julio 25, 2026

Atlantic Fest o cómo demostrar que un festival no necesita ser enorme para verse gigante

Cada verano juramos que el viaje hasta Vilagarcía será el último. Cada verano volvemos a casa convencidos de que acabamos de mentirnos otra vez.

Hay festivales que se viven con ansiedad.

Llegas al recinto con una aplicación en el móvil, tres alarmas programadas y la sensación permanente de que, hagas lo que hagas, vas a perderte el concierto del que todo el mundo hablará al día siguiente. Corres de un escenario a otro, cenas cualquier cosa mientras haces cola para una cerveza y terminas el fin de semana con la impresión de haber sobrevivido a una prueba de hyrox más que de haber disfrutado de música en directo pero Atlantic Fest juega otra liga. Quizá por eso seguimos volviendo.

No lo hacemos porque sea el festival con el cartel más espectacular del verano. Tampoco porque reúna los nombres más exclusivos del circuito europeo. Volvemos porque en Vilagarcía todavía existe algo que otros eventos perdieron hace tiempo: la sensación de que la música sigue estando en el centro de todo: de las conversaciones, de los abrazos con amigos que vemos de año en año… Este año llegábamos además con una duda razonable: la desaparición de los distintos escenarios nos parecía, sobre el papel, una renuncia importante. Menos opciones, aunque menos conciertos atropellado y, sobre todo, menos sensación de gran festival. Nos equivocábamos.

Bastaron unas pocas horas para entender que Atlantic Fest había tomado una decisión profundamente contracultural (y acertada). Mientras casi todo el mundo parece obsesionado con hacer crecer los festivales hasta convertirlos en pequeñas ciudades imposibles, aquí han decidido hacer exactamente lo contrario: reducir, simplificar, respirar y funciona.

No hubo carreras imposibles entre conciertos. No hubo esa frustración permanente de abandonar una actuación a la mitad porque quieras tomar posición para otra al otro lado del recinto. Tampoco hubo aglomeraciones insoportables. Incluso cuando el festival alcanzó sus momentos de mayor afluencia seguía existiendo espacio para caminar o simplemente sentarte unos minutos mientras sonaba música.

Puede parecer un detalle menor. No lo es. Es probablemente la mayor virtud de Atlantic Fest, porque un festival también debería permitirte vivir el festival.

Nuestro viernes empezó prácticamente con Carolina Durante. Pocas bandas representan mejor el momento que vive el rock español. Lo suyo ya no consiste únicamente en encadenar canciones generacionales. Hay algo mucho más difícil de explicar. Carolina Durante han conseguido dejar de pertenecer exclusivamente a la generación que los vio nacer. Mirabas alrededor y resultaba imposible encontrar un perfil único. Había chavales descubriendo el grupo por primera vez, gente que lleva siguiéndolos desde los primeros EP e incluso padres cantando con sus hijos como si aquellas canciones llevaran décadas formando parte del cancionero popular. Quizá ese sea el mayor éxito de Diego Ibáñez y compañía que ya no parecen una banda de moda, parecen una banda importante.

Sobre el escenario siguen siendo exactamente igual de incómodos, igual de imprevisibles y exactamente igual de explosivos que siempre. Pogos, vasos de cerveza volando y un público entregado desde el primer acorde confirmaron que siguen siendo uno de los mejores directos del país.

No era fácil salir después. Le tocó hacerlo a Two Door Cinema Club y probablemente ahí estuvo parte del problema.

Los norirlandeses ofrecieron un concierto impecable. Elegante. Medido. Cada instrumento ocupaba exactamente el lugar que debía ocupar y Alex Trimble volvió a demostrar que pocos grupos manejan tan bien esa mezcla de indie, electrónica y pop luminoso que definió buena parte de la década pasada.

Pero Carolina Durante habían dejado el ambiente completamente patas arriba. El contraste era inevitable.

Aun así, bastó que llegaran los primeros acordes de ‘What You Know‘ para recordar por qué siguen subiendo a los escenarios de los festivales quince años después. No fue uno de esos conciertos que cambian tu vida, pero sí uno de esos que recuerdan la diferencia entre una buena banda y una banda con oficio. Y el oficio, cuando está bien ejecutado, también merece aplausos.

Antes de comenzar la crónica del sábado debemos confesarnos, y tú, quizás quieras huir pero: nos saltamos a Los Planetas.

Antes de que alguien cierre esta página indignado conviene aclarar una cosa: seguimos venerando a Jota. Seguimos creyendo que pocas bandas han explicado mejor este país durante las últimas tres décadas. Precisamente por eso nos permitimos el lujo de no verlos una vez más.

Teníamos hambre y a cierta edad uno descubre que cenar también forma parte de la experiencia festivalera. La música seguirá ahí. Tu glucosa, no siempre.

