El exlíder de Second afila las guitarras y agita el tablero sentimental con ‘Un lugar donde quedarme’, tercer adelanto de un debut discográfico que ya ha colgado el cartel de no hay billetes.
A estas alturas de la película, intentar buscar refugio en lugares seguros es una quimera para los corazones indomables, esos que prefieren quemar las naves antes que capitular ante la rutina. Sean Frutos lo sabe bien y ha decidido construir su propio búnker a base de electricidad y urgencia melódica. El que fuera timón y garganta de Second continúa diseccionando las costuras de su esperada aventura en solitario con la publicación de ‘Un lugar donde quedarme‘, el tercer adelanto del que será su primer disco largo, fechado para el próximo trece de noviembre. Lejos de apagar el fuego con el paso de los años, el murciano canaliza aquí una descarga visceral de indie-rock donde las guitarras afiladas y la agitación sentimental devuelven la mejor versión de un creador que nunca ha sabido caminar sobre seguro.
Arriesgar en la geografía del amor y detener el tiempo
La canción funciona como una sacudida honesta sobre el vértigo de jugárselo todo a una carta en el tablero sentimental, apostando sin red por ese territorio físico o emocional donde uno comprende por fin que ha llegado a casa. En las coordenadas poéticas de Frutos, el tema funciona como una plegaria laica dirigida al cosmos para pedirle que apriete el botón de pausa justo en el instante exacto en el que el mundo se alinea y brota la certeza de que ahí es donde queríamos estar. Con una instrumentación robusta donde brillan las texturas de Jorge Guirao a los mandos de las seis cuerdas, el pulso pianístico de Madbel y la pegada certera de Pablo Roda a la batería, el corte avanza sin conceder un solo respiro, golpeando con la elegancia a la que nos tiene acostumbrados pero sin maquillar las aristas del dolor y la pasión.
Detrás de este engranaje sonoro late un cuidado proceso de orfebrería de estudio, con la producción compartida entre el propio Sean Frutos y Jorge Guirao, la mezcla milimétrica de Lalo Gómez-Vizcaíno y la masterización a cargo de Miguel Ángel González. Todo este arsenal de guitarras con distorsión y letras de calado hondo encontrará su bautismo de fuego definitivo el próximo veintiuno de noviembre en el Teatro Circo de Murcia, una cita inaugural que desató la locura colectiva al agotar todas las localidades en apenas veinticuatro horas. La parroquia indie ya cuenta los días para comprobar si este nuevo vuelo en solitario mantiene el colmillo afilado sobre las tablas, confirmando que los viejos rockeros de trinchera no solo nunca se rinden, sino que encuentran en la reinvención su hábitat natural.

