Hace unas semanas entrevistábamos a Anabel Lee y de manera natural nos encontramos con la pregunta mientras hablábamos sobre «Todas las vidas», hoy sirve como título para este artículo. La identidad musical suele confundirse con un sonido reconocible pero quizá una banda no sea aquello que repite, sino aquello que permanece cuando deja de repetirlo.
Hay algo extraño en reconocer una canción antes de saber quién la toca. Dos segundos de guitarra, una voz, una batería, una determinada manera de entrar en un estribillo y ya sabemos dónde estamos.
La capacidad de ser reconocible es una de las grandes monedas de la música popular. Una banda trabaja durante años para construirla. Desarrolla una estética, encuentra una manera de escribir, decide qué instrumentos utiliza, qué ritmos la representan y termina levantando un territorio sonoro que el público aprende a identificar.
Hasta que ese territorio puede convertirse también en una frontera. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando una banda quiere cambiar?
Cambiar demasiado puede hacer que el público deje de reconocerla pero no cambiar puede hacer que sus propios miembros dejen de reconocerse a sí mismos.
Anabel Lee ha llegado precisamente a ese lugar con «Todas las vidas«. El disco amplía sus fronteras entre punk, pop, ska, new wave, sintetizadores, guitarras y vientos, pero el cambio más interesante no está en la lista de géneros. Está en la decisión de dejar de descartar una canción simplemente porque no parezca suficientemente Anabel Lee.
La cuestión, por tanto, no es que una banda cambie. La cuestión es qué parte de ella permanece cuando cambia.
¿Dónde vive una identidad artística?
Durante mucho tiempo hemos asumido que la identidad musical está en el sonido. Una banda tiene identidad porque utiliza determinados acordes, determinados ritmos, determinados instrumentos o una determinada voz. Es lógico. El sonido es la parte más visible pero quizá no sea la más importante.
Anabel Lee lo formula de una manera reveladora: “Anabel Lee no está tanto en un sonido concreto como en una manera de hacer las cosas”. Si eso es cierto, la identidad no desaparece cuando cambia el sonido: se desplaza.
Puede estar en la manera de escribir, en el humor, en las melodías, en las decisiones de producción, en la manera de relacionarse con otras músicas, en aquello que un grupo considera importante, incluso en cosas que sus propios miembros hacen sin saber que las están haciendo.
Anabel Lee reconoce que tiene reglas propias, muchas de ellas inconscientes. Y que, cuando intenta romperlas, acaba creando otras nuevas.
Quizá una banda no sea exactamente un sonido, quizá sea un sistema de decisiones.
El problema de reconocerse
Pero el público también forma parte de esa identidad. Una canción no llega a un escenario vacío, llega acompañada de expectativas.
Si una banda lleva diez años haciendo determinada música, quienes la escuchan han aprendido qué esperar de ella y entonces aparece una tensión difícil: ¿Hasta qué punto una banda tiene derecho a sorprender a su propio público?
Anabel Lee reconoce que ese miedo existe. Hacer algo que sabes que la gente no espera implica aceptar que alguien puede preguntarse qué ha ocurrido con aquella banda que conocía. Pero ellos plantean otra posibilidad: “Si nosotros dejamos de sorprendernos haciendo música, mal asunto.”
La frase parece sencilla, pero contiene un problema enorme.
¿Para quién hace música una banda? Para el público que la ha acompañado, para la persona que era cuando empezó o para la persona que quiere ser ahora. Probablemente para las tres.
Y ahí empiezan los problemas.
Cuando la identidad se convierte en una cárcel
Existe una paradoja en la evolución de cualquier artista. Al principio quiere ser reconocido, después consigue ser reconocido y entonces tiene que encontrar una manera de seguir siendo reconocible sin repetir exactamente aquello que lo hizo reconocible.
La etiqueta funciona de manera parecida.
Sirve para explicar rápidamente quién es alguien pero también puede convertirse en una expectativa. Anabel Lee lo resume con humor: “Seguramente el día que dices ‘no quiero tener una etiqueta’ ya estás creando otra etiqueta.”
