La muerte de Delfín Amaya devuelve al presente una música popular que seguimos mirando como una fotografía de nuestros padres: con nostalgia, curiosidad y cierta incomodidad, pero que hace décadas que hemos dejado de escuchar
Hay músicas que desaparecen y hay músicas que hacemos desaparecer nosotros. La muerte de Delfín Amaya, integrante junto a su hermano José de Los Amaya, devuelve durante unas horas a la conversación pública una de esas músicas que fueron enormes, que formaron parte de la vida cotidiana de varias generaciones y que hoy observamos desde una distancia extraña, como quien encuentra una caja de casetes en el fondo de un armario y no tiene muy claro qué hacer con ella.
Delfín Amaya ha muerto en Barcelona a los 74 años. Con él se marcha una de las figuras fundamentales de Los Amaya, uno de los grandes nombres de la rumba catalana, un género nacido en la comunidad gitana de Barcelona y construido a partir del encuentro entre la rumba flamenca, los ritmos latinos y el pop.
Y quizá lo primero que deberíamos hacer es escuchar una canción. No porque tengamos que fingir que nos gusta, ese es precisamente el problema: hay música que nos gusta y música que creemos que debería gustarnos, a mí la rumba no me gusta especialmente y creo que decirlo es importante.
No hace falta convertir cada obituario en una canonización ni fingir una admiración que nunca existió. La muerte de un músico no convierte automáticamente toda su discografía en obra maestra. Tampoco necesitamos recuperar a Los Amaya como si hubiésemos descubierto de repente que fueron los grandes genios secretos de la música española. Fueron otra cosa, fueron música popular y quizá eso sea bastante más importante.
Los Amaya empezaron a grabar a finales de los años sesenta y alcanzaron una enorme popularidad a partir de Caramelos, en 1971. Después llegarían ‘Vete‘, ‘La inyección‘, ‘Amor, amor‘, ‘Mujer‘ o ‘¡Qué mala suerte la mía!‘. En 1992 participaron junto a Peret y Los Manolos en la clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona.
No fueron una nota a pie de página, fueron parte de la banda sonora de un país, y, sin embargo, hoy cuesta encontrar un lugar para aquella música. La hemos convertido en una fotografía, quizá ese sea el fenómeno más extraño.
Podemos reconocer ‘Vete‘ en cuanto empiezan los primeros acordes. Podemos recordar ‘Caramelos‘. Podemos incluso cantar algún fragmento sin haber escuchado una canción de Los Amaya en años pero la escuchamos de otra manera: como escuchamos las cintas que aparecen en casa de nuestros padres, como miramos las fotografías de coches con matrícula antigua, los bares con ceniceros enormes, las televisiones de tubo, los descampados, los veranos en apartamentos de playa o aquellas fiestas familiares en las que alguien sacaba una cinta y decidía qué música tenía que sonar.
La rumba catalana ha quedado atrapada en ese territorio extraño de la nostalgia. La recordamos más de lo que la escuchamos y eso debería hacernos pensar porque durante mucho tiempo Los Amaya no fueron nostalgia, fueron presente.
Hay algo casi surrealista en mirar ahora la trayectoria de Los Amaya: una música de barrio que llegó a los Juegos Olímpicos, aquella música que hoy podemos percibir como kinki, suburbial, antigua o incluso kitsch terminó formando parte de uno de los acontecimientos más cuidadosamente construidos de la España contemporánea: Barcelona 1992, la clausura de los Juegos Olímpicos, Peret, Los Manolos y Los Amaya compartiendo escenario. No era una rareza. Era la cultura popular española entrando en prime time internacional.
Y quizá convenga recordarlo porque tenemos una tendencia bastante curiosa: cuando algo está ocurriendo, decidimos si es cultura dependiendo de quién lo consume; cuando ha pasado suficiente tiempo, decidimos que era cultura dependiendo de cuánto lo echamos de menos.
Los Amaya pertenecían a un mundo popular, gitano y barcelonés que también ayudó a construir una determinada idea de la ciudad y de la música española. No necesitaron legitimación académica para conseguir algo mucho más complicado: que millones de personas conocieran sus canciones.
Aquí conviene no equivocarse. La rumba no necesitaba que la salváramos, no necesitamos escribir que «hay que recuperar la rumba» como si fuese una especie en peligro de extinción: la rumba catalana sigue existiendo. Hay músicos que continúan trabajando con ella y artistas contemporáneos que han incorporado elementos de esa tradición a sus propuestas.
