agosto 13, 2026

Frank Gálvez, la importancia de estar ahí

El músico de Gasca y Mostaza Gálvez ha muerto a los 49 años. Su trayectoria pertenece a esa historia de la música independiente que rara vez aparece en los grandes titulares, pero sin la que sería imposible entender buena parte de nuestro pop.

Hay músicos que aparecen en las fotografías, y hay músicos que aparecen en los créditos, en los escenarios pequeños, en los estudios hasta las tantas, en los pisos compartidos, en las conversaciones que empiezan después de un concierto y terminan cuando ya está amaneciendo. Frank Gálvez pertenecía a esa segunda categoría.

El músico catalán, nacido en Sant Feliu de Llobregat en 1976, murió este 10 de agosto a los 49 años. La noticia ha golpeado especialmente a quienes compartieron con él aquella escena independiente española que durante décadas construyó canciones, grupos y amistades lejos de las grandes cifras.

Su nombre quizá no diga demasiado a quien no haya seguido de cerca esa historia. Y precisamente por eso su muerte permite recordar algo que solemos olvidar cuando hablamos de música: una escena no la construyen únicamente sus estrellas, también la construyen quienes estuvieron allí.

Frank Gálvez comenzó su trayectoria en los años noventa y terminó vinculado a Gasca, banda con la que publicó «Telescopio» en Elefant Records y que se convirtió en uno de los nombres respetados de aquella escena independiente. Gálvez no era únicamente cantante: también trabajaba con teclados y programación, formando parte de una generación que entendía el estudio y el escenario como dos caras de una misma historia.

En aquellos años las etiquetas todavía importaban bastante menos que ahora.

Había grupos que tocaban porque querían tocar, sellos que publicaban porque creían en determinadas canciones y músicos que podían terminar compartiendo escenario con una banda que acababan de conocer y, unos años después, compartir piso, estudio o proyecto.

Así conoció Gálvez a Guille Mostaza. Mostaza militaba en Ellos. Gálvez venía de Gasca. Se conocieron alrededor de los escenarios y, con el tiempo, terminaron convirtiéndose en amigos. Décadas después, Mostaza recordaría que aquella amistad había nacido aproximadamente veinte años antes de que ambos decidieran convertirla en música. Lo que comenzó como un “¿me dejas usar tu estudio?” terminó convirtiéndose en un grupo y también en una historia de amistad.

A finales de 2011 empezó a tomar forma el proyecto que acabaría llamándose Mostaza Gálvez. No necesitaron demasiada imaginación para escoger el nombre: juntaron sus apellidos y siguieron adelante, lo importante eran las canciones.

Primero llegó «Restos«, un EP que consiguió situarse entre los trabajos más vendidos de iTunes. Después, en 2017, «Vida y milagros«, un álbum que mezclaba guitarras, sintetizadores y una sensibilidad pop que miraba hacia finales del siglo XX sin intentar esconder sus referencias. No era música diseñada para conquistar el mundo, tampoco lo pretendía, era música hecha por dos personas que se conocían bien, que compartían gustos y que habían descubierto que trabajar juntos resultaba sorprendentemente sencillo.

En una entrevista con Mondo Sonoro, Gálvez explicaba que el proyecto había nacido casi de manera accidental. Un puñado de canciones, un estudio y dos amigos que descubrieron que aquello podía convertirse en un disco. Después llegaría «Desventura«, publicado en 2020 por Subterfuge, y con él quedó consolidada una asociación que, vista ahora, parece inevitable.

Mostaza aportaba una parte más luminosa. Gálvez, ese lado sobrio, oscuro y contenido que él mismo identificaba como herencia de Gasca. No necesitaban competir, se complementaban.

Frank Gálvez no parece haber entendido nunca la música como una carrera en la que hubiera que llegar a alguna parte concreta, la entendía como un lugar en el que estar. Estar con otros músicos. Estar en un estudio. Estar encima de un escenario. Estar escribiendo una canción a cualquier hora. Estar disponible para el siguiente proyecto.

Incluso cuando Mostaza Gálvez dejó de ocupar el centro de su actividad, Gálvez siguió buscando canciones.

En 2023 publicó «Siempre te diré que sí«, su primer trabajo en solitario. Diez canciones en las que aparecía una versión más personal del músico, desplazándose entre el pop, el folk y una electrónica utilizada con discreción. «Los chicos no lloran» abría un disco que Radio 3 definió como luminoso y emocional.

Ya no había un compañero con el que compartir el apellido del proyecto. Ahora estaba Frank.

Hay algo incómodo en la manera en que contamos la historia de la música. Recordamos a los grupos que llenaron salas, a los discos que vendieron miles de copias, a quienes terminaron apareciendo en festivales cada vez más grandes pero una escena necesita mucho más que eso: necesita músicos que abran conciertos, necesita gente que monte bandas, necesita compañeros de piso que se dejen utilizar el estudio. Necesita productores, técnicos, compositores, amigos, músicos de directo y personas capaces de mantener vivo un proyecto cuando ya no queda demasiado que ganar. Frank Gálvez fue una de esas personas.

Su muerte no debería medirse únicamente por la cantidad de gente que conocía su nombre, debería medirse por la cantidad de personas que alguna vez hicieron algo porque él estaba allí.

Guille Mostaza lo explicó mejor que cualquier obituario cuando anunció su muerte. Habló de un amigo, compañero de vida, de piso, de estudio, de grupo, de escenario y de viajes. Lo llamó hermano. También habló de su humor, de su energía y de las melodías que se le quedaban espontáneamente en la cabeza.

Quizá ahí esté el verdadero legado de Frank Gálvez: no en haber sido una estrella, sino en haber sido parte de la vida de otros y eso, en la música, no es poca cosa. Porque las canciones permanecen, sí. Los discos permanecen. Pero las escenas desaparecen cuando quienes las construyeron empiezan a marcharse.

Por eso hoy merece la pena volver a Gasca, volver a Mostaza Gálvez, escuchar «Vida y milagros«, recuperar «Desventura» y descubrir «Siempre te diré que sí«, no como ejercicio de nostalgia sino como una forma de recordar que detrás de buena parte de la música que amamos hubo personas cuyo nombre nunca llegó demasiado lejos.

Frank Gálvez fue una de ellas y quizá esa sea la mejor manera de despedirlo: recordando que algunas personas no necesitan estar en el centro de una escena para formar parte esencial de ella.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *