El guitarrista de Every Time I Die murió a los 48 años después de construir una segunda carrera como The Butcher en el wrestling profesional. Quizá su historia no sea la de un músico que se convirtió en luchador, sino la de alguien que nunca aceptó que tuviera que elegir una sola identidad.
Hay personas que pasan toda su vida intentando descubrir quiénes son, Andy Williams, aparentemente, tenía bastante claro quién no quería ser: una sola cosa.
Durante más de dos décadas fue guitarrista de Every Time I Die, una de las bandas que ayudaron a convertir el metalcore en algo bastante más interesante que una sucesión de guitarras afinadas hasta el subsuelo y gente gritando como si acabaran de descubrir el apocalipsis. La banda nació en Buffalo en 1998 y Williams permaneció en ella hasta su desaparición en 2022. Publicaron nueve discos y terminaron convirtiéndose en una referencia para buena parte de la música pesada estadounidense del siglo XXI.
Pero Andy Williams también era The Butcher.

Y ahí es donde su historia deja de ser una necrológica para especialistas y empieza a resultar bastante más interesante.
Williams murió este sábado, 5 de septiembre, a los 48 años, después de sufrir una emergencia médica durante un combate de wrestling en Pennsylvania. El evento de Enjoy Wrestling fue cancelado y la noticia provocó una reacción inmediata tanto entre músicos como entre luchadores. La causa de la muerte todavía no ha sido determinada.
Es una forma especialmente cruel de terminar una historia que había conseguido conectar dos mundos que, sobre el papel, no tenían demasiadas razones para encontrarse.
Un músico que más tarde decidió ser luchador
Williams no era un músico que un día apareció en un ring para hacerse la foto, tampoco era un luchador que tenía una banda como hobby. Las dos cosas eran carreras.
Every Time I Die no fue un proyecto anecdótico. Williams formó parte de la banda desde su creación y participó en toda su trayectoria discográfica. Su guitarra rítmica ayudó a construir aquel sonido que mezclaba hardcore, metal, rock sureño y una cantidad considerable de caos. La banda acabó teniendo una influencia mucho mayor dentro de la música pesada de lo que su reconocimiento popular podría hacer pensar.
Y entonces llegó el wrestling.
Williams ya había sentido fascinación por ese mundo desde joven y retomó su entrenamiento años después. Terminó entrando en el circuito independiente y formando pareja con Jesse Guilmette, conocido como The Blade. En 2019 ambos llegaron a All Elite Wrestling como The Butcher and The Blade.
De repente, aquel guitarrista enorme que había pasado media vida tocando hardcore estaba haciendo otra cosa que también exigía escenarios, personajes, golpes, público y una extraordinaria capacidad para convertir una actuación en espectáculo.
No era tan diferente como parecía porque una canción y un combate se parecen más de lo que pensamos
Quizá una de las cosas más interesantes de Williams fuera precisamente que no entendía sus dos mundos como mundos opuestos: la música y el wrestling comparten algo que a veces olvidamos: ambos son una forma de construir una reacción.
Una canción sabe cuándo tiene que entrar el estribillo, un combate sabe cuándo tiene que llegar el golpe. Una banda sabe que no puede empezar todos los temas a máxima intensidad. Un luchador sabe que si todo parece peligroso, nada parece realmente peligroso.
Hay ritmo.
Hay personajes.
Hay tensión.
Hay espectáculo.
Y, sobre todo, hay alguien al otro lado que ha pagado para sentir algo.
Quizá por eso Williams pudo pasar de una banda de metalcore a un ring profesional sin que la transición resultara tan absurda como parecía desde fuera.
Andy Williams no fue una estrella
Aquí conviene no exagerar. Andy Williams no fue uno de los músicos más famosos de su generación. Every Time I Die no fue Metallica y The Butcher no fue Hulk Hogan. Precisamente por eso resulta interesante hablar de él, porque la cultura popular está llena de personas que han construido carreras enormes sin convertirse jamás en nombres universales.
Hay músicos que cambian una escena sin aparecer en las listas de los más vendidos. Hay luchadores que construyen personajes inolvidables sin convertirse en estrellas de Hollywood. Hay artistas que pasan décadas haciendo cosas importantes para miles de personas mientras para el resto del mundo simplemente no existen. Williams pertenecía a esa categoría.
No necesitaba que todo el mundo supiera quién era. Le bastaba con que existiera un mundo en el que su trabajo importase.
La obligación de tener una sola identidad
Y aquí quizá esté la parte de su historia que más nos interesa. Vivimos en una época obsesionada con las etiquetas: músico, escritor, actor, periodista, deportista, creador de contenido… Como si una persona tuviera que elegir una casilla y pasar el resto de su vida justificando por qué pertenece a ella. Andy Williams hizo exactamente lo contrario: fue guitarrista, fue luchador, fue The Butcher, fue miembro de Every Time I Die y después de la separación de la banda llegó incluso a participar en Atomic Rule, continuando su actividad musical.
No parece que tuviera demasiado interés en decidir cuál de todas esas versiones era la verdadera. Probablemente lo fueran todas.
Hay algo particularmente contemporáneo en la vida de Andy Williams.
Nos pasamos años hablando de reinvención profesional como si fuera una obligación: reinventarse, reciclarse, construir una marca personal, aprender una nueva profesión, empezar de cero.
Williams no hizo nada de eso. No empezó de cero, simplemente añadió otra vida a la que ya tenía y eso resulta mucho más interesante.
Porque quizá no necesitamos encontrar nuestro lugar, quizá necesitamos aceptar que podemos tener varios.

Andy Williams pasó más de veinte años haciendo música y después encontró otra forma de construir espectáculo. No abandonó una identidad para adoptar otra. Las acumuló. El guitarrista de Every Time I Die y The Butcher no eran dos personas diferentes, eran la misma y quizá por eso su historia resulta tan extraña y, al mismo tiempo, tan lógica.
Andy Williams ha muerto con 48 años. No fue una estrella mundial, no cambió por sí solo la historia de la música ni la del wrestling pero hizo algo bastante más difícil de lo que parece: se negó a pasar toda su vida haciendo una sola cosa.
Y quizá deberíamos recordarlo precisamente por eso.

