Pollo a lo grande: Una conspiración de comida rápida utiliza a Mo Gilligan, 28 días de pollo frito y una buena dosis de humor para mirar detrás de una de las industrias alimentarias más poderosas del planeta. El problema es que quizá termina mirando demasiado a KFC y demasiado poco al sistema que ha conseguido que comamos pollo como si fuera un producto de fábrica
Hay algo profundamente extraño en comer pollo, no en comer pollo, evidentemente. En comerlo como lo hacemos ahora.
Un animal que durante buena parte de la historia fue un recurso relativamente limitado se ha convertido en una de las materias primas más omnipresentes de nuestra alimentación. Está en el supermercado, en el restaurante, en el kebab de madrugada, en la ensalada que compramos porque queremos cuidarnos, en el nugget que le damos a un niño, en la hamburguesa que nos llega a casa y, por supuesto, en el cubo de pollo frito que alguien coloca delante de nosotros mientras pensamos que únicamente estamos dándonos un capricho.
Quizá por eso Pollo a lo grande: Una conspiración de comida rápida resulta bastante más interesante de lo que podría sugerir su título.
El documental, dirigido por Liana Stewart y protagonizado por el cómico británico Mo Gilligan, parte de una premisa deliberadamente absurda: durante 28 días, Gilligan se alimenta de pollo frito mientras intenta averiguar qué hay detrás de la industria que ha conseguido convertirlo en una de las carnes más accesibles y consumidas del mundo. Netflix estrenó la película el pasado 5 de agosto, la idea funciona y funciona precisamente porque es ridícula.
Durante un mes, Gilligan convierte su cuerpo en el laboratorio de una investigación que pretende ser mucho más grande que él. El documental mezcla humor, entrevistas, investigación y una estructura que inevitablemente recuerda a Super Size Me, aquel experimento de Morgan Spurlock que convirtió durante unos días la comida rápida en un problema de salud pública y cultural. La comparación no es necesariamente un problema. El problema es que Big Chicken: A Fast Food Conspiracy parece querer abrir muchas más puertas de las que finalmente se atreve a cruzar. Y ahí empieza lo interesante.
No es una película sobre KFC o no debería serlo, porque resulta demasiado sencillo señalar a KFC.
La compañía es enorme, reconocible y tiene una imagen asociada al pollo frito tan poderosa que prácticamente forma parte del lenguaje popular. Es un objetivo perfecto para un documental que quiere buscar culpables. Pero si salimos de KFC, la pregunta se vuelve mucho más incómoda ¿Qué hacemos con McDonald’s? ¿Con Burger King? ¿Con las cadenas de supermercados? ¿Con las marcas que venden productos procesados? ¿Con las empresas que han conseguido que el pollo sea una de las proteínas animales más baratas? ¿Y qué hacemos con nosotros? Porque aquí aparece la cuestión que Pollo a lo grande deja flotando y que probablemente merecía todavía más protagonismo: ¿hasta qué punto nuestra demanda alimenta a la industria y hasta qué punto la industria ha aprendido a fabricar nuestra demanda?
No es una pregunta menor.

Si podemos comprar pollo barato a cualquier hora, en prácticamente cualquier lugar y preparado de cien maneras diferentes, terminamos percibiéndolo como algo normal y quizá ese sea el verdadero triunfo de la industria. No habernos convencido de que el pollo es delicioso, haber conseguido que dejemos de preguntarnos de dónde sale.
Hemos titulado este pequeño reportaje dejando claro que el pollo no crece en los árboles. El título de este artículo no pretende ser una broma, es precisamente el problema.
Vivimos rodeados de alimentos cuyo origen hemos conseguido borrar.
El pollo llega convertido en pechuga perfectamente cortada, tiras crujientes, nuggets, alitas, hamburguesas, wraps o cualquier otra cosa que permita comerlo sin tener que pensar demasiado en el animal que había antes. La transformación es tan eficaz que el producto final ya no parece tener relación con su origen y eso es tremendamente útil. Porque nadie quiere imaginar una granja industrial mientras come un cubo de pollo delante de una pantalla.
La industria alimentaria ha conseguido algo extraordinario: separar el alimento del animal, el producto de su origen y el precio de su coste real. Y no hace falta ser vegano (o vegetariano, como el que aquí escribe el artículo ya que justo es reconocerlo) para que la idea resulte incómoda. De hecho, quizá sea precisamente lo contrario: podemos seguir comiendo carne y, al mismo tiempo, preguntarnos por qué necesitamos que sea tan barata. Podemos disfrutar de unas alitas y preguntarnos cómo es posible que millones de personas puedan consumirlas constantemente sin que el sistema productivo detrás tenga consecuencias. Podemos comer pollo. Pero quizá deberíamos saber qué estamos comprando.
El subtítulo del documental habla de una conspiración y aquí es donde creo que la película podría haber ido mucho más lejos. Porque una conspiración implica que alguien se reúne en una habitación oscura y decide algo. Sería fantástico (también sería tranquilizador), significaría que existe un culpable y, por tanto, una solución. Pero probablemente no existe una conspiración, existe algo mucho menos cinematográfico: un sistema que funciona exactamente como ha sido diseñado para funcionar.
