octubre 27, 2026

Patti Smith, antes persona que leyenda

El 17 de agosto de 2019, durante su concierto en Paredes de Coura, un fallo eléctrico dejó a Patti Smith frente a un escenario sin música ni luces. Más de veinte mil personas comenzaron a corear su nombre. Ella respondió llevándose la mano al corazón, pero después hizo algo más: abandonó el micrófono, bajó las escaleras y fue a estrechar las manos de quienes estaban en primera fila. Se emocionó. Y regresó al escenario. Años después, aquella escena sigue diciendo algo sobre la mujer que existe detrás de uno de los grandes nombres de la historia del rock.

La música dejó de sonar. Después fallaron las luces. Durante unos instantes, el escenario de Paredes de Coura se quedó sin aquello que lo hacía funcionar: los instrumentos, los focos, la distancia entre quienes estaban arriba y quienes llevaban horas esperando abajo.

Patti Smith seguía allí.

El público comenzó a corear su nombre. «Patti, Patti, Patti». Miles de voces ocuparon el espacio que la electricidad había dejado vacío. Ella levantó la mano derecha y se la llevó al corazón, agradeciendo la ovación. Podría haber sido suficiente. Un gesto, una sonrisa, el reconocimiento mutuo entre una artista y la multitud que ha acudido a verla.

Pero Patti Smith dejó el micrófono y bajó por las escaleras laterales del escenario. Se acercó a las primeras filas, saludó a quienes tenía delante y les estrechó la mano. Durante unos minutos, la mujer que había subido a un escenario para ofrecer un concierto se acercó a quienes estaban allí para escucharla. Cuando regresó, estaba emocionada.

Aquel 17 de agosto de 2019, en el festival portugués, hubo un momento en que Patti Smith no necesitó cantar para mantener la atención de más de veinte mil personas, tampoco necesitó hacerlo para recibir algo que, por mucho que una carrera dure décadas, no tiene por qué convertirse en una certeza: el afecto de quienes encuentran algo propio en las canciones de otra persona.

Después continuó el concierto, y lo que quedó fue una actuación recordada por su magnetismo, por la energía de una artista capaz de llenar el escenario sin necesidad de comportarse como una estrella distante.

Hay algo profundamente humano en aquella escena: no porque una artista de su trayectoria deba sorprendernos al emocionarse, ni porque el gesto la convierta en una persona mejor que las demás. Precisamente al contrario: porque nos recuerda que la experiencia, el reconocimiento y el paso del tiempo no inmunizan a nadie contra la emoción.

Patti Smith tenía entonces más de cuatro décadas de carrera a sus espaldas. Había publicado uno de los discos fundamentales del rock, escrito libros, recibido premios y atravesado una historia personal que ya pertenecía, en parte, a la memoria colectiva. Y, sin embargo, el cariño de aquella multitud todavía podía conmoverla.

Quizá no haya que buscarle una explicación más complicada.

Una mujer que no necesitaba pedir permiso

A Patti Smith se la conoce como la madrina del punk, una etiqueta que ayuda a situarla en la historia de la música, pero que también corre el riesgo de reducirla. Antes de convertirse en un referente cultural, fue una joven que llegó a Nueva York con una vocación literaria y la voluntad de encontrar su lugar en el mundo.

Nacida en Chicago en 1946 y criada entre Filadelfia y Nueva Jersey, llegó a Nueva York en 1967. Allí trabajó, escribió, frecuentó librerías y se relacionó con una escena artística en la que la poesía, el teatro, la fotografía y la música se mezclaban sin necesidad de respetar fronteras demasiado claras. La ciudad no le ofreció un camino trazado, tuvo que construirlo.

En 1975 publicó «Horses«, un debut que transformó su relación con el rock. La poesía hablada convivía con las guitarras eléctricas; la tradición literaria se encontraba con la energía del punk antes de que esa palabra terminara convertida en una categoría cultural. Smith no necesitaba elegir entre escribir y cantar, entre la lectura y el escenario, entre la experimentación y la canción popular.

Tampoco parecía dispuesta a aceptar que una mujer tuviera que ocupar un lugar secundario en un territorio dominado por hombres.