La solución no parece consistir en escapar de las etiquetas, quizá consista en no permitir que las etiquetas tomen las decisiones.
Una banda puede llamarse punk, pop, indie o cualquier otra cosa pero si empieza a preguntarse qué debe hacer para seguir siendo aquello que la etiqueta dice que es, el nombre empieza a mandar sobre la música.
Y entonces sucede algo extraño, el artista deja de utilizar la identidad: empieza a trabajar para ella.
El público también puede convertir el pasado en obligación
Hay una parte especialmente delicada en esta relación.
Una banda no es propietaria de las expectativas de su público pero tampoco puede fingir que no existen.
Cada canción que funciona deja una huella, cada disco construye una memoria., cada concierto establece una promesa. El público aprende a reconocer determinados códigos y, con el tiempo, puede llegar a sentir que esos códigos le pertenecen.
Por eso cambiar puede interpretarse como una traición incluso cuando no existe ninguna promesa real de permanecer igual.
Es una de las paradojas de la música popular: el público descubre a una banda por lo que es y después puede terminar exigiéndole que no deje de serlo.
Y quizá ahí aparezca una de las preguntas más difíciles para cualquier artista: ¿Hasta qué punto debe fidelidad a la persona que le escuchaba antes?
La prueba de una canción que no es tuya
Hay una forma particularmente interesante de comprobar si una banda tiene una identidad fuerte.
No consiste en escuchar sus canciones, consiste en darle una canción ajena.
Anabel Lee lo hace con ‘Si Antes Te Hubiera Conocido‘, de Karol G.
El razonamiento es sencillo: coger una canción que todo el mundo conoce, darle la vuelta y conseguir que durante unos minutos parezca una canción propia.
La operación tiene algo de experimento porque una banda que necesita mantener intactos sus códigos para ser reconocible probablemente tendrá problemas para transformar algo completamente ajeno.
Una banda que ha construido una identidad más profunda puede permitirse absorber la canción sin desaparecer dentro de ella. La identidad fuerte no siempre protege sus fronteras, a veces sabe cruzarlas.
El eco
Quizá por eso la palabra más interesante de «Todas las vidas» sea “eco”.
Evolucionar no significa empezar de cero, las bandas no borran los discos anteriores, no borran las canciones que escribieron cuando tenían veinte años, no borran las influencias de quienes escuchaban entonces, no borran los errores… Todo eso sigue resonando.
Anabel Lee define ese eco como una mezcla de primeras canciones, bandas escuchadas, conciertos, golpes, aprendizajes y errores que todavía siguen cometiendo.
Es una definición bastante buena de identidad artística, no aquello que permanece idéntico, sino aquello que sigue resonando cuando todo lo demás ha cambiado.
Entonces, ¿cuándo deja una banda de sonar como ella misma?
Quizá no cuando cambia de instrumentos, ni cuando cambia de género, ni cuando desaparece aquello que sus seguidores aprendieron a reconocer.
Una banda puede cambiar completamente de sonido y seguir siendo ella misma. También puede conservar exactamente el mismo sonido durante veinte años y haberse convertido en una versión vacía de sí misma.
La diferencia quizá esté en otra parte, en si todavía hay algo en juego, en si las canciones siguen naciendo de una necesidad real o de una obligación, en si la banda todavía puede sorprenderse, en si sigue existiendo una pregunta que no sabe responder porque quizá la identidad artística no sea una respuesta quizá sea la manera particular que tiene un artista de formular preguntas.
Y por eso resulta tan significativa otra de las respuestas de Anabel Lee: “Cada vez tenemos más claro quiénes somos, pero eso no significa que tengamos más claro cómo tenemos que sonar”. Tal vez la madurez artística consista precisamente en llegar a ese punto, saber quién eres sin saber exactamente qué vas a hacer mañana.
Aceptar que una canción puede no parecerse a la anterior, aceptar que el público puede tardar en reconocerte, aceptar incluso que tú mismo puedes tardar en reconocerte porque quizá una banda no deja de sonar como ella misma cuando deja de sonar como antes.
Deja de sonar como ella misma cuando deja de tener algo que descubrir.