El problema es otro: hemos dejado de considerar determinadas músicas populares como parte de nuestra cultura contemporánea. Las hemos colocado en una vitrina y después nos hemos sorprendido al descubrir que las nuevas generaciones no las conocen ¿Cómo iban a conocerlas?
Durante años hemos construido una educación musical informal en la que determinadas canciones se transmiten porque alguien las pone. Un padre. Una madre. Un hermano mayor. Un amigo. Una radio.
Pero ¿qué ocurre cuando desaparecen esos espacios? Cuando desaparece el aparato de casetes, cuando desaparece el coche en el que alguien ponía aquella cinta, cuando desaparece la persona que sabía qué canción era aquella que sonaba en todas las fiestas. La música permanece en plataformas digitales, sí. Pero el contexto desaparece y una canción sin contexto puede convertirse rápidamente en un fósil.
Parte de la responsabilidad sea nuestra, hemos aprendido a consumir música de otra manera. Ya no necesitamos escuchar un disco entero porque una plataforma puede ofrecernos una canción. Ya no necesitamos saber quién cantaba aquello que sonaba en la radio. Ya no necesitamos siquiera conservar físicamente una canción.
Tenemos acceso a prácticamente toda la historia de la música y, paradójicamente, cada vez parece más difícil recordar de dónde viene lo que escuchamos. En ese escenario, la música popular de generaciones anteriores corre un riesgo particular. No porque sea peor, sino porque ya no forma parte de nuestra conversación.
Los Amaya tuvieron una segunda oportunidad en 2011, cuando ‘Vete‘ reapareció en una campaña publicitaria de la ONCE. Aquella canción volvió a convertirse en un fenómeno reconocible y, en 2013, Los Amaya publicaron Vuelven… Los Amaya, con colaboraciones de artistas como Bebe, Marlango, Rosario, Macaco o Antonio Carmona.
Es significativo que necesitáramos un anuncio para volver a escucharla, quizá todavía lo sea más que una canción que había sido gigantesca necesitase primero convertirse en nostalgia para que volviéramos a prestarle atención.
El problema no es que ya no escuchemos rumba, el problema es que tampoco sabemos muy bien qué hacemos con nuestra propia cultura popular. Nos encanta reivindicar aquello que ya ha sido legitimado, nos encanta recuperar a los artistas cuando podemos envolverlos en una determinada narrativa: pionero, genio olvidado, adelantado a su tiempo.
Pero la cultura popular es mucho más incómoda. Está llena de canciones imperfectas. De artistas que tuvieron enormes éxitos y después desaparecieron. De géneros que mezclaron influencias sin pedir permiso. De músicas que gustaban a millones de personas y que jamás aparecieron en las listas de lo que supuestamente había que escuchar. Y quizá Los Amaya sean interesantes precisamente por eso, porque no necesitan que digamos que fueron mejores de lo que fueron. Necesitamos recordar lo importantes que fueron para la gente que los escuchó.
Quizá deberíamos volver a poner la cinta,.
La muerte de Delfín Amaya no obliga a reivindicar la rumba, tampoco obliga a escucharla pero quizá sí debería obligarnos a preguntarnos por qué determinadas músicas desaparecen de nuestra memoria colectiva con tanta facilidad.
Porque un día alguien muere y descubrimos que llevaba décadas sin aparecer en nuestra conversación. Entonces buscamos una fotografía, leemos dos titulares, recordamos ‘Vete‘ y seguimos adelante. Como si aquella música hubiese pertenecido a otro país, a otra clase social, a otra España, a otros nosotros pero no era otra España. Era esta. La misma que ahora presume de haber descubierto el mestizaje, de celebrar la mezcla de géneros y de reivindicar la cultura de barrio.
Los Amaya ya estaban allí, lo hicieron sin que nadie necesitara ponerles una etiqueta contemporánea, Delfín Amaya ha muerto y quizá no haya que hacer demasiado ruido alrededor de ello.
Quizá baste con aceptar una pequeña incomodidad: tenemos toda aquella música a nuestro alcance y, sin embargo, llevamos décadas sin saber qué hacer con ella. No necesitamos idealizarla, no necesitamos decir que todo tiempo pasado fue mejor, no necesitamos fingir que la rumba catalana es nuestra música favorita pero podemos hacer algo mucho más sencillo, podemos volver a escucharla aunque tengamos que hacerlo desde Spotify porque, efectivamente, ya no tenemos dónde poner aquellas cintas de casete.

