Hay grupos que viven de la nostalgia. Otros de una colección de himnos que el público espera escuchar exactamente igual que hace veinte años. Molotov pertenece a una categoría mucho más difícil: la de las bandas que consiguen hacerte creer que siguen tocando con la misma necesidad que cuando empezaron.
Castrelos lo comprobó desde el primer minuto. No hubo introducciones grandilocuentes ni discursos innecesarios. Bastó que sonaran los primeros compases de ‘Santo Niño de Atocha‘ pero sobre todo ‘Amateur (Rock Me Amadeus)‘ para que el auditorio dejara de ser un recinto de conciertos y se transformara en una enorme masa en movimiento. Lo que siguió durante las dos horas posteriores fue una demostración casi obscena de oficio.
Porque si algo conserva Molotov es una cualidad que muchas bandas pierden con los años: el hambre.

La gira llega marcada por una ausencia importante. Tito Fuentes permanece alejado de los escenarios por motivos de salud y su lugar lo ocupa Álvaro Contreras, «El Alemán». Cualquier duda desapareció prácticamente al terminar la segunda canción. No intentó imitar a nadie. Tampoco buscó convertirse en protagonista. Simplemente entendió cómo funciona Molotov: aquí nadie ocupa el centro demasiado tiempo.
Paco Ayala y Micky Huidobro continúan intercambiándose bajos, guitarras y voces con esa naturalidad casi insultante que siempre ha caracterizado al grupo, mientras Randy Ebright sigue siendo uno de los baterías más infravalorados del rock latino, capaz de convertir cualquier groove en un martillo neumático y, segundos después, aparecer al frente del escenario guitarra en mano. Todo ocurre con una fluidez casi caótica pero nunca descontrolada.
Lo realmente fascinante de la noche ocurrió mirando hacia atrás. Resultaba difícil encontrar un perfil único entre las miles de personas que llenaban Castrelos. Había quien llevaba camisetas compradas hace veinte años y quien descubría ahora por qué Molotov sigue llenando recintos. Gallegos mezclados con mexicanos, argentinos, colombianos, ecuatorianos o venezolanos. Gente que probablemente nunca habría coincidido en otro contexto compartiendo pogo, cerveza y abrazos como si pertenecieran al mismo barrio. Molotov siempre ha tenido algo profundamente latinoamericano que trasciende lo puramente musical: no es solo una banda, es un idioma compartido.

El repertorio estuvo construido como una montaña rusa perfectamente calculada: ‘Chinga Tu Madre‘, ‘Pendejo‘, ‘Parásito‘, ‘Lagunas Mentales‘ y ‘Frijolero‘ fueron cayendo una detrás de otra sin apenas dejar espacio para recuperar el aliento. No porque el grupo tuviera prisa, sino porque entiende que su música funciona mejor cuando golpea sin descanso. Cada riff parecía más pesado que el anterior. Cada bajo sonaba más grueso. Cada estribillo encontraba miles de gargantas preparadas para devolverlo multiplicado.
Y entonces llegó el bloque que sigue definiendo a Molotov incluso después de treinta años.
‘Frijolero‘ continúa siendo una bofetada contra el racismo envuelta en ritmo fronterizo. ‘Gimme Tha Power‘ sigue funcionando como uno de los grandes himnos políticos del rock latino. ‘Hit Me‘ terminó de recordar que la rabia nunca fue únicamente una pose estética dentro del universo Molotov. No son canciones antiguas, son canciones que siguen encontrando nuevos contextos donde hacer daño.
Castrelos respondió como una sola garganta. Cada coro era devuelto con una potencia que obligaba a Paco Ayala a retirarse del micrófono para escuchar cómo miles de personas terminaban el trabajo. Durante unos minutos, la frontera entre escenario y público desapareció por completo. Eso es exactamente lo que distingue un gran concierto de una buena actuación. La sensación de que las canciones ya no pertenecen únicamente a quienes las escribieron.
Los bises llegaron como era de esperar: ‘Hasta la Basura‘, ‘Quen Pompo‘, ‘Mátate‘ y el cierre inevitable con ‘Puto‘, probablemente una de las canciones cuya lectura más ha cambiado dentro del rock latino durante las últimas décadas. Y quizá esa sea la mejor forma de entender a Molotov en 2026, muchas cosas alrededor de la banda han cambiado. El contexto político, las sensibilidades culturales e incluso el significado de algunas de sus canciones ya no es exactamente el mismo que en 1997. Lo que permanece intacto es su capacidad para construir conciertos donde la provocación nunca eclipsa a la música.

Porque detrás del humor, los insultos, la incorrección y la sátira sigue habiendo una banda extraordinariamente sólida. Una banda que entiende que el rock también consiste en hacer sudar a la gente. Y pocas salieron de Castrelos tan empapadas (y tan felices) como las miles de personas que anoche comprobaron que Molotov continúa siendo una de las mejores máquinas de directo que ha dado el rock latino.

