El músico de ‘Barely Breathing’, fallecido a los 56 años, pasó de convertirse inesperadamente en una estrella del pop a encontrar su lugar en la música trabajando en la sombra, sobre todo en el teatro. Su historia no es la de alguien que perdió el éxito, sino la de alguien que descubrió que el éxito no bastaba.
Hay carreras musicales que pueden resumirse con una canción, la de Duncan Sheik no. Aunque durante años buena parte del mundo lo conoció por una sola: ‘Barely Breathing‘, aquella canción melancólica y elegante que en 1996 convirtió a un joven cantautor de Nueva Jersey en una inesperada estrella del pop. El tema llegó al número 16 del Billboard Hot 100 y permaneció 55 semanas en la lista. Para muchos, ahí empezó y terminó Duncan Sheik.
Para él, aquello fue el principio de algo bastante más extraño.
Sheik murió el 17 de septiembre en Manhattan a los 56 años. Había ganado un Tony y un Grammy por Spring Awakening, había compuesto para Broadway y Off-Broadway y continuaba trabajando en nuevos proyectos teatrales. Su muerte llegó, además, pocos días antes del estreno de Memoirs of Amorous Gentlemen, su nuevo musical.
Entre aquel cantante de ‘Barely Breathing‘ y el compositor de Spring Awakening hay más de una década de distancia pero quizá haya algo todavía más interesante entre ambos: la decisión de no quedarse donde el éxito le había colocado.
El chico que se convirtió en estrella casi por accidente
Duncan Sheik no parecía estar fabricando una canción para conquistar la radio cuando grabó ‘Barely Breathing‘. En 2015, casi dos décadas después, lo recordaba con una mezcla de distancia y perplejidad. Había hecho un disco que él mismo describía como una especie de álbum acústico de Radiohead. Escuchaba a Björk y Jeff Buckley. Sus referencias no parecían precisamente diseñadas para dominar el Top 40 y entonces ocurrió: la canción funcionó (mucho).
El primer disco de un músico de 26 años se convirtió en un éxito enorme y Sheik pasó de ser un cantautor con inquietudes bastante más amplias a convertirse en una imagen reconocible de la música estadounidense de los noventa.
Lo interesante es que nunca terminó de sentirse cómodo dentro de aquella fotografía. En aquella entrevista con The Washington Post, Sheik hablaba de la experiencia como una especie de “cognitive dissonance”, una disonancia cognitiva provocada por encontrarse de repente dentro de un contexto que no sentía completamente suyo. No hay que confundirlo con el desprecio, Sheik nunca renegó de ‘Barely Breathing‘ ¡al contrario! Sabía que la canción había conectado con millones de personas y terminó aceptando algo que quizá cualquier artista debería aprender a aceptar: una obra puede pertenecer a su autor y, al mismo tiempo, pertenecer también a quienes la hicieron suya.
El problema no era la canción. El problema era que la canción amenazaba con convertirse en toda la historia.
El éxito también puede ser una jaula
Hay una idea bastante extendida sobre el éxito artístico: una vez conseguido, lo único razonable es intentar conseguir más: más público, más discos vendidos, más entradas, más canciones parecidas a la que funcionó, más gente que quiera exactamente lo mismo que quiso la primera vez… Duncan Sheik hizo algo bastante menos lógico: siguió adelante.
Publicó discos, experimentó con otros sonidos y empezó a trabajar cada vez más en el teatro. No desapareció de la música. Desapareció, poco a poco, del lugar donde la industria había decidido que debía estar. Y en 2015 describía su relación con aquel antiguo yo de una manera extraordinariamente reveladora: “It’s kind of like that was another person, in another lifetime”, era, decía, como si aquel Duncan Sheik fuese otra persona, en otra vida. Cada noche, cuando interpretaba Barely Breathing, aquel antiguo personaje regresaba durante cinco minutos al escenario.
Es difícil encontrar una definición mejor de lo que significa sobrevivir a un gran éxito, no destruirlo. No avergonzarse de él. Simplemente no vivir dentro de él.
Desaparecer para trabajar
Lo más interesante de la trayectoria posterior de Sheik es que no contiene una gran ruptura.
No hubo un comunicado diciendo que abandonaba el pop. No hubo una pelea espectacular con la industria. No hubo una retirada. Hubo trabajo. Y más trabajo.