Las granjas producen a una escala gigantesca porque los consumidores quieren precios bajos. Las cadenas venden millones de piezas porque hay millones de personas dispuestas a comprarlas. Las empresas compiten para conseguir que su producto sea más barato, más rápido, más cómodo y más adictivo. Los supermercados llenan sus estanterías porque saben qué compramos. Y nosotros seguimos comprando, no porque seamos idiotas, sino porque funciona: es barato, es cómodo, es rápido, está rico y tenemos poco tiempo. Ahí está la verdadera dificultad: no estamos ante una batalla entre consumidores inocentes y empresas malvadas. Estamos ante una relación mucho más complicada en la que todos formamos parte del mismo mecanismo.
Hay otra cuestión que sobrevuela el documental y que merece más atención: el precio.
Nos hemos acostumbrado a que determinados alimentos cuesten muy poco, tan poco que cuando un producto sube unas monedas nos parece escandaloso pero rara vez nos preguntamos cómo es posible producir carne a ese precio. La pregunta no debería ser únicamente: ‘¿Por qué está tan barato?’, debería ser: ‘¿Qué ha tenido que ocurrir para que pueda costar tan poco?‘. Ahí entran la ganadería intensiva, la industrialización de la producción, la logística, el procesamiento, la distribución y una cadena alimentaria diseñada para producir enormes cantidades de producto de manera constante. Y también entra algo que nos incomoda bastante más: nuestra propia expectativa.
Queremos carne barata. Queremos disponibilidad permanente. Queremos poder pedirla a domicilio. Queremos que llegue rápido. Queremos que tenga buen sabor. Queremos que sea abundante. Y, si es posible, queremos no pensar demasiado en cómo se consigue: la industria nos lo pone fácil (demasiado fácil).

Hace más de veinte años, Super Size Me convirtió una idea aparentemente absurda en un fenómeno cultural. Morgan Spurlock comía McDonald’s y el mundo se preguntaba qué demonios estábamos haciendo con nuestra alimentación. Han pasado dos décadas, y spoiler, seguimos comiendo comida rápida, seguimos hablando de ultraprocesados, seguimos discutiendo sobre obesidad, seguimos preocupados por la ganadería intensiva y seguimos descubriendo cada cierto tiempo que aquello que comemos tiene consecuencias que preferíamos no conocer.
Quizá eso diga algo bastante importante sobre nosotros: los documentales pueden enseñarnos, pueden indignarnos, pueden incluso conseguir que durante una semana miremos con cierta sospecha una hamburguesa. Pero después tenemos hambre. Y la comida rápida sigue ahí. Quizá porque el problema nunca fue únicamente la información: sabemos muchas cosas y aun así seguimos haciendo otras.
Por eso no creo que la película tenga que ser perfecta para resultar interesante. De hecho, su mayor virtud está precisamente en todo lo que deja abierto: la película puede resultar algo superficial en determinados momentos. Puede parecer demasiado centrada en KFC. Puede recurrir a fórmulas que ya hemos visto antes. Y, sobre todo, puede dejar la sensación de que algunas de las preguntas más importantes merecían una conclusión más contundente. Pero quizá el documental consiga algo más útil que ofrecernos una respuesta: consigue que volvamos a mirar el pollo y eso no es poca cosa porque quizá el mayor triunfo de la industria alimentaria no haya sido conseguir que comamos más. Haya sido conseguir que comamos sin mirar: miramos el menú, miramos el precio, miramos la fotografía, miramos las calorías, cuando nos acordamos, pero no miramos demasiado detrás.
No vemos la granja. No vemos la cadena de producción. No vemos el transporte. No vemos el animal. Vemos un producto y probablemente ahí empieza todo.
No hace falta dejar de comer pollo, tampoco se trata de terminar este artículo diciéndole a nadie qué debe comer (eso sería demasiado fácil y bastante aburrido); puedes seguir comiendo pollo, puedes pedir KFC, puedes disfrutar de unas alitas después de un concierto, puedes comprar una hamburguesa cuando no tengas ganas de cocinar… La cuestión es otra: Quizá deberíamos recuperar la capacidad de preguntarnos por qué determinadas cosas se han convertido en normales.
Por qué comemos tanta carne. Por qué aceptamos determinados precios. Por qué un alimento puede recorrer miles de kilómetros antes de llegar a nuestra mesa. Por qué necesitamos que todo esté disponible siempre. Por qué hemos convertido la comodidad en una de las principales variables de nuestra alimentación. Y, sobre todo, por qué hemos conseguido separar tanto la comida de aquello que realmente es.
Pollo a lo grande no responde perfectamente a todas esas preguntas, probablemente ni siquiera lo pretende pero consigue abrir una puerta y al otro lado hay algo mucho más grande que KFC: hay una industria alimentaria gigantesca, hay ganadería intensiva, hay ultraprocesados, hay publicidad, hay precios, hay consumidores y estamos nosotros. con nuestro cubo de pollo, esperando que nadie nos pregunte de dónde ha salido.