Su respuesta no consistió en construir una versión femenina de los modelos masculinos del rock. Patti Smith llevó al escenario sus propias referencias, su forma de escribir, su aspecto y una intensidad que no pedía disculpas. No necesitó ocultar su condición de poeta para ser una figura del rock ni renunciar a la electricidad de la música para que se reconociera el valor de su escritura.

En ‘Gloria‘, la canción que abre «Horses«, tomó una composición anterior y la convirtió en una declaración personal, extendiendo sus versos y transformando la interpretación en un espacio de libertad. En ‘Land‘, la narración, la repetición y la energía instrumental parecen responder a una misma necesidad de romper los límites de la canción convencional.

El resultado fue una obra que no encajaba del todo en ninguna categoría, quizá por eso sigue siendo tan difícil hablar de ella sin recurrir a etiquetas que, siendo ciertas, siempre se quedan pequeñas.

Smith fue una figura fundamental para el punk, pero también una escritora que nunca dejó de leer, una artista visual, una intérprete y una mujer que continuó explorando caminos distintos cuando podría haberse limitado a administrar su lugar en la historia.

La rebeldía no siempre consiste en levantar la voz

Es tentador contar la historia de Patti Smith como una sucesión de desafíos. Una mujer que irrumpe en un mundo masculino, rompe las convenciones, incomoda y se convierte en un símbolo de libertad. Hay mucho de verdad en ese relato pero, si nos quedamos ahí, corremos el riesgo de convertir su vida en una ilustración demasiado perfecta de aquello que queremos demostrar.

Smith no ha sido siempre una figura pública en permanente estado de combate. Su trayectoria también está hecha de pausas, pérdidas, decisiones difíciles y cambios de dirección. Después de la muerte de su marido, Fred «Sonic» Smith, en 1994, y de su hermano Todd, aquel mismo año, atravesó un periodo de retirada que terminó dando paso a su regreso musical con «Gone Again«, publicado en 1996.

No es necesario convertir esas pérdidas en una prueba de fortaleza ni presentar cada regreso como una victoria ejemplar. Basta con reconocer que la vida de una artista no avanza siguiendo el argumento de una película. Hay momentos en los que la obra continúa, otros en los que se detiene y otros en los que una persona tiene que encontrar la manera de volver.

La historia de Patti Smith interesa precisamente porque no puede resumirse en una única imagen. La energía de «Horses» convive con la intimidad de sus libros de memorias. La intérprete que se lanza sobre el escenario es también la escritora que observa, recuerda y reconstruye. La mujer que convirtió la rebeldía en una forma de expresión no ha tenido que vivir permanentemente dentro de un personaje rebelde.

Quizá por eso su obra resulta más interesante que la etiqueta que la acompaña. Smith no ha dedicado su vida a demostrar que es la madrina del punk, ha seguido escribiendo, fotografiando, grabando discos, actuando y colaborando con artistas de otras disciplinas.

La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es. Una cosa es convertirse en un símbolo y otra muy distinta es permitir que ese símbolo decida cómo debes vivir.

Una vida que cabe en los libros, pero no en una biografía

En Éramos unos niños (Just Kids), Patti Smith reconstruyó su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe y sus primeros años en Nueva York. El libro ganó el National Book Award en 2010 y ofreció a muchos lectores una forma diferente de acercarse a ella: no desde el escenario, sino desde la memoria de dos jóvenes que buscaban una vida dedicada al arte.

Smith no aparece allí como una figura que siempre supo qué hacer ni como alguien que hubiera recorrido un camino inevitable hacia la consagración. El libro recupera la incertidumbre, las dificultades materiales, la convivencia, la amistad y la aspiración de hacer algo que todavía no tenía una forma definitiva.

Hay una continuidad entre aquella mirada y la artista que sigue trabajando décadas después. Patti Smith parece entender la creación como una práctica que no termina cuando llegan los reconocimientos. Una obra puede alcanzar una enorme repercusión y, aun así, dejar abiertas preguntas que obligan a continuar.

En sus libros posteriores, como M Train o El año del mono, la escritura se desplaza hacia los recuerdos, los viajes, los sueños y la observación de la vida cotidiana. En ellos no hace falta que cada experiencia se convierta en una gran revelación. A veces basta una habitación, una conversación, una fotografía o una ciudad para abrir una historia.

Esa sensibilidad ayuda a entender por qué la figura pública no agota a la persona. El mundo puede verla como una leyenda del rock, pero Smith continúa encontrando material para su trabajo en cosas que no tienen nada de extraordinario para los demás.

