abril 26, 2026

King Gizzard & The Lizard Wizard abandonan Spotify, un grito psicodélico contra la maquinaria bélica

Los prolíficos psicodélicos australianos King Gizzard & The Lizard Wizard lanzaron un misil sónico al anunciar la retirada de casi todo su catálogo de Spotify, un acto de rebeldía que resuena como un eco de su himno ‘Rattlesnake‘. Con un escueto “fuck Spotify” en Instagram y una declaración en Stories (Spotify CEO Daniel Ek invierte millones en tecnología militar de IA. Hemos retirado nuestra música de la plataforma. ¿Podemos presionar a estos villanos tecnológicos para que hagan algo mejor?), la banda se unió a Deerhoof y Xiu Xiu en un éxodo que pone en jaque al gigante del streaming. Este gesto de King Gizzard no solo desafía la hegemonía de Spotify, sino que plantea una pregunta urgente: ¿puede la música ser cómplice del horror?

King Gizzard & The Lizard Wizard, formados en Melbourne en 2010, son un torbellino creativo con 27 discos de estudio y 56 en vivo, desde el garage de «12 Bar Bruise» hasta el metal microtonal de «PetroDragonic Apocalypse» y el jazz psicodélico de «Phantom Island«. Su independencia, canalizada a través de sellos propios como Flightless, KGLW y (p)doom, les permitió ejecutar esta retirada con una rapidez que contrasta con las trabas contractuales de Deerhoof y Xiu Xiu. Solo su EP colaborativo con Tropical Fuck Storm, Satanic Slumber Party, permanece en Spotify, pendiente de una decisión conjunta. La protesta responde a las inversiones de Daniel Ek en Helsing, una empresa alemana de IA militar que recaudó 600 millones de euros en 2025, con Ek como presidente. “No queremos que nuestra música mate gente”, escribió Deerhoof, un sentimiento que King Gizzard amplifica con su característico descaro.

El impacto de esta decisión trasciende lo simbólico. Spotify, con 1,5 millones de oyentes mensuales para King Gizzard, es un pilar del consumo musical, pero su modelo ha sido criticado por sus míseros pagos a artistas (0,003-0,005 dólares por stream) y por priorizar algoritmos que favorecen lo mainstream. Su catálogo, que abarca desde krautrock hasta thrash metal, no encaja en el molde algorítmico de Spotify, y su éxito en giras (como los shows en Forest Hills Stadium) les da la libertad económica para dar este paso.

El éxodo de King Gizzard no es aislado. Deerhoof y Xiu Xiu, que calificaron a Spotify de “portal del armagedón violento”, iniciaron esta oleada en junio, y la United Musicians and Allied Workers condenó las inversiones de Ek como “belicismo” que ignora a artistas con “salarios de pobreza”. La elección de Bandcamp para sus Demos Vol. 7 + Vol. 8 subraya una alternativa que paga mejor y respeta la integridad artística. Sin embargo, el gesto tiene sus contradicciones: al usar Instagram, propiedad de Meta, para su denuncia, King Gizzard cae en la ironía de criticar a un “villano tecnológico” desde otra plataforma cuestionable. En una época donde el indie busca refugios y el mainstream se rinde a la viralidad, la banda australiana recuerda que la música puede ser un acto de resistencia, pero también un campo minado de compromisos.

La retirada de King Gizzard plantea un dilema mayor: ¿puede el arte desvincularse de un sistema que lo explota y lo instrumentaliza? Spotify, con su promesa de accesibilidad, ha moldeado un panorama donde la música es barata (“como Temu para el consumo musical”, según un usuario en Reddit), pero a costa de los creadores y, ahora, de la ética. Los australianos defienden un espacio para la disidencia sonora. Su catálogo, un caleidoscopio de géneros, no necesita Spotify para sobrevivir; su gira global y su tienda en línea lo confirman. Pero para artistas emergentes, la dependencia del streaming es una soga.

En un verano donde el urbano reina y el rock se desvanece, King Gizzard & The Lizard Wizard han lanzado un desafío: abandonar la comodidad por la convicción. Su música, ahora en Bandcamp, Tidal o vinilos, es un recordatorio de que el arte puede ser un arma, pero solo si se libra de las cadenas del algoritmo. Mientras el eco de ‘Rattlesnake‘ resuena fuera de Spotify, la pregunta persiste: ¿seguirán otros su camino, o será este un grito solitario en el desierto digital?

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