El músico, ilustrador y creador gallego falleció a los 68 años. Para una generación de niños, su legado no está únicamente en Los Coyotes o en la Movida: también está en Xabarín Club, en aquellas canciones que escuchábamos sin saber que detrás había uno de los artistas más libres e inclasificables de su generación
Hay artistas que forman parte de la historia de la música y hay otros que, sin que nos demos demasiada cuenta, terminan formando parte de nuestra propia historia. Víctor Coyote era de los segundos.
Quizá alguien que creció en Galicia durante los años noventa no recuerde exactamente quién era Víctor Coyote. Puede que ni siquiera supiera que aquel tipo extraño que aparecía en televisión, rodeado de esqueletos, extraterrestres y una vaca, había sido una figura fundamental de la música española de los ochenta. Puede que no supiera que antes de convertirse en una presencia familiar de Xabarín Club había liderado Los Coyotes, que había atravesado la Movida madrileña a su manera y que llevaba décadas empeñado en hacer prácticamente cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Pero seguramente recuerde ‘Pode ser‘ y eso, quizá, explique mejor que cualquier biografía quién fue Víctor Coyote.
El artista falleció este jueves a los 68 años de forma repentina mientras se encontraba en Segovia, adonde había viajado para contemplar el eclipse. Su muerte pone fin a una trayectoria que resulta difícil de resumir porque, en realidad, Coyote nunca pareció demasiado interesado en construir una carrera que pudiera resumirse fácilmente.
Y quizá esa sea una de las mejores cosas que podemos decir de él.
Víctor Aparicio Abundancia nació en Tui en 1958, pero buena parte de su carrera se desarrolló lejos de Galicia. Llegó a Madrid en los años setenta para estudiar Bellas Artes y allí empezó a relacionarse con una escena cultural que estaba a punto de explotar. Con Los Coyotes encontró inicialmente un territorio cercano al rockabilly y al punk, pero pronto empezó a introducir en aquella música ritmos latinoamericanos, cumbia, merengue y sonidos que escapaban de las fronteras que otros parecían empeñados en respetar. Aquello ya decía bastante de Coyote.
Mientras otros artistas parecían obsesionados con pertenecer a una escena, él parecía mucho más interesado en ver qué ocurría si mezclaba escenas que supuestamente no tenían nada que ver.
Después llegaron los discos en solitario. Y los dibujos, y los cómics, y el diseño gráfico, y los videoclips, y la literatura, y los documentales, y la televisión, y exposiciones, y carteles, y proyectos que probablemente no tengan cabida en una biografía convencional porque el problema de Víctor Coyote es precisamente que una biografía convencional se le queda pequeña.
Su trayectoria fue la de un artista incapaz de aceptar que una persona tuviera que escoger una única disciplina. Fulgencio Pimentel resume esa incontinencia creativa al repasar su trabajo como músico, ilustrador, escritor, realizador, diseñador y creador de proyectos escénicos. Quizá por eso nunca terminó de convertirse en una estrella de esas que ocupan el centro de la fotografía. No porque le faltara talento probablemente porque nunca quiso quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio.
Y entonces apareció Xabarín y aquí es donde su historia se vuelve especialmente nuestra.
Porque Víctor Coyote no fue solamente un músico gallego que triunfó en Madrid y volvió ocasionalmente a casa. Fue uno de los artistas que consiguió colarse en la infancia de miles de gallegos.
Cuando Xabarín Club comenzó su aventura en la Televisión de Galicia en 1994, hizo algo extraordinariamente moderno para un programa infantil: trató a los niños como personas capaces de escuchar música que no había sido fabricada específicamente para ellos. El programa incorporó videoclips de grupos gallegos y portugueses y terminó construyendo una banda sonora que todavía hoy forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Allí estaba Víctor Coyote con un videoclip que parecía salido de otro planeta.
Una canción que hablaba de posibilidades, de extraterrestres, de gafas y de no tener demasiado claro qué estaba ocurriendo y nosotros allí, delante del televisor. Probablemente sin saber nada de Los Coyotes, sin saber qué era la Movida, sin saber quién era Víctor Coyote, simplemente escuchando. Y esa es una de las grandes genialidades culturales de aquel programa: nos enseñó cosas antes de que tuviéramos edad para saber que nos las estaba enseñando.
No era música infantil, quizá sea importante recordarlo. Víctor Coyote no necesitaba convertirse en un artista infantil para llegar a los niños, eso fue precisamente lo extraordinario. ‘Pode ser‘ podía estar en Xabarín porque era una buena canción, no porque estuviera diseñada con una fórmula para que un niño de ocho años la entendiera.
Y junto a él aparecieron Siniestro Total, Heredeiros da Crus, Aerolíneas Federales, Antón Reixa, Os Diplomáticos de Monte Alto, Blood Filloas y muchos otros. Una generación entera creció escuchando música gallega sin que nadie le explicara que aquello era cultura gallega, simplemente era la música que sonaba en casa.
Décadas después, cuando repasamos aquellas canciones, resulta casi imposible no sentir cierta mezcla de nostalgia y agradecimiento. ‘Pode ser‘ continúa apareciendo entre las canciones más recordadas de Xabarín Club pero quizá deberíamos hacer algo más que recordarla, deberíamos entender lo que significó.
Hay una frase que resume bastante bien el problema de Víctor Coyote dentro de la industria: era demasiado difícil de colocar: no encajaba del todo en el rock, no encajaba del todo en la Movida, no era únicamente músico, no era únicamente artista visual. no era únicamente escritor. no era exactamente un creador infantil ni siquiera parecía demasiado preocupado por convertirse en una figura reconocible para todo el mundo.
Mientras otros artistas construían una marca, Coyote construía un universo. Y quizá eso explique que su nombre no tenga hoy el tamaño comercial que debería tener alguien con una trayectoria semejante.
Pero también explica que haya sobrevivido de una manera diferente. Porque los artistas completamente integrados en su época pueden terminar envejeciendo con ella. Los artistas que se mueven de un sitio a otro pueden permanecer, Coyote seguía trabajando.
En 2026 todavía estaba activo. Apenas unos meses antes de su muerte, su figura había vuelto a ser reivindicada en el Festival de Cans a través de una exposición dedicada a sus trabajos audiovisuales, que recorría tres décadas de videoclips, diseño y creación gráfica. También había publicado El propio, un recopilatorio que repasaba su carrera en solitario. No estaba viviendo de la nostalgia, estaba trabajando.
Hay una forma muy sencilla de medir la importancia de un artista: preguntarnos dónde estábamos cuando lo descubrimos. En el caso de Víctor Coyote, probablemente muchos gallegos estaban en el sofá de casa. Éramos niños. El Xabarín acababa de empezar. Y aparecía aquel señor cantando en un videoclip absolutamente delirante que no se parecía demasiado a nada de lo que habíamos visto antes. No sabíamos que aquello era rock, no sabíamos que aquello era la Movida, no sabíamos que aquel hombre llevaba años construyendo una carrera al margen de las etiquetas. No sabíamos nada pero lo escuchábamos y quizá ese sea el mejor legado que puede dejar un artista: no que conozcamos su nombre, no que sepamos enumerar sus discos, no que podamos escribir una biografía impecable sino que, muchos años después, una canción sea capaz de devolvernos durante tres minutos a una habitación, a una televisión, a una infancia que ya no existe.
Víctor Coyote ha muerto pero en algún lugar de Galicia alguien volverá a poner ‘Pode ser‘ y durante esos tres minutos volveremos a ser niños, quizá eso sea suficiente, quizá eso sea muchísimo.