No hay contradicción entre haber cambiado la historia de la música y seguir siendo alguien que observa el mundo con curiosidad. Tampoco hay una obligación de representar permanentemente la importancia de lo que uno ha hecho.

La normalidad de quien no necesita representar su propia leyenda

Patti Smith puede llenar un escenario y, fuera de él, pasear por una ciudad con sus canas, un gorro y la naturalidad de quien no necesita convertir cada aparición pública en una representación de su importancia. Esa imagen cotidiana forma parte de la impresión que deja, aunque conviene no confundirla con una prueba de virtud.

Tomar el metro no convierte a nadie en una persona más auténtica. Llevar el pelo blanco no es una declaración política por sí misma. La normalidad no es una medalla que debamos conceder a quienes admiramos.

Lo interesante es otra cosa: Smith no parece necesitar que su vida cotidiana esté a la altura de la imagen monumental que se ha construido a su alrededor. Puede ser una figura esencial de la cultura contemporánea sin tener que vivir cada minuto como si estuviera escribiendo el siguiente capítulo de su leyenda.

A lo largo de su carrera ha defendido causas políticas y sociales, ha mantenido una relación constante con la literatura y ha explorado formatos artísticos diferentes. En los últimos años, su trabajo con Soundwalk Collective en Correspondences ha combinado sonido, imagen y performance alrededor de cuestiones como la crisis climática. Su trayectoria no se ha quedado congelada en los años setenta.

El Premio Princesa de Asturias de las Artes de 2026 reconoce precisamente esa amplitud: el jurado destacó su capacidad para conectar el rock, la poesía simbolista y el espíritu de la contracultura, así como una obra literaria comprometida con una visión esperanzadora frente a las injusticias. Pero un premio describe una trayectoria desde fuera. No puede explicar por completo a la persona que la ha vivido.

Patti Smith no necesita que su vida cotidiana sea ejemplar para que su obra importe, tampoco necesita que cada gesto confirme lo que pensamos de ella. Respetarla significa aceptar que una artista puede ser extraordinaria en su trabajo y seguir siendo, como cualquiera, una persona llena de matices que no siempre conocemos.

Volver a Paredes de Coura

Regresemos a aquella noche de agosto.

La música se había interrumpido. Las luces no funcionaban. La multitud coreaba el nombre de Patti Smith y ella se llevó la mano al corazón. Después dejó el micrófono, bajó las escaleras y fue a estrechar las manos de quienes estaban en primera fila.

No sabemos qué pasó por su cabeza, no necesitamos saberlo, vimos a una artista que decidió acercarse a su público y que regresó al escenario emocionada por la respuesta que había recibido.

Cuando pensamos en Patti Smith, es fácil imaginar «Horses«, la fotografía de Robert Mapplethorpe que convirtió su portada en una imagen histórica, las guitarras de ‘Gloria‘ o el comienzo de una nueva manera de entender el rock, también podemos pensar en sus libros, en sus fotografías y en las muchas causas que ha defendido.

Todo eso forma parte de ella, pero ninguna de esas cosas elimina la escena de Paredes de Coura, ni la vuelve menos importante.

El 23 de octubre de 2026, Patti Smith recibió en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de las Artes. El reconocimiento celebra una trayectoria que ha atravesado cinco décadas y varias disciplinas artísticas. Es una distinción importante para una mujer que nunca ha aceptado del todo las fronteras que se le ofrecían.

Sin embargo, hay algo que ningún premio puede conceder: la certeza de que lo que uno hace ha llegado a otra persona. Eso sucede de maneras imprevisibles, a veces a través de una canción escuchada en soledad y otras en un festival, cuando veinte mil voces ocupan el silencio que deja un fallo eléctrico.

Patti Smith ha sido llamada madrina del punk, poeta, cantante, escritora e icono cultural…todos esos nombres tienen sentido. Ninguno debería hacernos olvidar que, antes de convertirse en cualquiera de ellos, fue una persona que buscaba su camino y que todavía puede emocionarse cuando, al otro lado del escenario, alguien le tiende la mano.

Quizá la mejor manera de respetar a Patti Smith no sea agrandar su leyenda, sino dejar de exigirle que viva dentro de ella.

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