo haber sido un faro de diversidad, pero se conformó con ser un eco de lo mismo. Mientras el rock languidece y el autotune satura el aire, La Velada nos deja con una pregunta: ¿es esto el futuro de la música, o solo un verano que olvidaremos?

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