La historia del jazz ha perdido su último pilar de resistencia. Sonny Rollins, el virtuoso que transformó el saxo tenor en una herramienta de elocuencia volcánica y misticismo secular, ha fallecido a los 95 años en su residencia de Woodstock, Nueva York. Su representante, Terri Hinte, y su entorno familiar han confirmado una noticia que corta el cordón umbilical que aún unía a la música contemporánea con la era mítica del ecuador del siglo XX. Aquejado de dolencias respiratorias crónicas que lo habían apartado de los escenarios desde el año 2012, Rollins pasó sus últimos años volcado en la meditación, el yoga y la búsqueda de una sabiduría interior que siempre persiguió a través de las notas de su instrumento.
Con su muerte se cierra el panteón de los arquitectos del saxofón moderno, un espacio exclusivo que compartió con Charlie Parker, Coleman Hawkins y John Coltrane. A diferencia de gran parte de sus contemporáneos de la generación de la posguerra, cuya existencia se vio truncada de forma prematura por los excesos, Rollins disfrutó de una carrera longeva que le permitió madurar su discurso estético hasta convertirse en un referente ético y cultural de la comunidad afroamericana.
Nacido y criado en el barrio neoyorquino de Harlem, el joven Rollins absorbió desde la infancia los estímulos musicales de Louis Armstrong y Fats Waller. Aunque inició sus escarceos musicales con el saxo alto, a los 16 años se decantó definitivamente por el tenor, el vehículo con el que alteraría el rumbo de la improvisación. Su talento precoz le permitió grabar en su adolescencia junto a figuras de la talla de Bud Powell y J.J. Johnson, llamando de inmediato la atención de los grandes renovadores del género.
Durante la década de los cincuenta, Rollins se convirtió en el colaborador predilecto de dos tótems de la vanguardia: el pianista Thelonious Monk y el trompetista Miles Davis. Este último no dudó en calificarlo de leyenda viviente en sus memorias, deslumbrado por la robustez de su sonido y su capacidad para desarticular las melodías de forma impredecible.
El año 1956 marcó su emancipación definitiva como líder de bandas. En apenas unos meses de gracia creativa, Rollins encadenó una serie de registros discográficos históricos bajo el sello Prestige, entre los que destacan «Saxophone Colossus«, «A Night at the Village Vanguard» o «Tenor Madness«. Fue el nacimiento del hard bop, una evolución del jazz que inyectaba mayor crudeza, raíces de blues y una libertad rítmica que rompía con las rigideces comerciales de la época.
Rollins concibió su arte como una extensión de su compromiso social y espiritual. En 1958, en pleno auge de la segregación racial, el músico desafió las convenciones de la industria con la publicación de «Freedom Suite«, una suite instrumental de 20 minutos de duración que operó como un manifiesto explícito a favor del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos. Aquella grabación demostró que el jazz no era un mero entretenimiento nocturno, sino una herramienta de alta cultura capaz de denunciar la deshumanización del sistema.
El perfil humano de Rollins estuvo marcado por una inusual honestidad intelectual que lo llevó a retirarse voluntariamente de los focos en el cénit de su carrera. Sus famosas desapariciones de la escena pública (la más célebre entre 1959 y 1961, cuando pasaba las noches ensayando en solitario bajo el frío del puente de Williamsburg) respondían a una necesidad de autoexigencia técnica y purificación personal. Encontró en el yoga y en largos viajes de retiro por Japón e India el contrapeso espiritual necesario para mantenerse alejado de las adicciones que devastaban su entorno.
Incluso tras sufrir pérdidas traumáticas, como el fallecimiento en 2004 de su esposa y mánager Lucille, y presenciar de cerca el horror de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, Rollins transformó el dolor en energía creativa. Su concierto en Boston apenas cuatro días después del colapso de las Torres Gemelas se convirtió en un testamento de resiliencia capturado en un célebre álbum en directo.
A pesar de que en 2014 sus pulmones le obligaron a dejar de soplar el saxofón por completo, su actividad intelectual no cesó. Galardonado con la Medalla Nacional de las Artes y los Honores del Kennedy Center, dedicó su última década a la introspección. «El mundo se acaba en un minuto y solo estamos aquí un segundo», declaró en una de sus últimas entrevistas en profundidad. Sonny Rollins se ha marchado habiendo saldado su deuda con el tiempo y con la música, dejando tras de sí un eco infinito que seguirá resonando mientras exista un saxofón en el mundo.