En 2006 llegó Spring Awakening, el musical que escribió junto a Steven Sater a partir de la obra de Frank Wedekind. La producción llevó una historia del siglo XIX sobre adolescencia, deseo, represión y comunicación a un lenguaje musical contemporáneo.
El resultado ganó ocho premios Tony, incluido el de mejor musical. Sheik ganó los premios al mejor score original y mejores orquestaciones, y posteriormente el álbum del musical obtuvo el Grammy al mejor álbum de teatro musical.
De repente, aquel músico que había conseguido un éxito pop casi por accidente había encontrado otro lugar donde podía hacer exactamente lo que quería hacer y quizá eso sea lo más interesante de su carrera. No cambió la música por el teatro. Amplió el lugar donde podía hacer música.
Después llegaron American Psycho, Whisper House, Alice by Heart, The Secret Life of Bees y otros proyectos escénicos. También continuó publicando sus propios discos.
En una entrevista de 2015 explicaba que ambas facetas se alimentaban mutuamente: escribir para otros personajes le permitía después regresar a sus propias canciones; cuando se cansaba de escribir desde sí mismo, podía trabajar con narrativas ajenas. No era una doble vida, era una manera de no tener que elegir una sola.
La música que ocurre cuando nadie está mirando
Quizá por eso la historia de Duncan Sheik resulta especialmente interesante ahora. La industria musical tiene una obsesión permanente con la visibilidad, todo debe suceder delante de nosotros: un artista tiene que tener una narrativa, una imagen, una presencia, una audiencia, una canción reconocible y una razón para aparecer continuamente en nuestras pantallas. Sheik encontró otra posibilidad, seguir trabajando aunque ya no fuese el centro de la conversación.
Su gran éxito permanecía ahí. ‘Barely Breathing‘ seguía funcionando. Él mismo seguía tocándola. Pero su carrera había dejado de depender de ella y eso exige una forma particular de libertad.
En aquella entrevista, cuando le preguntaban por la canción que lo había convertido en estrella, Sheik no decía que quisiera escapar de ella. Decía algo más interesante: que quería que la gente escuchara otras cosas que había hecho y que, en realidad, pensaba que podían gustarle incluso más.
No quería borrar su pasado. Quería que el pasado dejara espacio para el resto de su trabajo.
¿Y si triunfar no fuera el final?
Hay una tentación muy fuerte cuando muere un artista: convertir toda su vida en una línea recta.
El joven músico consigue un éxito. El éxito se acaba. El artista se reinventa. Encuentra una segunda vida. Fin. Pero la trayectoria de Duncan Sheik cuenta algo bastante más complejo: su primer éxito no fue un fracaso del que tuviera que recuperarse, fue precisamente lo contrario, consiguió lo que se suponía que debía querer. Tuvo una canción enorme. Tuvo reconocimiento. Tuvo una carrera que muchos músicos habrían considerado resuelta y entonces descubrió que aquello no era suficiente. No porque el éxito fuese malo. Porque quizá el éxito y la realización artística no sean exactamente la misma cosa.
Sheik no necesitó convertirse en un artista maldito para demostrarlo. No necesitó renegar de la canción que le hizo famoso. No necesitó fingir que el público se había equivocado, simplemente siguió buscando y encontró el teatro, encontró la composición, encontró otras voces, encontró otras historias, encontró otros lugares donde una canción podía existir.
Cinco minutos cada noche
Ahora «Barely Breathing» adquiere otra dimensión.
La canción sigue siendo probablemente la puerta por la que millones de personas entraron en Duncan Sheik pero también puede entenderse como una puerta de salida. Cada noche, cuando la tocaba, regresaba durante cinco minutos aquel joven que había sido convertido en estrella, después podía volver a ser el otro: el compositor, el músico, el hombre que escribía para un escenario, el artista que ya no necesitaba que todo lo que hiciera se convirtiera en un éxito…
Duncan Sheik murió con 56 años y con una carrera mucho más grande que aquella canción que lo hizo famoso. Quizá esa sea la parte de su historia que más merece ser recordada. No consiguió escapar del éxito. Consiguió algo más difícil: que el éxito dejara de decidir quién era y tal vez ahí esté la diferencia entre triunfar y encontrar aquello que uno quería hacer con el triunfo porque algunas personas pasan toda su vida intentando llegar al lugar que Duncan Sheik alcanzó con 26 años, él pasó el resto de la suya intentando averiguar qué hacer después de llegar.

