julio 21, 2026

Robert Smith sigue siendo la última gran anomalía del rock: por qué su guerra contra la FIFA importa mucho más de lo que parece

Hay artistas que envejecen convirtiéndose en una marca. Otros acaban aceptando que el negocio forma parte del juego. Y luego está Robert Smith, el líder de The Cure lleva más de cuarenta años siendo exactamente la misma persona: un tipo que parece profundamente incómodo con la maquinaria que convierte cualquier expresión cultural en un producto de consumo masivo. Da igual que esa maquinaria se llame industria musical, Ticketmaster o FIFA.

Esta semana le ha tocado al fútbol.

Horas antes de la final del Mundial de 2026, la FIFA celebró por primera vez un espectáculo de medio tiempo al estilo Super Bowl, con Chris Martin como comisario artístico y un cartel formado por Madonna, Shakira, BTS, Justin Bieber o Burna Boy. La respuesta de Robert Smith en las redes oficiales de The Cure fue tan breve como demoledora: «AAAAAAAAAAAAAGH… #BreadAndCircuses #pleasejustfuckoff»

Después llegaría la aclaración. No era un ataque contra los artistas. Era un rechazo frontal a la propia idea de convertir el partido más importante del planeta en otro gran producto de entretenimiento estadounidense.

Y ahí está la clave.

Resulta tentador reducir el asunto a un músico veterano enfadado porque los tiempos cambian. Sería un error. Robert Smith no criticó a ninguno de los artistas participantes. Tampoco cuestionó su calidad. Lo que rechazó fue algo mucho más profundo: la transformación del fútbol en una plataforma donde el espectáculo termina compitiendo con el propio deporte.

La FIFA llevaba tiempo persiguiendo ese modelo. Gianni Infantino nunca ha ocultado su fascinación por el Super Bowl y por la capacidad estadounidense para convertir cualquier acontecimiento deportivo en una gigantesca producción televisiva. El espectáculo de medio tiempo era el siguiente paso lógico dentro de esa estrategia. Smith vio otra cosa: vio la americanización definitiva del evento deportivo más universal del planeta. Y decidió decirlo (o escribirlo en este caso).

Lo interesante es que esta historia no empieza con la FIFA, Robert Smith lleva años construyendo una rara coherencia. Mientras buena parte de las grandes estrellas del rock aceptaban que las entradas costaran cifras absurdas porque «el mercado funciona así», él abrió una batalla pública contra Ticketmaster durante la gira norteamericana de The Cure en 2023. Criticó las comisiones, presionó a la empresa y consiguió que miles de compradores recibieran devoluciones parciales por los sobrecostes. No era un gesto revolucionario. Era, sencillamente, alguien negándose a aceptar que el negocio siempre tiene razón.

Aquello sorprendió porque ya casi nadie hace esas cosas.

Vivimos en una industria donde la mayoría de artistas acaban convirtiéndose, tarde o temprano, en socios involuntarios del sistema que antes criticaban. Smith parece incapaz.

La expresión elegida por el cantante tampoco fue casual. «Bread and circuses» («pan y circo») es una referencia directa a la crítica clásica sobre cómo el poder utiliza el entretenimiento para distraer a la sociedad de cuestiones más importantes. No es exactamente una idea nueva pero sí resulta llamativo verla aplicada a un Mundial de fútbol porque el debate trasciende completamente a la música. ¿Necesita realmente una final de la Copa del Mundo un espectáculo de medio tiempo? ¿O el fútbol era precisamente uno de los pocos espacios que todavía escapaban de esa lógica del entretenimiento permanente?

Robert Smith pertenece a esa generación que todavía piensa que algunos rituales funcionan precisamente porque no necesitan reinventarse cada cinco años. Y no está solo.

La introducción del espectáculo también provocó críticas entre aficionados, periodistas deportivos e incluso antiguos futbolistas que consideran que la FIFA está copiando un modelo ajeno a la cultura futbolística. Existe una enorme ironía en todo esto: The Cure llena estadios, Robert Smith es multimillonario, podría limitarse a sonreír, tocar ‘Just Like Heaven‘, cobrar el cheque y desaparecer hasta la siguiente gira (sería mucho más cómodo). Sin embargo, cada cierto tiempo vuelve a aparecer recordando que el éxito no obliga necesariamente a aceptar todas las reglas del mercado.

Eso explica por qué sigue siendo una figura tan respetada incluso por gente que jamás ha escuchado un disco entero de The Cure. No porque tenga siempre razón. Sino porque resulta extraordinariamente raro encontrar a alguien dispuesto a discutir con instituciones infinitamente más poderosas que él sabiendo que no tiene absolutamente nada que ganar.

Quizá el problema no sea Robert Smith

Habrá quien considere que exagera. Que un espectáculo musical no cambia la esencia del fútbol. Que Madonna, Shakira o BTS no convierten automáticamente una final del Mundial en un Super Bowl, probablemente tengan parte de razón pero quizá esa tampoco sea la cuestión.

Lo verdaderamente interesante es que, mientras buena parte de la industria del entretenimiento parece haber aceptado que cualquier tradición puede transformarse en un producto más grande, más brillante y más rentable, Robert Smith sigue preguntándose si todo necesita convertirse en un espectáculo.

Y esa pregunta, en 2026, resulta mucho más incómoda que cualquier insulto dirigido a la FIFA, porque el líder de The Cure no estaba diciendo que el show fuera malo. Estaba preguntándose si hacía falta y pocas preguntas incomodan tanto a una industria que lleva años confundiendo crecimiento con cultura.

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