abril 19, 2024

Crónicas desde el Couraiso: Loyle Carner y todo lo demás

Cruzar el arco del festival y escuchar al final de la ladera un piano. Paso a paso, los sonidos del piano se van haciendo más intensos. Ahora, sentados en la ladera del Taboão, vemos a Tim Bernardes. Posiblemente su nombre no nos suene en España, pero Bernardes es una de las nuevas grandes voces de la música brasileña. Partiendo del tropicalismo, durante su concierto visitó “Esotérico” de Gilberto Gil. Su propuesta abraza sonidos propios del indie folk cercano a Fleet Foxes, con los que Bernardes ha colaborado. El concierto del brasileño se solapó con la nueva propuesta de Avalon Emerson. ¿Por qué «nueva propuesta»? Porque Avalon Emerson se reformula para debutar con “Avalon Emerson & The Charm”, acercándose, desde el techno, al pop electrónico. Una formación a tres bandas con la que deja algo de lado la pulsión electrónica, abandonando su cabina en Berghain, para acercarse al pop brillante y luminoso que hacía nacer los primeros bailes del día en el escenario Yorn. Porque sí, parece que el escenario Yorn, en esta edición, está llamado a convertirse en un lugar de baile y disfrute.

En él no solo nos hicieron bailar Avalon Emerson & The Charm, también se unió a la fiesta Sudan Archives, encabezados por la carismática violinista y cantante Brittney Parks, y posteriormente Desire. Dos bandas llegadas desde Estados Unidos con propuestas musicales basadas en la electrónica, pero con sonidos completamente diferentes. Sudan Archives se encuentra presentando su último trabajo, “Natural Brown Prom Queen”. Parks se presenta como una amazona vudú que nos sumerge en un mundo de estímulos que vibran, como las cuerdas de su violín, sin cesar, dando lugar a un muro de sonidos orgánicos que nos atrapa sin remedio. Con letras de temáticas realmente marcadas como el racismo o la feminidad, Sudan Archives se posiciona como una banda cargada de carisma y crítica, con una estética rompedora que le ayuda a revisitar la historia y colocar a la mujer, especialmente a la mujer racializada, en el lugar que le ha sido vetado hasta el momento. Porque a veces, la lucha puede estar acompañada de melodías bailables y coreables.

La propuesta de Desire es totalmente diferente. Ellos mismos se definen como dream pop para corazones rotos. Megan Louise y Johnny Jewel forman una dupla singular que juega con el sonido, la estética y la videocreación para ofrecernos una performance con mucho látex, brillo y una estética BDSM que nos cautiva desde el primer instante. Una propuesta en la que David Lynch, Jewel o New Order no desentonarían y en la que todos, todas y todes tienen su espacio.

De vuelta al escenario principal, encontramos a The Walkmen, quienes regresaban a los escenarios tras una década de descanso. Encabezados por Hamilton Leithauser, los estadounidenses han demostrado que se mantienen en un estado de forma envidiable, pero seamos honestos, ahí se han quedado. Es cierto que los podemos ver como obreros del indie rock que renacen de sus cenizas para, ahora, regresar y continuar su camino allí donde lo dejaron. Sí, pero no llegan a emocionar. Son como ese amigo de instituto al que te alegra ver, abrazar y emplazar para un futuro café que nunca llegará. Porque sí, posiblemente mientras sonaba The Walkmen, probablemente ‘The Rat’, hayas tenido alguno de tus mejores momentos, pero ellos ya solo forman parte de un recuerdo que nunca volveremos a vivir.

Para la jornada del jueves, habíamos marcado un concierto en nuestra agenda: Fever Ray. Pero antes de Karin Dreijer Andersson, la sorpresa de la noche estaba por llegar. A Loyle Carner lo habíamos visto pasear entre los escenarios buena parte de la tarde. Risueño bajo una gorra, compartía los conciertos como un asistente más, lejos del glamour y la fama. Cuando se subió al escenario a medianoche (hora portuguesa), el británico Loyle Carner suspendió al Vodafone Paredes de Coura en el tiempo durante una hora. Abrió su corazón en un concierto en el que se ganó el nuestro. Del jazz a la poesía, pasando por el hip-hop más clásico, Carner nos sumergió en un mar cargado de sentimientos y emociones. Por primera vez en muchos años, comprendí las lágrimas de las personas que asistían embelesadas a un concierto que pasará a la historia del festival. Más allá de gustos, filias y fobias, Loyle Carner consiguió hacernos navegar entre estados de ánimo de la noche, monólogos desgarradores y pistas de hip-hop. Sin lugar a dudas, una de las propuestas más honestas que hemos encontrado en un escenario en los últimos años.

Ensimismados por Carner, y tras esperar 40 minutos para la colocación del nuevo escenario, daba comienzo el concierto de Fever Ray. ¿Concierto? Mejor diríamos performance. Conocida por sus distorsiones vocales y su estética provocativa, nos trasladaba a la postguerra y nos cautivaba con su presencia magnética y puesta en escena, siempre con la ayuda de sus cuatro compañeras. Desde el momento en que apareció en el escenario, ese ser andrógino y oscuro que responde al nombre de Fever Ray, estableció una conexión directa con el público al sumergirlos en un viaje emocional y sensorial gracias a su sonido etéreo y melancólico, que nos transporta a cualquier club berlinés u oscura rave. A lo largo de la hora que duró el concierto, hubo tiempo para repasar algunos de los temas principales del último disco de la artista sueca, como ‘Carbon Dioxide’, ‘What They Call Us’ o ‘Kandy’, que tomaban una dimensión diferente y especial en directo. Fever Ray ponía, para nosotros, fin a una noche que recordaremos durante largo tiempo, gracias a ella, pero sobre todo gracias a un londinense que nos abrazó: Loyle Carner.

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