Nuestro verdadero sábado comenzó con Shame. Y bastaron treinta segundos para recordar por qué llevamos años recomendando a cualquiera que los vea siempre que tenga ocasión. Desde aquel concierto inolvidable en Paredes de Coura nos declaramos profundamente incapaces de ser objetivos con esta banda. Charlie Steen posee una cualidad que ya casi nadie conserva: hace que todo parezca peligrosamente imprevisible: sus paseos por el escenario, su manera de recoger clave que no sabes si saltará al público o se ahogará con él, su sonrisa propia de Jack Torrance…

Muchos siguen comparándolos con black midi, quizá porque ambas bandas aparecieron al mismo tiempo y compartieron cierta etiqueta dentro del nuevo post-punk británico. Nunca nos convenció esa comparación, nunca nos ha atrapado la propuesta de black midi y es que Shame no juegan al virtuosismo, juegan al impacto, a volarte la cabeza desde el primer segundo y si no lo consiguen no pararan de intentarlo hasta que termine su set.

Y cuando Charlie decide lanzarse sobre el público o recorrer el escenario como si acabara de escapar de algún sitio, uno entiende que el concierto ya no depende únicamente de las canciones, depende de la electricidad. No fue su mejor actuación pero incluso un Shame al ochenta por ciento sigue siendo mejor que muchos grupos al ciento veinte.

Después apareció Carlos Ares y toca hacer un ejercicio poco habitual: reconocer que estábamos equivocados.

Llegábamos cargados de prejuicios, nos parecía una propuesta excesivamente estética, demasiado calculada, demasiado pendiente de construir un personaje. Nos cerró la boca.

Lo suyo sucede exactamente en ese espacio donde el concierto empieza a convertirse en representación teatral sin dejar nunca de ser un concierto a medio camino entre el folk, el pop e incluso el rock. En mitad de un mapa muy complejo de leer.

Hay algo profundamente gallego, de raíz, en su propuesta pero también profundamente contemporáneo. A medio camino entre un Castrexo rodeado de su tribu pero teniendo ese toque de un Jesucristo Superstar tras abandonar despavorido la Familia Manson, Carlos Ares y su banda llenan de luz el escenario que, parece que en más de una ocasión, se llega a quedar pequeño.

Dos años después de actuar en uno de los escenarios secundarios regresó convertido en uno de los grandes nombres del cartel y no hubo discusión posible. Cada canción era recibida por un público que parecía conocer hasta la última sílaba. No estamos ante una promesa, estamos viendo cómo nace una de las figuras más importantes de la nueva música gallega.

Con el estómago ya lleno llegó Franz Ferdinand. Y pocas veces un concierto responde tan bien a las expectativas: Alex Kapranos sigue siendo uno de esos frontman elegantes que nunca necesitan sobreactuar para dominar un escenario. No corre más de la cuenta. No grita más de la cuenta. No convierte cada pausa en un monólogo motivacional. Simplemente entiende el oficio, y eso, después de más de veinte años de carrera, tiene muchísimo mérito.

Hubo además un detalle que nos hizo sonreír: escuchar al escocés dirigirse varias veces al público en gallego. No deja de resultar curioso que alguien nacido a más de dos mil kilómetros se tome la molestia de aprender unas frases en la lengua del lugar mientras todavía existen responsables públicos nacidos aquí que siguen tratándola como un estorbo. Fue un gesto pequeño pero enorme sobre la arena de Vilagarcía

Después llegaron ‘Do You Want To, Take Me Out, No You Girls, This Fire... y Atlantic Fest terminó convertido en una enorme pista de baile donde convivían veinteañeros que descubrieron la banda en Spotify con cuarentones que todavía recuerdan dónde estaban cuando escucharon su primer disco. Los grandes himnos tienen esa capacidad, nunca envejecen del todo.

Cuando abandonábamos el recinto volvimos a repetir la misma conversación de todos los años: que si el viaje es larguísimo (mentira, no lo es), que si llegar hasta Vilagarcía sigue siendo una pequeña odisea, que si quizá el próximo verano nos tomemos un descanso. Nos conocemos demasiado bien para creerlo. Porque Atlantic Fest ha conseguido algo que resulta extraordinariamente difícil en un panorama donde casi todos los festivales compiten por ser más grandes, más caros y más espectaculares.

Ha conseguido tener personalidad.

Y eso explica que, diez años después de su nacimiento, siga siendo uno de esos lugares donde uno todavía siente que ha ido a escuchar música y no simplemente a consumir un evento, por eso volveremos. volveremos protestando durante el viaje (mucho más en el de ida que en el de vuelta) y volveremos, una vez más, descubriendo el lunes que Atlantic Fest siempre termina teniendo la última palabra.

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